Guillermo del Toro finalmente presenta su esperada versión de Frankenstein, y lo hace con una mirada profundamente humana y visualmente deslumbrante. Lejos del terror clásico, la película apuesta por el drama emocional y la tragedia, explorando la relación quebrada entre Víctor Frankenstein y su criatura.
Oscar Isaac interpreta a un Víctor obsesionado, consumido por la ambición y la culpa, mientras que Jacob Elordi ofrece una de sus actuaciones más conmovedoras: un monstruo que no busca venganza, sino comprensión y un lugar en el mundo. Esa dualidad —creador y creación— es el corazón de la película.
A nivel visual, del Toro vuelve a demostrar por qué su estilo es inconfundible: atmósfera gótica, escenarios artesanales, efectos prácticos y una fotografía que parece sacada de un cuento oscuro. La música de Alexandre Desplat termina de envolverlo todo con un tono melancólico y casi operístico.
No todo es perfecto. El ritmo puede volverse lento en ciertos momentos, y algunos diálogos se sienten repetitivos. Pero incluso con esos tropiezos, el filme destaca por su sensibilidad y su capacidad de hacer que el espectador empatice con “el monstruo” como pocas adaptaciones lo han logrado.
En conjunto, Frankenstein es una experiencia visual y emocional que honra a Mary Shelley mientras lleva la historia al terreno íntimo y trágico que caracteriza a del Toro. Una película recomendada para quienes buscan algo más que horror: una reflexión sobre la soledad, la culpa y lo que significa ser humano.



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