MI PERSONALIDAD CUANTICA 

Me llamo Liana, o al menos eso creo en este preciso instante. Mi problema, o quizás mi peculiaridad, no es psicológico, sino puramente cuántico. ​Mi mente no funciona en un estado singular, como la de la mayoría. Desde los dieciocho años, tras un incidente menor con un acelerador de partículas en el laboratorio universitario (sí, fue tan cliché como suena), mi conciencia se fracturó. Ahora, existo en un estado de superposición. ​En términos sencillos: no soy una sola persona. ​En el 40% de los momentos, soy Liana A, la pragmática. Ella es meticulosa, obsesiva con el orden y absolutamente dedicada a su carrera de física teórica. Viste de negro o gris, bebe café solo y tiene una lógica fría e impecable. Ella sabe resolver problemas y se ríe de las tonterías emocionales. ​En el 35% de los momentos, soy Liana B, la artista. Ella es caótica, vibrante y emocionalmente explosiva. Se dedica a pintar murales abstractos llenos de color, le encanta el ruido y las multitudes, y a menudo olvida dónde dejó las llaves o si pagó el alquiler. Ella vive del impulso. ​Y en el 25% restante, soy Liana C, la escéptica. Ella es la que se queda en casa, lee libros de historia antigua, duda de la existencia de las otras dos, y sospecha que todo es un elaborado delirio inducido por el trauma. Ella es silenciosa y desconfiada, y su única meta es encontrar la "verdad" singular. ​El cambio entre estas personalidades no es gradual. Es un colapso de la función de onda. Un momento estoy resolviendo una ecuación compleja con Liana A, sintiendo la euforia de la lógica, y al siguiente, ¡pum!, estoy en medio de un mercado de pulgas con Liana B, negociando el precio de un jarrón roto, sin recordar cómo llegué allí. ​La vida diaria es un campo minado. ​Liana A se prometió dejar a su novio, Daniel, porque era "un impedimento estadístico para su enfoque". Liana B lo ama profundamente y le escribe poemas apasionados. Liana C cree que Daniel es un agente del gobierno enviado a monitorearla. Daniel, pobre Daniel, está convencido de que su novia sufre de un trastorno de personalidad múltiple de manual, y no entiende por qué ayer ella le dijo que se fuera de su vida y hoy le dejó una nota de amor en el espejo. ​Una mañana, Liana A se despertó en la cama de Daniel y vio una nota a medio escribir en su cuaderno: "Necesito comprar más pintura azul cobalto. ¡Qué hermosa es la vida!" (Definitivamente, Liana B). Al lado, había una lista de verificación con tres puntos: 1) Cancelar tarjeta de crédito de B. 2) Instalar cerradura de seguridad en el laboratorio. 3) Investigar los vínculos de Daniel con la NASA. (Claramente, Liana C). ​Liana A suspiró. Hoy era su turno de ir al trabajo, pero el cuaderno la detuvo. Lo abrió en una página en blanco y, por primera vez, sintió una interferencia. No era A, B o C. Era una especie de neblina. ​Tomó el bolígrafo. Sabía que Liana A iba a escribir una ecuación, que Liana B iba a dibujar una flor y que Liana C iba a quemar la página. Pero Liana, la Liana difusa y temporal, no hizo ninguna de esas cosas. Escribió una sola frase, en cursiva y con una caligrafía que no era de ninguna de las tres: ​"Lo más difícil de ser tres, es que ninguna puede tener una vida completa." ​En ese instante, la neblina se desvaneció. El estado colapsó. Liana B estaba de vuelta, mirando la frase, sintiendo una punzada de tristeza que no comprendía, y preguntándose por qué diablos la pragmática le había arruinado el espacio para su próximo poema. ​Ahora, ¿dónde demonios había dejado el azul cobalto?

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