Algunas personas quiere llenar el mundo con tontas canciones de amor.
¿Y que problema hay con eso?
Paul y Linda McCartney
1976
Todo comienza con el percance más mundano posible en un baño publico, alcanza con esa fracción de segundo para que Rosalba, nuestra heroína, pierda su bus turístico y quede abandonada a un costado del camino, mientras sus hijos y su marido siguen viaje.
Cansada de esperar que la vengan a buscar, decide regresar por sus propios medios, haciendo dedo y confiando en la bondad de los conductores. Sin meditarlo mucho tiempo, nuestra heroína esquiva un cruce de ruta fundamental, que la hubiese acercado a su dulce hogar y decide llegar a la dorada Venecia. En la ciudad sumergida consigue trabajo con un anciano florista anarquista, se aloja en el departamento de Fernando, un pintoresco camarero que habla y escribe como Napoleón (el gran Bruno Ganz, mas viejo, gordo y pelado que en Las alas del deseo o El amigo americano, pero un poco antes de convertirse en meme gracias a La Caída), se hace cómplice de una insospechada vecina que trabaja como masajista holística, y se reencuentra con una de sus tantas pasiones dormidas, la música... y esto es tan solo el comienzo.
No hay una explicación lógica a lo largo del metraje sobre el título del film, pero seguramente alude a las cosas sencillas y placenteras que nos rodean y que nunca nos tomamos el tiempo para disfrutar. Por eso mismo, Rosalba (Licia Maglietta) no escapa de una familia abusiva, simplemente escapa de la rutina. No abandona a sus hijos y a su marido por sentirse mal con ellos, sino por el hecho de probar otro modo de vida y no quedarse con las ganas, para no convertirse en una hipócrita anhelante de oportunidades que no es capaz de aprovechar cuando se le presentan.
Ella no es una mujer en crisis, ni tampoco padece a un marido golpeador, él es simplemente un cabrón común y corriente, un mediocre entre tantos, capaz de engañarla con una amante horriblemente quejosa.
Lo que podría haber sido un grotesco, grosero y costumbrista, pasa rápidamente al mundo de esa comedia ligera que parecen extinguirse de a poco hoy en día.
Espiritualmente esta emparentada con la gran Bagdad Cafe, aunque con menos magia y exotismo, pero con la misma ternura.
Pan y tulipanes muestra esas cosas ridículas que a veces sufrimos o a esos personajes extravagantes con los que nos podemos cruzar de vez en cuando. Es una historia sin complejo de culpa alguno, que se mete de lleno en las posibilidades que ofrece la comedia franca y directa, evitando toda posible frialdad analítica y también escapando a cierto lamento llorón de algunas comedias italianas.
Y a pesar de retratar tan bien lo cotidiano, también hay hallazgos cinematográficos remarcables en como el director decide enfocar el entorno geográfico de sus protagonistas, eligiendo recorrer una Venecia oculta a los ojos turísticos, lejos de sus plazas superpobladas con palomas y personas. Bajo la mirada de Rosalba, la ciudad se transforma en callejones silenciosos, donde apenas se filtra el agua y el tiempo transcurre diáfano.
Con un desparpajo admirable para construir alegremente un subversivo panfleto anti-marital, Silvio Soldini supo reunir a interpretes perfectamente caracterizados dentro de sus roles, con Licia Maglietta a la cabeza, rebalsando ingenuidad y sensualidad con su Rosalba y Bruno Ganz, que de tan vulnerable y peculiar se transforma en un insospechado héroe romántico para estos cínicos tiempos que corren.
Creo que se puede encontrar este film en el catalogo de Amazon y sino lo buscan por métodos menos legales, hagan como Rosalba y no sientan culpa alguna al respecto, vale la pena.

Pane e tulipani
Italia, 2000
Dirigida por Silvio Soldini, con Licia Maglietta y Bruno Ganz



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.