Chungking Express: A 31 Años del Hit de Wong Kar-Wai Spoilers

Se estila conmemorar un aniversario en números redondos, 5; 25; 50; 100… pero en el caso de un largometraje como Chungking Express (1994) se podría llamar normal al olvido y postergación de su aniversario, pues se trata de una cinta que resulta insufriblemente aburrida.

Alerta de spoiler

A este filme le arruinaron su encanto en pandemia con la reconquista institucional de Hong Kong, un suceso que anula la mayor parte del sabor a la historia contada en los fotogramas de Wong Kar-Wai, cuyo principal atractivo es su simbolismo. Unas latas de piña con fecha de caducidad pautada para el primero de mayo de 1994, se convierten en la obsesión del agente Qiwu (Takeshi Kaneshiro), al usarlas para representar su cuenta regresiva al final de la cual dejará de sufrir por el abandono de su novia May. Si bien suena como un desarrollo de personaje (porque lo es) también representa a la Hong Kong de la época, la cual contaba regresivamente para volver a ser parte de China, lo que significaba una confrontación contra la incertidumbre, algo idéntico al futuro de Qiwu visto en forma de metáfora con discurso subyacente.

De igual forma, una lata de sardinas próxima a vencerse también marca la fecha de caducidad para una traficante china con peluca rubia (Brigitte Lin), cuyo arco nunca se completa. Este detalle resulta frustrante si se toma en cuenta el anzuelo violento que Wong Kar-Wai ofreció con escenas de tiroteos y ejecuciones sin aclarar nada sobre el destino de su perpetradora, lo que dejó todo el potencial de la cinta en manos de las metáforas. Sin embargo, el momento en que el agente Qiwu choca accidentalmente con una cajera llamada Faye (Faye Wong) funge como la amalgama que une esta antología de dos historias de desamor diferentes sin recurrir a un pantallazo de texto.

Lo anterior enlaza la historia de esa empleada, hasta ahora, irrelevante, con la del agente 663 (Tony Leung), en una maniobra fílmica que se centró en los caminos cruzados de unos personajes que de entrada se ven como algo más que simples habitantes de una ciudad donde prevalece lo superficial. Algo que rompe moldes para bien, si se toma en cuenta el estereotipo de las películas chinas, centradas siempre en lo político, militar o algo relacionado con las artes marciales y las triadas.

El lado “cómico” de la historia en esta película de “comedia” romántica y drama policial, es una Faye enamorada de un policía que la pasa por alto. Decide darlo todo por mejorarle la vida al oficial, roba una copia de las llaves de su apartamento, se deshace de los recuerdos que dejó allí la exnovia aeromoza (Valerie Chow) del agente 663, le pone somníferos en el agua para su insomnio y limpia todo el lugar mientras lo modifica poco a poco. Este comportamiento contado con excesivo realismo lleva a una confrontación más agresiva que chistosa. La actitud del agente 663 se torna realista en cuanto a lo que se espera de un policía en esa situación mientras se trate de un policial, no de una comedia, pues abre la puerta de una patada dando voces de mando luego de que Faye se la cerrara en la cara. La confusión sobre si este gag da risa o no, dura hasta que la metáfora de la cuenta regresiva vuelve al rescate.

A lo largo de la historia de esos dos, Faye hablaba sobre irse a California, cosa que hace justo cuando el agente 663 decide corresponderle. Ella lo rechaza dejándole una carta que el oficial no abre sino hasta un año después, su contenido es un pasaje de avión dibujado, con fecha fijada para un año en el futuro a partir de esa noche en la que ella lo dejó plantado, irónicamente en un bar llamado “California”. Una vez más llega para deleitar la metáfora sobre la incertidumbre noventera del futuro hongkonés hasta que el presente le recuerde al espectador que esa megalópolis asiática perdió todo su encanto del pasado debido a su unificación política, esto en el mejor de los casos. En el peor, el público ni siquiera lo nota, por lo que esas conservas de sardina, socias simbólicas de un boleto dibujado a mano, no serían más que manías exhibidas por personajes afligidos.

Y si bien la ilusión de una Hong Kong cosmopolita en el siglo XXI yace rota en el suelo, la película sigue siendo un goce, estético más que narrativo, pero un goce al fin. Esto se debe a una estética adornada por el neón rosa y azul a la par de luces blancas brillantes con ropa holgada y demás detalles de finales de los ochenta y principios de los noventa. Un estilo visual, para entonces moderno, que encajó con las tonadas de saxofón del blues estadounidense, en una cinta hongkonesa cuyo director mezcló elementos culturales de dos países diferentes, pese a las críticas que esto pudo suponerle, obtuvo un resultado que demuestra cómo ambos polos se atraen más de lo que se repelen.

Con todo y lo anterior, Chungking Express sigue siendo una obra para ver una vez por cultura general o quizás dos si se quiere apreciar su música y estética, debido a que el adelanto que tuvo para su tiempo sólo puede ser disfrutado por un nostálgico de la Hong Kong de los noventa. Todos los demás, corren el riesgo de verla sólo como un melodrama oriental inconcluso.

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