11/11 La semana agujereada. 

El lunes 10 de noviembre de 2025 me desperté con la sensación precisa de estar llegando tarde a un jueves.

Lo supe antes de abrir los ojos. El cuerpo me pesaba como a mitad de semana, me dolía la espalda como después de demasiadas clases, y había una especie de cansancio espeso que nunca siento los lunes. Busqué el celular en la mesa de luz: 7:13. Notificación del calendario: Reunión de cátedra – Lunes 10/11.

—Lunes —dije en voz alta, probando la palabra, como si no terminara de entrarme en la boca.

En la radio, un locutor repetía, con más entusiasmo del necesario:

—Buen lunes, arrancando la semana con 24 grados en la ciudad de La Plata…

Buen lunes. Arrancando. Y sin embargo, en el aire del cuarto había una densidad que no correspondía a ningún comienzo.

Me vestí sin pensarlo demasiado. Cuando bajé a la calle, la esquina de 7 y 50 hervía como siempre, pero la gente se movía de una forma distinta: más lenta, como si hubieran dormido mal o no hubieran dormido del todo.

En la parada del micro, dos chicas con mochilas discutían.

—Te digo que ayer fue martes —repetía una, frotándose los ojos—. Lo vi en el celular, boluda.

—¿Y cómo va a ser martes si hoy es lunes? —le retrucó la otra, con un tono más irritado que seguro—. Encima mañana hay paro, ¿no escuchaste nada?

Hice un gesto mínimo, una sonrisa que no era sonrisa. Todos habíamos oído hablar del paro de la universidad que arrancaba el miércoles. Tres días sin clases. Un respiro torcido, justo hacia el final del año.

Cuando el micro llegó, el cartel luminoso decía: DOMINGO – SERVICIO REDUCIDO.

—Se les quedó trabado el cartel —comentó alguien.

El chofer ni se molestó en corregirlo.

En la facultad, el eco era demasiado grande para un lunes a la mañana. Algunos pasillos estaban completamente apagados, las puertas cerradas con una cinta improvisada que alguien había pegado con birome: SIN ACTIVIDAD POR PARO – DESDE MIÉRCOLES 12.

Revisé el cartel dos veces. Esa mezcla de mayúsculas, fechas y tinta corrida me daba la misma sensación que el cartel del micro: una frase que no terminaba de agarrarse a nada sólido.

En la sala de profesores, Marta revolvía los sobres de exámenes como si buscara una pista.

—¿Vos también lo sentiste? —me preguntó, sin saludar.

—¿Qué cosa?

Ella hizo un gesto abarcador con las manos, como si pudiera agarrar la semana entera y apretarla.

—No sé… me levanté convencida de que era miércoles. Te juro que hasta discutí con mi marido. Me mostró el diario. Lunes 10 —repitió, recalcando cada sílaba—. Pero no lo siento lunes. Es como si nos hubiéramos salteado algo.

Iba a decirle que sí, que a mí me había pasado lo mismo, pero no quise alimentar la rareza. Dije algo neutro sobre el calor, sobre noviembre, sobre el año agotado. Mientras hablaba, los tubos del techo titilaron un segundo. La luz se fue, volvió, y en esa fracción de sombra todos nos quedamos quietos, como si esperáramos que el edificio hiciera un ruido nuevo.

No lo hizo.

El martes las cosas no mejoraron.

Me desperté otra vez con la sensación de estar parado en mitad de la semana. El cuerpo me decía miércoles. El calendario insistía en martes 11/11.

El número se me clavó en la cabeza: 11 de noviembre. En todos los grupos de WhatsApp, desde la familia hasta los estudiantes, corrían los mismos memes y fotos: “Portal 11:11”, “Hoy se abre el portal 11/11, manifestá tus deseos”, fotos de gente meditando, vidrios empañados con números trazados con el dedo.

A las 10:59, camino al centro para hacer un trámite, quedé atrapado en un pequeño embotellamiento en 7 y 48. Adelante, un camión de la municipalidad ocupaba media calle. Tenían la vereda vallada y un grupo de obreros rodeaba una cosa que parecía un pedazo de vereda arrancado.

Me acerqué para ver mejor. Sobre el cemento quebrado, apenas visible entre la tierra, había una pieza metálica redonda, con una inscripción oxidada:

IGM – 1932

Ya había visto alguno parecido antes, en la esquina de 10 y 47. Mojones de nivel, los llamaban. Fijos, siempre en el mismo lugar, marcando la altura exacta. Puntos de referencia que no se movían jamás.

—¿Lo están sacando? —le pregunté a uno de los obreros.

El hombre se limpió el sudor con el dorso del brazo, miró el círculo metálico con algo parecido al fastidio.

—Sí, hay que romper todo esto para la obra nueva. Después lo anotan, qué sé yo —dijo—. Si total estos fierros nadie los mira.

El aire pesaba. Miré el reloj.

11:10.

Si hubiera creído en esas cosas, habría dicho que se sentía un zumbido. No en los oídos, más hondo, en los huesos. Una vibración baja, como si la ciudad se hubiera puesto a tararear una nota grave que no alcanzaba a escaparse por la boca.

A las 11:11 en punto, alguien a mi lado masculló:

—Mirá, justo el portal.

Un grupo de chicas levantó los celulares para sacar fotos de los obreros y del agujero en el piso. Una de ellas dijo algo sobre “las malas energías” y “no tocar lo viejo”, pero yo ya no estaba escuchando del todo. Por un segundo —uno solo—, la luz cambió.

No fue un eclipse, ni una tormenta. Fue como si el sol se hubiera corrido medio centímetro y la sombra de los edificios cayera en otra dirección. Las caras de la gente se tiñeron de un gris desparejo. El sonido del tránsito se ralentizó apenas, como si viniera desde un pasillo.

Y entonces, como si una mano invisible hubiera apretado el botón de play, todo volvió a su velocidad normal.

—¿Lo sintieron? —pregunté, sin darme cuenta de que lo decía en voz alta.

Nadie contestó. Los obreros siguieron rompiendo cemento. El camión avanzó unos metros. Un auto atrás tocó bocina.

En el chat de la cátedra empezaron a reventar las notificaciones de siempre: MEMES DEL PORTAL. Fotos del reloj justo en 11:11, mensajes de “hoy se abren nuevas energías”, “pedí tus deseos”.

Escribí “¿no les pareció que recién tembló todo un poco?” y dejé el mensaje sin enviar.

El miércoles no hubo clases. El paro universitario arrancó con campus semivacíos, pasillos que resonaban distinto. La ciudad parecía estar en pausa: menos colectivos, menos estudiantes, más sillas vacías en las mesas de los bares.

Lo raro fue el noticiero de la noche.

Sentado en la cocina, con el ventilador girando perezoso, miré al presentador con una incomodidad que no supe nombrar al principio. El hombre, prolijo, sonriente, dijo:

—Arrancamos esta semana de noviembre, lunes 10, con un alerta por tormentas…

Dejé el vaso sobre la mesa.

—¿Qué dijiste? —murmuré.

Volví atrás el cable, presté atención. El graph en la parte inferior de la pantalla decía Miércoles 12/11/2025, pero el presentador insistía:

—En este lunes de calor y humedad…

En la sección de deportes, lo mismo: “para este lunes tenemos…”. Nadie en el estudio parecía darse cuenta.

Cambié de canal. En otro noticiero, la cronista en la calle se abanicaba con una carpeta.

—Este lunes empezó con mucho bochorno…

Pero detrás de ella, en una farmacia, había un cartel en fibrón negro:

MIÉRCOLES 12 – SIN SISTEMA HASTA LAS 15 HS.

Sentí un frío corto, como si alguien hubiera abierto una ventana interna.

Me obligué a dormir. Costó.

Soñé con una especie de mapa enorme de La Plata, visto desde arriba, como los planos que cuelgan en las oficinas de planeamiento urbano. Solo que en lugar de plazas y diagonales, el mapa mostraba pequeños puntos brillantes: los mojones. Cientos de círculos diminutos clavados en las esquinas, a distintas alturas. Cada uno emitía un hilo de luz hacia el cielo, tensos, sosteniendo algo invisible.

En el sueño, alguien —una figura sin cara— tiraba de uno de esos hilos con una pinza. El hilo se cortaba, el mojón se apagaba, y en ese sector del mapa las manecillas de los relojes empezaban a girar sin control.

Me desperté con el corazón en la boca y la palabra mojón pegada a la lengua.

Jueves, o lo que el calendario insistía en llamar jueves, la ciudad estaba más confundida que nunca.

En el kiosco de diarios de 7 y 54, el titular de la tapa decía: “PARO UNIVERSITARIO DE 72 HORAS DESDE AYER MIÉRCOLES”. El diariero, un hombre que había envejecido viendo pasar noviembre tras noviembre, me miró con ojos nerviosos.

—Decime vos, ¿ayer no fue lunes? —me preguntó.

—No —contesté, sintiendo que la respuesta se me derretía en la boca—. Ayer fue miércoles. Creo.

—Mi señora me juraba que era martes. Y en la farmacia nos atendieron como si fuera sábado. Horario de sábado, dijeron. ¿Vos escuchaste hablar de esas cosas… cómo se llaman? —chasqueó los dedos, buscando la palabra—. ¿Portales?

Lo miré fijo.

—Sí —le dije—. Justo ayer fue 11/11.

Asintió como quien escucha una explicación suficiente para un desastre natural.

—Ahí lo tenés.

Esa misma tarde fui al archivo de Obras Públicas. No sabía muy bien qué buscaba hasta que tuve en las manos un plano amarillento con el título RED GEODÉSICA – CIUDAD DE LA PLATA. Los mojones estaban marcados con pequeños triángulos negros, prolijamente numerados.

La empleada, una mujer de pelo recogido y gafas apoyadas en la punta de la nariz, me explicó sin demasiado interés:

—Son puntos de referencia para nivelaciones, obras, esas cosas. Deberían estar todos todavía. Aunque algunos se han movido con las reformas nuevas.

—¿Se han movido? —pregunté.

Encogió los hombros.

—Se rompen veredas, se hacen cloacas, pavimentación… A veces los sacan, los anotan en un acta, se recalculan las alturas. Nadie se muere por eso.

Señalé con el dedo el triángulo que correspondía a 10 y 47.

—¿Y si… no recalculan?

Me miró por encima de los lentes, como si hubiera dicho algo ligeramente obsceno.

—Entonces, en teoría, los planos viejos no coinciden del todo con la realidad. Pero eso pasa todo el tiempo —dijo, y volvió a sus papeles.

Me guardé una copia del plano en la mochila. Al salir al sol, sentí que el calor me caía como un peso encima. Miré el reloj: 18:03 del “jueves”.

En el grupo de la familia, mi hermana había mandado un audio: “Feliz viernes a todos, ¡ya se termina la semana!”.

Volví a escuchar el mensaje tres veces. No era un chiste. Estaba convencida.

El viernes 14 amaneció silencioso, como suelen amanecer los días después de una tormenta, aunque no hubiera llovido. La casa entera parecía un poco corrida de lugar: las sombras caían distinto, el reloj de pared marcaba siempre las y veinte, se detuviera cuando se detuviera mi vista.

En la tele, el presentador por fin decía:

—Terminando esta semana corta, viernes 14 de noviembre…

Pero en el zócalo alguien había tipeado: MIÉRCOLES 12/11/2025. Nadie lo corregía.

Apagué el televisor.

En el grupo de estudiantes, uno había escrito: “Profe, siento que esta semana no existió. ¿Qué día fue que tuvimos clase por última vez?”.

Me levanté, me vestí y salí a la calle con una idea clara: ir a 10 y 47.

Había pasado mil veces por esa esquina, pero ese día la ciudad parecía tener más esquinas de las necesarias. Caminé la diagonal sintiendo que las baldosas tenían un eco diferente. Cuando llegué, vi lo obvio: la vereda recién reparada, el cuadrado de cemento nuevo, más claro, sin grietas. Donde antes sobresalía el círculo de metal del mojón, ahora no había nada.

Solo cemento liso, todavía con el dibujo de la llana.

Me quedé parado ahí, en el borde, como si estuviera frente a una tumba sin lápida.

Alrededor, el tránsito circulaba con una normalidad un poco sobreactuada. Una madre apurada tiraba de la mano a su hijo, que arrastraba la mochila como si pesara más que él. Un hombre discutía por teléfono sobre el feriado que se venía, si se trabajaba o no se trabajaba el 19. El mundo seguía, pero algo en el aire seguía vibrando en esa nota silenciosa que había sentido el martes.

Miré el reloj.

11:10.

No lo había planeado, pero ahí estaba otra vez: el horario clavado como una puntada.

Abrí la mochila y saqué la copia del plano. El triángulo de 10 y 47 estaba marcado con tinta negra y una anotación a mano, muy vieja: “Fijo. No mover”.

Sentí ganas de reírme. No lo hice.

A las 11:11 clavadas, el murmullo de la ciudad pareció dar un paso atrás. No se calló del todo, pero se alejó, como si la estuviera escuchando desde otra habitación.

Cerré los ojos.

No pasó nada espectacular. No se abrió la tierra, no se encendió una luz cegadora, no apareció ningún ángel numerólogo para explicarme el sentido del 11/11. Apenas un detalle: la certeza aguda, casi física, de que algo se había corrido de su sitio y que nadie, excepto unos pocos distraídos, se había enterado.

Me vi a mí mismo, de lunes a viernes: repitiendo rutinas, corrigiendo parciales, contestando mensajes, mirando noticieros que se equivocaban de día, caminando por calles donde el pasado y el futuro se rozaban en las veredas reparadas. Me vi también, de chico, caminando de la mano de mi madre por el mismo cruce, cuando el mojón todavía estaba ahí y yo lo pateaba como si fuera una piedra mágica.

Abrí los ojos.

La madre y el chico que habían pasado recién volvían a cruzar la esquina. Era la misma escena, la misma mochila arrastrada, el mismo tirón impaciente del brazo. Solo que ahora la mujer llevaba una bolsita más en la otra mano.

Sentí un pequeño mareo.

Me di cuenta de que, si me quedaba mucho tiempo ahí, iba a empezar a ver las mismas escenas repetidas con ligeras variaciones: un hombre distinto con el mismo gesto, un auto frenando un poco antes, un colectivo pasando con el cartel DOMINGO – SERVICIO REDUCIDO a las once de la mañana de un viernes.

Pensé en irme. En volver a mi casa, escribir un mensaje gracioso sobre la semana loca, culpar al calor, al final de año, al portal 11/11, a todo lo que los demás estaban usando para explicar la sensación de no saber qué día era.

En cambio, saqué del bolsillo una birome.

Me agaché, apoyé la mano en el cemento todavía relativamente nuevo y escribí, con letras firmes:

ACÁ HUBO UN MOJÓN.

Nada más. No agregué fechas, ni siglas, ni números. Solo esa frase que, por un momento, me pareció más verdadera que cualquiera de las que había escuchado en los noticieros.

Me quedé un segundo así, con la mano manchada de polvo, el corazón golpeándome en la garganta. Después me enderecé, guardé la birome y miré a mi alrededor.

La ciudad volvió a enfocarse. El ruido del tránsito regresó a su volumen habitual. Un perro ladró, alguien gritó un insulto desde un auto, el semáforo cambió de verde a rojo, de rojo a verde.

El celular vibró en mi bolsillo. Lo saqué.

Era un mensaje de Marta.

¿Te acordás qué día tuvimos la última reunión de cátedra? Porque yo juraría que fue el viernes pasado, pero el mail dice lunes 10. Siento que esta semana me la robaron.

Miré el mensaje largo rato. Podía contestarle con alguna broma. Podía decirle que a mí también, que tal vez todos habíamos vivido una semana agujereada, con días que se repetían o se salteaban sin pedir permiso.

En cambio, escribí:

No estoy seguro. Pero si querés, la próxima semana la contamos de nuevo.

La próxima semana. Una nueva tirada de dados con el calendario.

Guardé el teléfono, me ajusté la mochila al hombro y empecé a caminar por 10 hacia la plaza.

Mientras me alejaba, sin mirarlo, supe que alguien, algún día, iba a leer esa frase en la vereda —ACÁ HUBO UN MOJÓN— y se iba a preguntar qué se había perdido ahí. No solo un fierro enterrado. Algo del tiempo. Un pedazo de semana que no terminaba de encajar en ningún lado.

Y tal vez, pensé, eso alcanzaba.

Que quedara, al menos, la marca de que hubo una vez, en noviembre de 2025, una ciudad entera que dejó de saber en qué día vivía. Y que, por unas horas, por unos minutos, por un 11/11 clavado a la mitad de la mañana, todos caminamos sobre una vereda recién hecha sin darnos cuenta de que debajo del cemento liso el tiempo buscaba dónde agarrarse.

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