Cuando el infortunio es grande y las situaciones desgraciadas se suceden unas a otras, hay jornadas enteras que se diluyen en un estado onírico del cual resulta difícil despertar. Hace unos días amaneció soleado, hacía un calor excesivo para la época. Las altas temperaturas anticipaban lo que seguro será un verano insoportable en la provincia de Córdoba. Por suerte estamos rodeados de ríos y arroyos para poder refrescarnos.
Esa mañana me sentía lúcida y predispuesta a enfrentar cualquier inconveniente que se me cruzara.
Como casi todos los días de la semana, preparé unos mates, mis tostadas con huevo y palta, desayuné. Comencé a escribir las primeras noticias del día para el periódico local. Trabajo desde mi casa, pero tengo la enorme suerte de poder ingresar a mi mundo paralelo y concentrarme como nadie, aún cuando mis hijos se despiertan y buscan las mil excusas para llamar la atención, porque siempre estará disponible la respuesta de mamá.
Les serví el desayuno, repartimos las tareas y cada uno repasaba sus deberes para hacer, antes de ir de la escuela.
Luego regresé a mi computadora para desarrollar una nota sobre la pérdida del poder adquisitivo de la clase media en la Argentina, el promedio de los salarios y la imposibilidad de cada vez más personas de llegar a fin de mes. Mientras escribía se me retorcía el estómago y recordaba que ese día me tocaba ir al súper una vez más, evitando comprar lo que no fuese estrictamente necesario. Pensaba en qué momento hacerlo, al mismo tiempo en que anotaba la obligación en una lista interminable de actividades, que indicaba que ese día, terminaría mi día de diligencias, trabajo y transporte de niños, a las 21 hs.
Sin embargo las cosas marchaban bien hasta el momento. Todo en paz, sin inconvenientes. Pensar en esa calma contrastaba con el tema que preparaba para mi programa de radio: tenía que ver con el uso excesivo de las pantallas en los niños, y cómo de poco, se va produciendo la adicción en sus cerebros, cuando la actividad se sostiene sin límites ni restricciones de parte de los padres y sin que los chicos tengan posibilidad de jugar con otros recursos, al aire libre, en la naturaleza, o simplemente con amigos. No hay nada más que me agobie que la soledad de los niños y la ausencia de los adultos, conectados a sus propios dispositivos, tratando de escapar de las dificultades de la vida, o simplemente siendo irresponsables porque desconocen las consecuencias de sus actos y de sus omisiones.
Después del mediodía, llevé a los chicos a la escuela y a la vuelta pasé por una esquina donde había un hombre de unos 40 años, hurgando en un inmenso contenedor de basura. Minuciosamente separaba los restos de comida que podrían servir para un almuerzo. Paré el auto, me bajé y le ofrecí algo de dinero para que pudiera comprarse algo. Me miró con los ojos mismos de la desesperanza y me dijo que casi no le servía lo que le daba, porque al día siguiente estaría igual, que lo que él necesitaba es conseguir trabajo para darle de comer a sus hijos. No pude juzgarlo. Le pregunté qué sabía hacer, de dónde era y por dónde andaba siempre. Él me respondió que iba y venía por el centro tratando de encontrar algo para sobrevivir. Ya no pude preguntar nada, me quedé absorta en mis pensamientos tratando de encontrar alguna forma de colaborar y agradeciendo lo que Dios me proveía. Era una escena no tan común en mi ciudad pero, lamentablemente era cada vez más frecuente.
Pasaron al menos dos horas y me dirigí hasta la escuela de mis niños a tratar junto a otros padres sobre un “nuevo juego” realmente preocupante, que había comenzado a surgir en un grupo de alumnos de la escuela. Una forma de representación de conductas sexuales inapropiadas y temerarias, celebradas como si fuera otro pasatiempo más, y que al parecer habían sido inspiradas en un juego en línea. Muchos chicos ya lo jugaban y la situación ameritaba una intervención urgente.
Teniendo esto en mente, que de por sí me parecía una aberración y que requería toda mi atención en ese momento, me dispuse antes a buscar a uno de mis niños que estaba en el Jardín. Hice la típica cola para esperar mi turno y antes de mí, había una mamá cuya pregunta a la maestra, me dejó perpleja: -¿Puedo traer a mi niño a eso de las 4 de la tarde al Jardín, quiero decir que venga recién a esa hora?, manifestó.
La docente le contestó que no era posible porque el turno comenzaba a las 13,40 y finalizaba 17,30. No valía la pena además, que el niño estuviera tan poco tiempo. Incluso le recordó que la escuela era un obligación que debían cumplir los padres y un derecho de los niños, a partir de los 4 años, edad que tenía el pequeño.
La madre le explicó que ella le preguntaba eso, porque su hijo usaba el celular hasta las 3 o 4 de la mañana, y que se despertaba a las 3 o 4 de la tarde.
La maestra guardó silencio un momento y le pidió que aguardara al costado de la formación.
Yo, que estaba detrás de la mujer en cuestión, no pude disimular mi desconcierto. Cuando me acerqué a la maestra, noté que ella también estaba muda, petrificada ante la dimensión de la irresponsabilidad que acababa de escuchar. Después sólo, atiné a irme con mi hijo.
Aquel día me costó reconocer que lo vivido no había sido una ensoñación oscura y febril. Aquel día, no se había ajustado para mí, la dosis realidad soportable. Entre el espanto y el asombro caminé por el bosquecito junto a mi hijo buscando la tranquilad perdida, siendo consciente de mi lugar en el mundo antes de continuar la faena diaria.


¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.