VACÍO. 

No sabría decirte el día exacto. A veces pienso que empezó mucho antes de que yo me diera cuenta, como esas filtraciones que trabajan en silencio detrás de una pared hasta que un día, de golpe, la humedad sale a la superficie y te arruina todo el revoque.

Algo así pasó conmigo.

Yo seguía con mi vida como siempre: las mismas rutinas, los mismos lugares, las mismas conversaciones automáticas que uno repite sin pensar. Todo parecía estable. O por lo menos, estable en ese sentido extraño en el que uno cree estar bien solo porque nada explotó todavía.

Y después, sin aviso, sentí que algo se quebró.

No un ruido fuerte, no un drama cinematográfico… no.

Fue más como un chasquido interno, un microtemblor invisible.

Algo se movió dentro de mí y dejó un espacio donde antes había un punto firme.

Lo primero que sentí fue un hueco.

No un hueco enorme, no.

Un hueco pequeño, casi elegante, como si la oscuridad tuviera modales.

Al principio lo ignoré. Pensé que era cansancio, estrés, una mala semana. Ese tipo de excusas que uno usa para no mirar de frente lo que realmente pasa. Pero el hueco empezó a crecer lento, paciente, sin hacer escándalo. Y cuanto más crecía, más me daba cuenta de que no tenía idea de cómo llenarlo.

La sensación era simple y a la vez devastadora:

estaba cayendo.

Pero no una caída rápida, de esas que te hacen gritar.

No.

Yo caía despacio, como si el aire mismo me sostuviera lo justo para que no llegue nunca al fondo. Una caída sin vértigo, sin ruido, sin destino.

Una caída que no avanza.

Y mientras más trataba de frenarla, más profunda se volvía.

Intenté llenarme con cosas: música fuerte, conversaciones forzadas, planes improvisados, distracciones baratas. Todo desaparecía en ese vacío sin dejar rastro, como si nunca hubiera existido. Era como tirar piedras a un pozo y no escuchar ni un eco del impacto.

Ese fue el momento en que entendí que algo estaba cambiando de verdad:

cuando el vacío dejó de ser un intruso y empezó a sentirse familiar.

Era como si una parte de mí hubiera estado esperando ese hueco para poder hablar.

Como si hubiera cosas que nunca quise escuchar y que, por fin, encontraron un lugar para hacerse oír.

El problema era que no hablaban con palabras.

Hablaban con ausencia.

Y entonces llegó la fase más oscura:

la aceptación silenciosa.

Me acostumbré a vivir en dos niveles.

En el de afuera, yo seguía funcionando: saludaba, estudiaba, respondía mensajes, sonreía cuando tocaba. Nadie sospechaba nada.

Pero adentro… adentro había una caída interminable, una especie de gravedad inventada que me jalaba hacia un centro que no tenía forma.

A veces me preguntaba si algún día iba a tocar fondo.

Si existía un fondo.

Si quería tocarlo.

Porque cuanto más caía, más me conocía.

Y cuanto más me conocía, más entendía que ese vacío no había llegado de afuera.

Lo había construido yo, ladrillo por ladrillo, con miedos que nunca dije, con dudas que nunca procesé, con dolores que guardé “para después”.

Y ese después llegó.

Un día —uno normal, sin tormentas ni tragedias— me quedé quieto, sentado en silencio, y me di cuenta de que ya no estaba peleando contra el vacío.

Lo estaba escuchando.

No necesitaba llenarlo.

Necesitaba entender por qué existía.

Ese giro oscuro no fue un derrumbe, como pensé al principio.

Fue más como una mudanza interna: dejó en evidencia todo lo que había guardado en habitaciones cerradas, todo lo que había ignorado durante años porque “no era tan importante”.

Me dio miedo, sí.

Pero también me dio claridad.

Con el tiempo descubrí algo que todavía me sorprende:

no todos los vacíos son heridas.

Algunos son espacios.

Lugares que aparecen cuando la vida se estira más allá de lo que sabías sostener.

Sigo cayendo a veces, no te voy a mentir.

Pero ahora la caída ya no se siente como una condena.

Se siente como una especie de verdad.

Una verdad incómoda, profunda, pero mía.

Y aunque nunca encontré el fondo, aprendí algo en el proceso:

no todo lo que está oscuro está roto.

A veces es solo algo que está esperando a que lo mires de frente.

Ese fue mi giro.

No un final.

Un comienzo, raro y silencioso, que cambió mi forma de habitarme.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 2
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.