La bruja solidaria 

En el barrio la llamaban bruja. Era objeto y sujeto de burla. Le tenían miedo, mucho miedo. Era la representación del cuco, del viejo de la bolsa, de la loca del Bequeló (leyenda uruguaya de las luchas civiles) y de un montón de historias más usadas para asustar a los niños en esa época.

Era una mujer extraña, sin duda. No cumplía con las reglas del mundo real. Encerrada en su castillo-casa, acompañada por su gata negra, y su escoba mágica (con alas invisibles según los testigos) se transportaba sigilosamente entre las callecitas de tierra con sus pies pequeños, su cabello negro largo hasta la cintura y sus ojos de águila que registraban hasta el más mínimo movimiento.

Era una mujer rara, sin duda. Inspiraba miedo a los seres terrenales, sin duda.

En su cuello lucía un colgante con una cruz orlada. La cruz Orlada del argentino Bejamín Solari Paraviccini. Una cruz que según los estudios sobre el tema “representa el equilibrio y la conexión entre lo espiritual y lo material, el amor universal y la luz.”

Estudié mucho las Psicografías de Solari Parravicini y sentí curiosidad por esa mujer que llevaba la cruz orlada en su cuello.

Por eso, o por algo más, me acerqué a ella un día.

La mayoría de mis amigos salieron corriendo cuando la vieron barriendo la vereda y yo me quedé ahí, paralizada, esperando tal vez que su escoba me invitara a volar. No lo sé.

Simplemente, me quedé ahí, mirándola a los ojos.

Me quedé ahí, frente a frente, y le sonreí. El silencio estuvo presente en la mirada. Tal vez, alguna música de fondo se filtró entre la mirada y el silencio.

Tal vez. Ella, simplemente, me extendió la mano y me invitó a su casa-castillo. A su refugio, al espacio de su alma.

¿Por qué me animé a entrar no lo sé? No lo puedo explicar para el mundo real.

Y es posible, que pocos entiendan la existencia de otro mundo más humano, más justo, más bello. Es posible que no crean que la justicia, la solidaridad, el amor universal existe más allá de lo que estamos viviendo.

Entré a su mundo. En su oficina virtual tenía infinidad de clientes de diversos lugares. Asesoraba a policías, a políticos, a personas interesadas en sus problemas. No cobraba, simplemente pedía una donación para una red de comunitarios que contenían a los más vulnerables.

Me contó que desde niña tuvo el don de “ver cosas” antes que ocurrieran, estudió para ser perfiladora criminalística, doctora en metafísica y demás cosas incomprensibles en el mundo de la lógica.

Y la entendí.

“Tenemos una conexión”, me dijo.

Y fue así. Tuvimos una conexión.

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