Yo, acosador 

"El recuerdo de todo hombre es su literatura privada. Si hay algo que no nos pueden quitar, es un recuerdo." (Aldous Huxley).

Conforme pasan los años nos resulta increíble como hemos cambiado a través de las diferentes etapas de nuestra vida. Personalmente, de cuando en vez, recuerdo cuáles eran mis rutinas hace un par de años, o antes de la pandemia, o la década pasada, y la rememoración escala progresivamente hasta la última etapa de la niñez y el ingreso a la adolescencia. Recuerdo las cosas que hacía, mis expectativas de una futura vida adulta y mis gustos y fijaciones de aquellos años.

Antes de convertir el cine en una actividad central en mi vida, mi relación con las películas era de un consumo irresponsable. Fuera de algún control parental mínimo, tenía un acceso casi irrestricto a la programación televisiva de señal abierta en una época donde la censura era cosa inexistente. Mi despertar cinéfilo y mi despertar sexual coincidieron en una adolescencia lyncheana, de calma aparente y sinsabores ocultos. La negligencia parental iba acompañada de desinformación y prejuicios con respecto a la sexualidad. Era más sencillo escuchar un comentario ofensivo o burlón antes que un consejo adecuado o documentado sobre alguna de mis inquietudes adolescentes.

La normalización y romantización de actitudes que vulneran la integridad de los demás me dieron una escala de valores ambigua. Mientras mi entorno familiar omitía, el cine, la literatura y la música exhibían abiertamente conceptos que no entendía pero encontraba placenteros. El inicio de la atracción sexual, ante mi carácter parco, fue el acercamiento silencioso hacia los otros y una mirada fija e inquisitiva que repelía a quienes se percataban de mi presencia. Ante un evidente problema de socialización, surgió dentro de las posibilidades amorales del arte el sinónimo breve de persecución: acoso.

De manera inadvertida, empecé a perseguir personas al azar en las calles, de manera furtiva, a acechar a cualquiera que llamara mi atención un instante. Mi intención era observarles, experimentar esa sensación de dominio momentánea que da la vigilancia desde las sombras.

¿Era un voyeurista? El voyeurismo es considerado un trastorno mental vinculado a la conducta sexual, en el cual se siente placer de observar (espiar) a otras personas que exponen su sexualidad. En mi caso, era un seguimiento sin otra intención real de atentar contra las personas que seguía. Claro que había atracción sexual y fijaciones en algunos casos, pero con la certeza que no iría un paso más allá. En el cine se suele representar el voyeurismo en su faceta más enfermiza, acechando a víctimas que saben de su condición de observados y perseguidos. Ese es parte del perfil psiquiátrico de Norman Bates en Psicosis (1960) o de Freddie Clegg en The Collector (1965). También es recurrente imaginar la mirada del individuo acechado. La debilidad de quien pasa al estado de alerta en un segundo. Una fantasía de dominación - sexual quizá - en otro tiempo, que en las miradas actuales es tipificado y sancionado como lo que corresponde.

Los idilios de la literatura o el cine de otro tiempo, con arquetipos masculinos invasivos y violentos, fueron referencias enfermizas contraproducentes para la búsqueda de un contacto real con los demás y una aceptación de mi propia sensibilidad. Pienso en los niños de la Italia presentada en Malena (2000), acosando bajo el amparo de la costumbre a una mujer que asimila convivir de esa manera. Son seis los casos puntuales de acoso que recuerdo cometer con mayor intensidad, con el horror adicional de sentirme descubierto al primer descuido. Acercarse a personas que te llaman la atención, pero de una forma enfermiza, sin palabras, solo observando, sin ese momento fatal para arremeter contra la persona en cuestión. Pienso en Dressed to kill (1980), justificando el acoso con una investigación policial cuestionable, o Following (1998), donde un escritor perseguía y espiaba personas para buscar inspiración. Si bien toda película, novela, canción o similar recurre a licencias poéticas para establecer sus personajes y narrativas, espectadores como mi versión adolescente quedamos expuestos a una deriva ética sin el acompañamiento adecuado.

Solo una vez sentí el vértigo de verme delatado mientras observaba desde la vereda del frente la ventana de una habitación que era el preámbulo matutino de una profesora de escuela. Mirando y descubriendo su propio cotidiano vespertino cometí el error de hacerme visible, de quedar fascinado por aquella corporalidad adulta, y exponer mi mirada frente a la suya extrañada por mi presencia pueril. Durante un tiempo quise convencerme de ver esta etapa como una exploración, pero conforme pasaban los años el sentimiento de culpa volvía a mí, a pesadillas donde me volvía el espiado, el perseguido por miradas extrañas y lapidarias. Cada etapa de nuestra vida está marcada por momentos que solo el tiempo nos ayuda a entender y reinterpretar a nuestra sensibilidad del presente. Crecemos en la luz pero también en los matices de la oscuridad que siempre es mucho más abundante y reiterativa.

Disclaimer: Este es un relato de no ficción que toma como referencias hechos de una etapa de mi desarrollo individual. No implica afectación real hacia terceras personas.

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