Dónde la realidad se rompe. 

Lucas empezó a dudar de la realidad una mañana que, en apariencia, era igual a todas. Salió de su departamento, bajó las escaleras y se dirigió a la parada del colectivo. Nada extraordinario, salvo un silencio que no encajaba. Era un silencio pleno, sin pájaros, sin autos, sin voces. Como si el mundo hubiera sido vaciado apenas unos segundos antes de que él lo mirara.

Intentó no darle importancia. Respiró hondo, ajustó la mochila y esperó. Miró el edificio gris que siempre veía frente a la parada, ese rectángulo aburrido de oficinas viejas. Pero esta vez notó algo distinto: el borde del edificio vibraba, como un dibujo mal enfocado. Era un temblor leve, digital, ajeno a cualquier explicación lógica. Parpadeó varias veces y el efecto desapareció. O al menos eso quiso creer.

Sacó el celular: sin señal. No era raro en esa zona, pero aun así le generó un nudo incómodo en el estómago. Miró a su alrededor buscando movimiento, vida, algo que lo devolviera a la normalidad. Nada. Todo estaba demasiado quieto.

Fue entonces cuando apareció el anciano.

No lo vio venir; simplemente estaba ahí, de pie, a pocos metros. Alto, delgado, con un abrigo largo que parecía más viejo que él. Lo inquietante fue que el anciano no caminaba: solo existía en un punto, como si hubiera sido materializado sin transición alguna. Lucas sintió un escalofrío.

—¿También lo viste? —preguntó el hombre, con una voz ronca, casi artificial.

—¿Ver qué? —respondió Lucas, aunque sabía exactamente a qué se refería.

El anciano señaló el edificio.

—La falla —dijo—. A veces la máscara se corre y podemos notar el error. Pocos lo perciben. Menos aún lo aceptan.

Lucas abrió la boca para pedir una explicación, pero el anciano lo interrumpió.

—No te preocupes. Es un mensaje, no una amenaza. Cuando esto ocurre, significa que el sistema está revisando tu atención.

—¿Qué sistema? —preguntó Lucas, sintiendo que la garganta se le cerraba.

—El que sostiene esto —respondió el anciano, extendiendo los brazos hacia toda la ciudad.

En ese instante, la calle tembló. Las texturas del piso se deshicieron como arena digital. Las sombras desaparecieron, los árboles se volvieron planos, las ventanas se volvieron rectángulos sin profundidad. Todo parpadeó una vez, dos, tres… y luego quedó completamente blanco.

Lucas cayó de rodillas, pensando que iba a desmayarse. Cerró los ojos, y cuando los abrió, la ciudad volvía a estar en su sitio: autos, luces, ruido, gente caminando como si nada hubiera pasado.

Pero el anciano no estaba.

Lucas respiró agitado y metió la mano en su bolsillo buscando el celular. En lugar de eso, encontró un pequeño papel doblado. Lo abrió con dedos temblorosos.

En tinta negra, firme, estaba escrito:

“Cuando vuelvas a dudar, no escapes. Mirá de frente. La realidad se defiende, pero también se revela.”

Desde ese día, Lucas teme a los silencios perfectos…
y a los momentos en que el mundo deja de sentirse real.

A veces se duda y en ese instante cuando todo cambia. Cuando la cuestionas.

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