Los arquetipos femeninos en el cine de terror 

El cine de terror y las mujeres conforman una relación de larga data. Hoy, el vínculo está más sólido que nunca, especialmente por la presencia de mujeres detrás de cámara que año a año se incrementa, ofreciendo películas que recorren festivales y ganan premios. Pero en los comienzos, ser mujer y hacer cine de género era una empresa compleja, encarada por algunas pocas que fueron negadas de las grandes historias y de muchos de los créditos de las películas en las que participaron. Desde los inicios, la relación entre las mujeres y el cine de terror estuvo limitada a la representación de los papeles femeninos en las películas. Perseguidas por los monstruos, liberadas sexualmente en los sesenta, perseguidas por asesinos enmascarados o encarnando a monstruas que protagonizan sus propias historias, las mujeres se hicieron presentes a lo largo de toda la historia del cine de terror.

Para comprender cómo fueron representadas las mujeres en el cine de terror es necesario recurrir al concepto de arquetipo, con el objetivo de comprender qué rol ocuparon dentro de las narrativas del género. Se entiende por arquetipo a aquellas representaciones, o tipos de personajes, que funcionan como modelos de personajes atemporales y universales que el público comprende instintivamente, a diferencia de los estereotipos que operan simplificando, y distorsionando, rasgos humanos complejos o grupos sociales. A lo largo de la historia, existieron diferentes arquetipos de lo femenino en el cine de terror que permite comprender no solo el modo en que lo femenino se relaciona con lo monstruoso sino también qué roles y deberes se les adjudicaron a las mujeres a lo largo de la historia.

A partir de este recorrido inicial, se vuelve evidente que las representaciones femeninas en el cine de terror no surgieron de manera aislada, sino que respondieron a modelos culturales profundamente arraigados. Por eso, lo que se desarrollará a continuación es un análisis histórico de cómo el género construyó y transformó a sus personajes femeninos y de qué manera cada cambio en su representación dialoga con las transformaciones sociales y culturales de su época. Entenderlos, nos permitirá reconocer no solo la evolución del género, sino también la evolución de las ideas sobre las mujeres, sus roles y sus posibilidades dentro y fuera del cine.

Los inicios: mujeres libres y complejas

Elsa Lanchester Bride of Frankenstein 1935 - Fine Art Print – Mabon Gallery

En los inicios del cine, en su época más temprana, las mujeres se hicieron presentes tanto delante como detrás de la pantalla. Lejos de lo que podría creerse, muchas de las representaciones de lo femenino se encontraban en las antípodas de la pasividad. Ubicadas en el centro de las historias, las mujeres fueron protagonistas, victimas, monstruas o femme fatales. Lo que sí era seguro es que las mujeres eran complejas, influyentes y peligrosas.

Un ejemplo clave de este tipo de representación es el del personaje interpretado por Elsa Lanchester en La novia de Frankenstein (1935) de James Whale. Si bien su fecha de estreno podría ubicarla dentro del siguiente paradigma, el modo en que se elabora la representación de lo femenino como sujeto monstruoso y salvaje, capaz de hacer valer su voluntad y su deseo, refleja lo intrépido de esos primeros años. La novia del monstruo, víctima por defecto de un sistema que le impone su deber ser, escapa ferozmente de lo que los demás planean para ella, incluso a costa de su propia existencia. La novia aparece para evidenciar la compleja moral de la época y para decir, en un grito, que no está dispuesta a ceder su deseo por el de los demás.

La damisela en apuros o el corset moral

Con la instauración del Código Hays en 1934, Estados Unidos impone un corset moral al cine, determinando qué puede representarse y de qué modo. Oficialmente llamado Motion Picture Production Code, el código fue un conjunto de normas de autocensura que reguló la producción de películas en Hollywood desde 1934 hasta 1968. Su objetivo era garantizar que las películas estadounidenses transmitieran valores considerados “morales”, “familiares” y “respetables” para la época. Por esto, lo femenino en el cine de terror perdió su carácter fuerte y salvaje para quedar anclado en el arquetipo de la damisela en apuros. El rol que las definía era el de las víctimas que, como conductos emocionales para la audiencia, necesitaban del rescate del protagonista masculino. Si bien las mujeres ya sabían gritar, las damiselas no lo hacen desde la rabia sino desde el miedo, sus gritos eran pedidos desesperados de ayuda para liberarse de las garras del monstruo. Sus reacciones de miedo y sufrimiento enfatizaban el horror y provocaban respuestas afectivas en el espectador.

La damisela en apuros tuvo un desarrollo extenso que duró lo que duró el Codigo Hays. Su marca distintiva es la de una mujer puesta en peligro con el objetivo de poner en marcha la trama. En el cine de terror temprano, estos personajes se caracterizaban por ser víctimas histéricas, figuras vulnerables sobre las que actuaba el terror. El arquetipo se estableció en las películas clásicas de Universal y en los thrillers de Hitchcock.

Las damiselas eran escritas para ser objetos del deseo de las criaturas o asesinos, y necesitaban desesperadamente que los héroes masculinos intervinieran y salvaran sus vidas. El valor de la damisela se basa en su vulnerabilidad, lo que a su vez valida el heroísmo y el sacrificio masculinos. El tropo de la Damisela en apuros se utilizó para subrayar la dominación masculina y la sumisión femenina.

Algunos de los ejemplos más emblemáticos son, Christine Daaé en El fantasma de la ópera (1925) de Rupert Julian, Mina Seward en Drácula (1931) de Tod Browning y Ann Darrow en King Kong (1933) de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, interpretada por la actriz Fay Wray quien sería coronada como la primera Scream Queen de la historia.

Los sesenta: mujeres libres y sexualizadas

A principios de la década del sesenta, el estreno de Psicosis de Alfred Hitchcock establece una ruptura y la posibilidad de un cambio de paradigma que recién logrará cristalizarse en un nuevo arquetipo en la década de los ochenta con la irrupción de la final girl. Lo que pone sobre la mesa el personaje de Marion Crane, una más que evidente damisela en apuros, es la imposibilidad del rescate. Su muerte, si bien no desestabiliza el arquetipo, muestra una primera grieta que habilitará representaciones de lo femenino opuestas, más en consonancia con las de los primeros años del cine, que inundarán el cine de terror de las décadas del sesenta y del setenta.

Podría decirse que el cine de terror de estas dos décadas habilita la introducción de personajes femeninos complejos y multidimensionales. El fin oficial del Código reabrió el espacio para un contenido más explícito, en términos de sexualidad y de temáticas vinculadas a la violencia y su relación con el universo femenino. Esta nueva era fue testigo de cómo las mujeres emergieron en el género de terror no solo como víctimas, sino como supervivientes, antagonistas y figuras centrales con agencia. Este cambio reflejó transformaciones sociales más amplias con respecto a los roles de género y el aumento de la percepción de la agencia de las mujeres. Vale aclarar también, que es una época donde comienzan a emerger gran cantidad de directoras que se dedican exclusivamente al cine de género como Roberta Findlay, Doris Wishman.

El encanto de Barbara Steele, reina absoluta del gótico europeo, el erotismo de la Hammer encarnado en Ingrid Pitt, Soledad Miranda en el cine de Jesús Franco o Tura Satana y el exploitation más violento de Faster, Pussycat! Kill! Kill! (1965) de Russ Meyer.

La final girl puede contra todo (menos con la moral de la época)

La llegada de la década de los ochenta y el nacimiento del subgénero slasher definen uno de los arquetipos del cine de terror más duraderos de su historia, el de la final girl. Fue gracias al trabajo de Carol Clover que la definición de la chica final adquiere mayor relevancia. En este contexto las mujeres resurgen como sobrevivientes, antagonistas y figuras centrales con agencia.

La definición del arquetipo de la final girl se refiere al último personaje femenino sobreviviente que confronta directamente al asesino y, a menudo también, lo vence. La Chica Final es típicamente ingeniosa, activa, observadora, inteligente, con recursos en una crisis, a menudo virginal, y moralmente distinta de sus pares. A diferencia de la damisela, ella lucha activamente. Si bien su aparición marcó un cambio respecto a la damisela porque supuso un avance hacia la supervivencia femenina, su figura se mantuvo atravesada por mandatos conservadores asociados al deber ser de las mujeres en los Estados Unidos de la época. Frente a las mujeres de los films que tienen relaciones sexuales, beben y se drogan y que por eso mueren, la final girl encarna los valores conservadores de lo que deberían ser las mujeres jóvenes en la época: trabajadoras, responsables, opuestas a los vicios y virgenes. Sobrevivió porque se adhería a los códigos de conducta específicos. Esto reflejaba la tensión cultural de la época, donde el deseo de empoderamiento coexistió con la necesidad de contenerlo.

Es interesante que uno de los ejemplos claves para definir a las Final Girls sea el personaje de Laurie Strode en Halloween, interpretado por Jamie Lee Curtis hija de Janet Leigh que interpreta a Marion Crane en Psicosis. Sin saberlo, ambas encarnaron rupturas importantes en la representación de lo femenino dentro del cine de terror.

Esta ambigüedad del slasher, se encarna en una representación de lo femenino atravesada por una fórmula: a la liberación sexual le sigue un castigo mortal. Las mujeres, retratadas en roles altamente sexualizados, se terminan convirtiendo en víctimas dando cuenta de que la liberación sexual de la mujer resulta peligrosa. A su vez, surgieron figuras de mujeres fuertes que asumieron roles tradicionalmente masculinos, demostrando fuerza física y autonomía. Ellen Ripley en Alien (1979) y Aliens (1986) se convirtió en un ícono cultural de la fuerza femenina, demostrando dureza y liderazgo, siendo un ejemplo central para ejemplificar esta cuestión.

El slasher de los noventa, renovado y deconstruido por Scream (1996) de Wes Craven, presentó representaciones alternativas de lo femenino en la figura de Sidney Prescott. Su personaje ya no estaba atado a la "inocencia pasiva" ni a la necesidad de ser una "virgen inocente" para sobrevivir. La representación femenina de los 80 y 90 se caracterizó por su lucha entre el empoderamiento y la moralización. Aunque se avanzó más allá de la damisela pasiva hacia la superviviente y la heroína de acción, estas figuras a menudo permanecen atrapadas en roles hipersexualizados o binarios que limitaban su verdadera autonomía, exigiendo que su fuerza se manifiesta dentro de límites socialmente aceptables.

El nuevo siglo, la ausencia de reglas y la llegada de las monstruas a la pantalla

Desde comienzos del siglo XXI, asistimos al cambio más profundo en la historia del cine de terror: la mujer deja de ser definida por su fragilidad o su grito para aparecer como un sujeto con agencia, capaz de actuar, decidir, sobrevivir o incluso provocar el horror. La agencia implica autonomía, la mujer ya no depende de un hombre para salvarse, ya no es castigada por su sexualidad, ni es definida por su función como objeto del deseo o del peligro.

El eje central de este cambio es la agencia, entendida como la capacidad de actuar, decidir y ejercer control sobre la propia vida. El terror moderno amplifica esta autonomía mostrando mujeres que ya no esperan ser salvadas, sino que luchan activamente contra la amenaza, al punto incluso de encarnarla. Esta representación contrasta con versiones anteriores donde la complejidad emocional femenina era interpretada como desviación moral o monstruosidad. Las protagonistas ya no son solo Final Girls sino mujeres cuya emocionalidad, pasado, trauma y subjetividad impulsan la historia. El horror ya no es algo que les sucede: es algo que atraviesan, negocian, enfrentan o, en algunos casos, encarnan.

Uno de los cambios más notables del terror contemporáneo es la centralidad del trauma psicológico. La mujer deja de ser castigada por su inestabilidad emocional y comienza a ser representada como monstruo, como un sujeto complejo cuyos motivos, deseos o traumas la convierten en antagonista. En este sentido, la villanía femenina moderna no es un desvío moral, es una lectura crítica del poder.

Algunas de las mujeres del horror cuyos personajes encarnan este nuevo arquetipo son Florence Pugh en Midsommar (2019) de Ari Aster, Toni Collette en Hereditary (2018), Mia Goth en la trilogía de Ti West, Anya Taylor-Joy en The Witch (2015) de Robert Eggers, Lupita Nyong’o en Us (2019) de Jordan Peele, Maika Monroe en It Follows (2014) de David Robert Mitchell y Samara Weaving en Ready or Not (2019), de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett. Estas actrices lograron convertirse en figuras centrales del terror contemporáneo y de esta nueva representación femenina.

La evolución del rol femenino en el cine de terror es una historia de conquistas simbólicas. El género funciona como un laboratorio donde se ensayan fantasías, miedos y transformaciones culturales. Por eso, el pasaje de la damisela a la mujer con agencia no es un simple cambio de estilo: es un desplazamiento ideológico. El terror reconoce a la mujer como un sujeto capaz de pensar, decidir, luchar y, sobre todo, sentir profundamente. Sus emociones, lejos de ser signo de debilidad, se transforman en herramientas narrativas, motores de conflicto, fuentes de poder y espacios de crítica. Ahora se trata de observar qué ocurre cuando las mujeres dejan de ser el objeto pasivo del horror y se vuelven productoras activas de sentido, de miedo y de transformación.

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