Cuando el Mundo Se Partió en Dos: Mi propia Crónica donde desperté en Otra Realidad  

Hay días que no se olvidan, no porque el calendario los marque, sino porque el alma esa testigo silenciosa queda para siempre con la grieta abierta.

El 25 de enero de 1999 fue, para mí, más que una fecha: fue un umbral.

Un antes y un después tallado en la piedra más áspera de la memoria.

Yo era apenas un paramédico recién formado en Cali, lleno de voluntad, conocimiento y ese coraje ingenuo que uno cree suficiente para cargar el mundo. No sabía que ese día me tocaría vivir la fractura más profunda de mi percepción de la realidad, una experiencia que aún hoy, al recordarla, me hace dudar en qué mundo despierto cada mañana.

El terremoto que devastó el Eje Cafetero fue la tragedia más brutal de un siglo ya acostumbrado a las malas noticias. Cuando fui convocado como voluntario para atender la emergencia, pensé que sabía lo que me esperaba. Pensé, todavía joven y orgulloso, que entender el sufrimiento era lo mismo que haberlo visto.

Al llegar, la noche ya cubría todo con un manto espeso. No había electricidad, no había horizonte, no había orden. Solo ruinas. Silencios rotos por gritos, sombras moviéndose entre escombros, cuerpos abrazados por la desesperación.

La primera impresión fue la de entrar en un mundo que no me pertenecía, una dimensión paralela donde las reglas que conocía simplemente habían dejado de aplicar.

Vi niños con la mirada perdida pidiendo agua donde no la había. Madres buscando entre montones de concreto la última esperanza que aún se negaban a soltar.

Y vi, también, lo que nunca pensé ver: el instinto humano desnudo, en su versión más feroz y más frágil al mismo tiempo.

Jamás olvidaré el primer cuerpo que recogí con mis manos.

No era solo un cadáver: era la materialización de lo irreversible. Era la confirmación de que había cruzado el umbral hacia un mundo donde la vida no tenía garantía, ni justicia, ni explicación.Pero no fue uno. Fueron decenas.

Pilas de cuerpos cubiertos con sábanas improvisadas, la muerte amontonada como si también hubiera sido sorprendida por el desastre.

Cada cadáver que levantaba era una estocada a mi antigua realidad, esa donde la muerte era un concepto lejano que uno atiende pero no habita.

Ahí, enterrando mis botas en el polvo y el lodo, comprendí que la mente humana no está hecha para procesar tantas despedidas

En esos tres días, vi el amor más puro: personas compartiendo el último sorbo de agua, manos temblorosas sosteniendo otras manos para que no se rindieran.

Pero también vi el otro extremo: seres humanos saqueando, aprovechándose del caos, volviéndose sombras que caminaban entre ruinas para robar lo que el temblor había dejado en pie.

Ese contraste, esa dualidad brutal, es la que todavía me persigue.

Ese espejo roto donde descubrí que el ser humano puede ser faro o fosa, luz o abismo, sin aviso y en cuestión de segundos.

Al regresar a mi vida, a mi “realidad original”, sentí que algo no encajaba.

La calle seguía igual, la ciudad seguía viva, la gente seguía hablando de cosas pequeñas…

pero yo ya no era la misma persona que había salido de Cali días atrás.

Desde entonces, cada amanecer me hace la misma pregunta silenciosa:

¿En cuál de las dos realidades estoy hoy?

La del orden aparente o la del caos que ya conocí demasiado bien.

Porque cuando uno ha visto el mundo derrumbarse literalmente, ya no vuelve a confiar del todo en la estabilidad del suelo.

El temblor dejó de estar bajo mis pies y empezó a vivir dentro de mí.

Esa experiencia me mostró lo que se oculta tras la piel del mundo: que la realidad es frágil, que puede romperse sin previo aviso, y que nosotros, los que quedamos en pie, debemos cargar con la memoria de quienes no tuvieron opción.

También me enseñó que los seres humanos no son solo buenos o malos; son espejos quebrados, fragmentos de luz y oscuridad coexistiendo.

Y yo, desde ese día, camino por la vida con la certeza de que hay momentos que no solo se viven, sino que te reinventan.

Ese 25 de enero no solo partió la tierra.

Me partió a mí.

Y desde entonces camino por las dos realidades, buscando entender cuál de ellas es la verdadera… o si ambas lo son.


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