
El corazón de los melancólicos es una mar surcada por carabelas incendiadas, capitaneadas por almirantes espectrales y esqueléticos. Constantemente bombardeados por ramos eléctricos que quiebran el pecho. No sabemos qué hacer con este corazón que bombea de día y de noche hastío a través de las arterias. Su enfermedad es la causante del agobio que tuesta nuestra voluntad de poder, paraliza nuestros músculos y chamusca nuestro sistema nervioso. La razón exclusiva por la cual carecemos de apetito intelectual, espiritual y emocional, a pesar de que nuestro estómago esté inmerso en una tempestad comparable en fuerza y violencia a la que acometió a los discípulos del Cristo Redentor cuando navegaban por el lago Tiberiades, cuyos vientos bravíos y olas de aspecto ciclópeo reprendió Jesús, ilustrada al óleo y con innegable maestría, por Jan Brueghel, en 1596.

El hambre que gritan las tripas no es el hambre que siente el espíritu: esa substancia que pende entre lo corpóreo y lo incorpóreo, que con total seguridad se derretiría en las manos si pudiéramos tocarla. ¿Quiénes son los más propensos a padecer de melancolía? Robert Burton, clérigo y erudito renacentista, en su libro Anatomía de la Melancolía:
Aquellos que tienen a la Luna, Saturno o Mercurio mal afectados en sus genituras; aquellos que viven en climas demasiado fríos o demasiado calientes; aquellos que nacen de padres melancólicos; quienes tienen corazón caliente, cerebro húmedo, hígado caliente y estómago frío; han pasado enfermos mucho tiempo; quienes tienen corazón caliente, cerebro húmedo, hígado caliente y estómago frío; han pasado enfermos mucho tiempo; quienes son solitarios por naturaleza, grandes estudiantes, dados a la mucha contemplación, llevan una vida sin acción son los más sujetos a la melancolía.
La desazón o la alteración de los sentidos, así como la sensación de apetencia o inapetencia son procesos derivados de los humores ácidos y negros que viajan por nuestra sangre a la velocidad de un glóbulo rojo o blanco. Humores que congelan las extremidades o las corroen soplándoles brasas que se inflaman al más mínimo contacto con el alcohol del ánimo.



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