Hermano, necesito que me escuches.
No te estoy exagerando, no te estoy bromeando… algo está mal conmigo o con el mundo, y ya no sé cuál de las dos es más aterradora.
Llevo días sintiendo que mi vida no me pertenece.
Todo empezó con algo que pensé que era una tontería:
el reloj.
Sí, ya sé, suena estúpido, pero déjame terminar.
Una mañana me desperté y vi la hora exacta que había soñado la noche anterior.
Lo raro fue que coincidieron los segundos.
No le di importancia, pero al día siguiente pasó de nuevo. Y al siguiente.
Soñaba horas, conversaciones, gestos…
y al día siguiente todo ocurría como si ya lo hubiera vivido.
Pero eso solo fue el prólogo de la locura.
Empecé a ver cosas que no encajaban.
Sombras que se movían medio segundo antes que la persona que las proyectaba.
Un perro que ladraba con un retraso, como si el sonido viniera de otro lado.
Caras repetidas, hermano.
Caras iguales, como si alguien las hubiera copiado y pegado en diferentes cuerpos.
Yo traté de ignorarlo, pero había algo que no podía dejar pasar:
la calle frente a mi casa.
Todas las noches, cuando me dormía, el ambiente era tan silencioso que parecía que apagaban el mundo. Así que, una madrugada, dejé mi celular grabando, solo para que me demostrara que era imaginación mía.
Ojalá hubiera sido imaginación.
Al día siguiente revisé la grabación y… bro… la calle no se movió ni un milímetro.
Doce horas idénticas.
Ni un carro, ni un insecto, ni una maldita hoja moviéndose.
Era como si alguien hubiera pausado el escenario.
Y justo cuando iba a despertarme, en el video…
la puerta de mi cuarto se abrió.
Bro, cuando te digo que entró alguien igual a mí, no me refiero a que se parecía.
Era yo.
Mi misma ropa, mi misma expresión, todo.
El “yo” del video se acercó a la cámara, inclinó la cabeza como si estuviera estudiándome… y dijo:
No te tocaba ver esto todavía.
Y la grabación se cortó.
Te juro que sentí que me arrancaban el aire del pecho.
Corrí a revisar la puerta: cerrada por dentro.
Revisé la ventana: intacta.
Todo normal… menos mi cabeza.
Fui directo al celular. El video… ya no estaba.
Pero había un archivo nuevo. Sin nombre. Sin fecha. Sin nada.
Lo abrí.
Solo decía:
“Quédate quieto. El mundo está cargando.”
Y hermano… ahí fue cuando todo se detuvo de verdad.
No escuchaba ni mi respiración.
El silencio era tan pesado que sentí que si hablaba, mi voz iba a sonar en otro idioma.
El reloj estaba detenido.
El aire no se movía.
Yo era lo único que seguía… funcionando.
Y entonces escuché pasos detrás de mí.
Pasos perfectos.
Los míos.
Esa voz —mi voz— susurró tan cerca que sentí el calor en la nuca:
“Ahora sí te tocaba verlo.”
No volteé.
Lo sé: suena cobarde, pero mi cuerpo no quiso obedecer.
Porque ahí entendí lo que llevaba días evitando:
Tal vez el mundo no es una simulación.
Tal vez no es un error.
Tal vez el error soy yo.
Y lo peor de todo, hermano…
es que desde ese día, cada vez que parpadeo demasiado lento, siento que cuando abra los ojos voy a ver otra versión de mí… terminando de cargar.

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