La Navidad menos navideña que viví fue aquella en la que, por primera vez en muchos años, el clima decidió darnos la espalda. Acá, en pleno verano, las Navidades suelen venir con calor, cielo despejado y esa brisa tibia que anuncia una noche tranquila al aire libre. Pero ese año… no. El 24 amaneció con un viento raro, pesado, casi eléctrico, como si el aire estuviera a punto de romperse. Y para la tarde, el cielo ya parecía una olla a presión lista para estallar. Esa noche el cielo estaba negro y cada tanto un relámpago iluminaba todo como si fuera mediodía.
Ya teníamos todo listo en el patio; la mesa, las luces, la música de fondo, y de golpe, una tormenta eléctrica empezaba a formarse justo cuando estábamos por sentarnos a la mesa. Tuvimos que desarmar todo y trasladarnos adentro. No había aire acondicionado, así que el calor se volvió insoportable y para colmo, un par de rayos hicieron que las luces titilaran como si estuvieran dudando de su propia existencia. El arbolito parecía un náufrago iluminándose a medias. Y ahí se vino todo abajo: se cortó la luz.
Sin electricidad no hubo ventiladores, ni horno eléctrico, ni luces navideñas. La heladera quedó muerta, así que empezamos a correr para rescatar lo que se pudiera antes de que se calentara todo. Y como si fuera poco, la tormenta eléctrica empeoró. Lluvia casi horizontal, ráfagas de viento que sacudían los árboles y un cielo que rugía sin parar. Era tan intenso que no se podía ni escuchar la música del celular.
Las calles estaban vacías, oscuras, casi como si fuera un apagón de película apocalíptica. Yo me quedé mirando por la ventana y pensé: “Bueno… esta definitivamente es la Navidad más aterradora de mi vida.” Porque odio las tormentas.
Pero aun así, seguimos adelante.
Comimos igual, aunque hubiese que levantar la voz para hablar entre los truenos. Cuando llegó la medianoche, algo cambió. La tormenta empezó a aflojar, y aunque seguía todo oscuro, mis familiares fueron saliendo al patio con velitas, linternas y un par de platos que habían sobrevivido al caos. Nos sentamos igual, todos amontonados alrededor de la mesa que había quedado afuera, iluminados apenas por un par de llamitas que temblaban con cada soplo de viento.
Brindamos igual, aunque el cielo rugiera como si estuviera enojado con el mundo, cantamos sin música y escuchamos historias que normalmente nadie cuenta cuando todo sale “según lo planeado”.
Y fue ahí cuando pensé en la escena del Grinch, esa en la que él espera que, al robarse todos los regalos, los habitantes de Villa Quién griten, lloren y entren en desesperación… pero no. Lo que escucha es un canto suave, una unión sincera, como si quisieran recordarle, y recordarnos, que la Navidad es mucho más que adornos, brillitos y cosas materiales.
Y esa noche, en mi casa, pasó algo parecido.
Sin luces, sin clima agradable, sin la mitad de las cosas que solemos dar por sentadas, mi familia se reunió igual alrededor de la mesa. Cantamos igual, reímos igual y hasta brindamos dos veces por si la primera no contaba. No hacía falta nada más.
Así me di cuenta de que tal vez fue, sí, la Navidad menos navideña… pero también una de las más reales.


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