El viento de la Pampa tiene una manera extraña de colarse en los sueños. A veces llega con olor a pasto recién regado; otras, como aquella tarde que marcó mi vida, trae el perfume marchito de las flores de cementerio y el polvo caliente de las calles de Santa Rosa.
Escribo esto de noche, lejos ya de esa ciudad, pero si cierro los ojos puedo volver a la reja de hierro del cementerio central, al cartel oxidado y torcido, al chirrido de las bisagras que mi abuelo empujaba todos los días como si estuviera abriendo la boca de una criatura dormida.
Mi abuelo era el cuidador del cementerio de Santa Rosa. Para la mayoría de la gente era un hombre reservado, de saludo breve y manos ásperas por la cal y el agua estancada en los floreros. Para mí, en cambio, era el guardián de un reino silencioso, alguien que caminaba con naturalidad donde otros bajaban la voz y apuraban el paso. Yo crecí entre cruces y bóvedas como otros crecen entre árboles y canchitas de fútbol.
A la salida de la escuela, los amigos del barrio me esperaban en la esquina de tierra, las mochilas tiradas en la vereda.
—¿Vamos a lo de tu abuelo? —preguntaba siempre el Rulo, con esa mezcla de desafío y miedo que solo tienen los chicos.
“Ir a lo de mi abuelo” significaba entrar al cementerio. Ahí, entre los cipreses enclenques y los pasillos numerados, jugábamos a ver quién se animaba a acercarse más a las tumbas antiguas, quién inventaba la historia más macabra sobre los rostros ovalados que nos miraban desde el mármol, atrapados detrás del vidrio.
Recuerdo esas fotos con una nitidez que me resulta casi obscena: hombres de traje oscuro y bigote engominado, mujeres con peinados rígidos, niños vestidos de marineros. Todas esas vidas detenidas en un gesto formal que el tiempo iba borrando con manchas blancas y grietas. Mis amigos se reían, golpeaban los vidrios con los nudillos, se apostaban a ver quién tocaba primero la tapa de un féretro a través de la ventanita de hierro.
Yo participaba de los juegos, pero no podía evitar sentir una incomodidad viscosa, como si los ojos de los retratos no fueran solo tinta, sino ventanas mínimas a algo que insistía en mirarnos desde un fondo muy profundo.
Aquel día —el día en que todo giró hacia la sombra— el cielo de Santa Rosa estaba lavado por un sol implacable. No había una nube, y el viento, en lugar de aliviar, traía un polvo caliente que se pegaba a la piel. Entramos corriendo al cementerio, pateando piedritas, desafiando la quietud.
Mi abuelo nos vio desde la oficina. Tenía el manojo de llaves colgando de la cintura, ese aro pesado que sonaba como una cadena cuando caminaba.
—No se vayan al sector viejo —advirtió, casi sin mirarnos—. Están reparando unas bóvedas. Es peligroso.
El sector viejo. Siempre el sector viejo. La prohibición era, para nosotros, más irresistible que cualquier invitación.
—Si no quisiera que fuéramos, no lo nombraría —sentenció el Gordo Maxi, dueño de una lógica impecable para la edad.
Atravesamos los pasillos nuevos, con sus placas brillantes y flores de plástico, hasta que el cemento dio paso a senderos de tierra y baldosas sueltas. Allí las cruces estaban algo torcidas, los nombres apenas se leían y las fechas se hundían en décadas que a nosotros nos sonaban irreales.
El aire cambió primero. Hacía frío, pese al sol. Un frío seco, que no venía del cielo sino de abajo, del suelo. Yo lo sentí trepar por los cordones de mis zapatillas hasta los tobillos.
La bóveda apareció entonces, entre dos cipreses raquíticos: una construcción baja, de piedra gris, con una puerta de hierro trabajada. Sobre el dintel, un apellido borroneado por el óxido; solo alcanzaba a distinguir la primera letra, una M solitaria. La puerta estaba entornada.
—Está abierta —susurró el Rulo, casi con respeto.
Nadie dijo “entremos”, pero todos dimos un paso adelante. Yo iba primero, quizá porque ellos suponían que el linaje de cuidador me daba algún derecho tácito sobre los muertos, o quizá porque algo en esa construcción me tiraba, como si una soga invisible estuviera atada a mi pecho.
Empujé la puerta. El chirrido se clavó en el aire calmo del mediodía, y tuve la impresión —ridícula, pero persistente— de que todo el cementerio contenía la respiración.
Adentro olía a polvo, cera derretida y agua vieja. El hilo de luz que entraba por la puerta dibujaba partículas en suspensión, girando lentamente como si obedecieran a un orden oculto. A los costados había nichos y placas, pero mis ojos no se quedaron en ellos. Fueron derecho al fondo, al pequeño altar de mármol claro que se levantaba contra la pared.
Sobre ese altar, rodeado de floreros vacíos, había un retrato ovalado.
Ella.
La recuerdo como si estuviera frente a mí ahora. Una mujer joven, quizá poco más de veinte años. El cabello largo y lacio, cayendo sobre los hombros, de un tono claro que la fotografía transformaba en una gama de grises suaves. Llevaba un vestido blanco sencillo, ceñido con una cinta en la cintura, que parecía irradiar luz propia incluso en aquella penumbra. El corte del vestido dejaba ver los brazos, finos pero firmes, y en la muñeca izquierda se adivinaba el círculo metálico de un reloj.
No sonreía del todo, pero tampoco estaba seria. La boca, algo grande, se curvaba apenas, como si estuviera a punto de decir algo que no llegaba a pronunciarse. Y los ojos… los ojos, libres de lentes oscuros, eran de un tono indescifrable que la foto no podía fijar pero que mi memoria tiñe de un gris verdoso, profundo y calmo. Miraban al frente, sí, pero también parecían mirar a través, hacia un punto donde yo estaba parado sin saberlo.
No era la solemnidad rígida de otros retratos. Era una presencia viva, demasiado viva para estar incrustada en una lápida.
Me acerqué sin respirar. Oí detrás de mí el murmullo nervioso de mis amigos.
—Che, parece una modelo —dijo uno, riéndose por lo bajo, para disimular el temblor en la voz.
Yo no escuchaba. Inclinado sobre el mármol, busqué el nombre bajo la foto. El bronce estaba corroído; las letras, comidas por manchas verdosas. Solo pude distinguir la fecha de muerte: un número borroso, “19–7”. El día y el mes, en cambio, destacaban con una claridad cruel.
Eran los mismos de mi fecha de nacimiento.
El mundo se contrajo. Durante un segundo absurdo, tuve la certeza de que ella había muerto exactamente el día en que yo nací, como si una balanza invisible necesitara equilibrar la entrada de una vida con la salida de otra. La idea me atravesó con la seguridad de un recuerdo, aunque era la primera vez que la pensaba.
La luz del mediodía se filtró un poco más por la puerta entreabierta, y el vidrio del retrato captó un reflejo. Por un instante, los ojos de la mujer brillaron como si hubieran recibido una lágrima fugaz. Sentí un cosquilleo detrás de la oreja, una vibración apenas audible, y en ese murmullo creí escuchar dos palabras, desgranadas en mi nombre:
—Llegaste… tarde.
Me di vuelta de golpe. El interior de la bóveda seguía vacío. Mis amigos se apretaban contra la pared, incómodos.
—Tu abuelo te está llamando, me parece —dijo el Gordo Maxi, con una risita forzada—. Dale, esto ya fue.
Seguí mirando un momento más el retrato. Algo en la expresión de la mujer había cambiado: la leve curva de la boca se inclinaba ahora hacia abajo, no en reproche, sino en una melancolía resignada, como si aceptara un destino que la excedía.
Salimos. La luz del sol me golpeó la cara como una bofetada caliente. El viento volvió a ser el de la Pampa, cargado de polvo y olor a jarilla, pero yo sentía que algo había quedado detrás, esperándome, paciente.
Mi abuelo nos esperaba a mitad del pasillo, de pie, el manojo de llaves inmóvil en la mano.
—¿De dónde vienen? —preguntó.
Mentí.
—De por ahí, nada más. No entramos en ningún lado.
Me sostuvo la mirada más de lo necesario. En sus ojos, cansados de enterrar gente, vi un reflejo que no supe entender entonces: miedo.
—El sector viejo no es para ustedes —dijo al fin, marcando cada palabra—. Ni ahora ni nunca.
No hay grito, accidente ni tragedia visible que marque el giro oscuro de mi vida. Fue algo más secreto: aquella tarde en el cementerio de Santa Rosa, mi deseo quedó anudado para siempre a la imagen de una mujer muerta, y yo tardé décadas en comprenderlo.
Crecí, dejé atrás el barrio, la escuela, incluso la ciudad. Me fui a estudiar a La Plata, la ciudad de las diagonales, y allí descubrí que las calles podían cruzarse con una lógica oblicua, como si alguien hubiera trazado líneas para atajar caminos invisibles. Tuve novias, amantes, compañeras de piso. Mujeres reales, con risas propias, manías, gestos cotidianos: el modo en que se tapan la boca al bostezar, cómo se recogen el pelo con una hebilla, la forma de mirar por la ventana cuando creen que nadie las ve.
Las quise, o al menos eso creí. Pero en todas buscaba algo que no podía nombrar. Un ángulo del rostro, la caída del cabello, la manera de sostener la mirada. Un destello que, cuando aparecía, duraba apenas un segundo y me devolvía, como un eco, al interior frío de aquella bóveda pampeana.
La entendí tarde: no estaba buscando una mujer. Estaba buscando a ella.
En La Plata se dice —sobre todo entre estudiantes que caminan de noche— que la diagonal 74 conecta la vida con la muerte. No hay pruebas, por supuesto; es uno de esos mitos urbanos que se sostienen en base a susurros y a una geometría caprichosa. La diagonal nace en el centro luminoso y va perdiéndose hacia la periferia, como una vena oblicua que sangra lentamente hacia la oscuridad del borde.
Una tarde de verano, muchos años después de aquella escena en el cementerio de Santa Rosa, iba caminando por la 74. El calor era espeso y el asfalto devolvía un resplandor blanquecino. Las hojas de los plátanos apenas se movían. Tenía la cabeza en otra parte, en cuentas por pagar y trámites pendientes, cuando vi, a unos metros, recortada contra la luz, una figura.
Una mujer.
Llevaba un vestido blanco, ligero, que se ajustaba a la cintura con un cordón y caía hasta las rodillas. El sol se reflejaba en la tela, haciéndola casi dolorosa de mirar. Tenía el cabello largo, castaño claro, suelto sobre los hombros, y un bolso negro colgado de un brazo. En la muñeca izquierda brillaba un reloj. Apoyaba una mano en la baranda de una escalera, con la naturalidad de quien domina por completo el espacio que ocupa.
Lo más perturbador, sin embargo, eran los lentes de sol: grandes, oscuros, cubriendo sus ojos como un vidrio ovalado.
Se rió de algo que alguien dijo fuera de mi campo de visión, y el gesto de su boca fue el mismo, exacto, que el del retrato: esa media sonrisa a punto de convertirse en palabra. Sentí que el corazón se me detenía y luego daba un salto brusco, como si intentara escapar por la garganta.
Me quedé quieto. El ruido de la calle se alejó; los autos, las voces, la música filtrada desde algún bar, todo se volvió un rumor lejano. Solo existían ella y la diagonal, esa línea oblicua que —decían— unía este lado con el otro.
Cuando empecé a caminar hacia ella, tuve la impresión de que la perspectiva se retorcía. Los metros se alargaban más de lo razonable, como si el espacio se estuviera defendiendo, doblándose sobre sí mismo. Di un paso, después otro, y cada uno parecía hundirse en un tiempo más espeso.
Ella giró apenas la cabeza, como si sintiera mi aproximación. No estoy seguro, pero juro que, detrás de los lentes negros, me miró. No con curiosidad, ni con sorpresa, sino con la serenidad de quien ha estado esperándome durante mucho, muchísimo tiempo.
—Perdón… —alcancé a decir.
En ese instante, un colectivo cruzó entre los dos, rugiendo, lleno de cuerpos apretados. El viento caliente que levantó me trajo un olor imposible en plena ciudad: la mezcla de flores rancias, tierra húmeda y mármol frío del cementerio de Santa Rosa.
Cuando el colectivo pasó, ella ya no estaba.
No la vi entrar a ningún comercio cercano, ni doblar en la esquina. Simplemente se había disuelto en el flujo de gente, como si nunca hubiera estado allí. Me quedé un rato, desorientado, bajo el sol, respirando ese perfume de tumba que poco a poco se fue diluyendo en olor a nafta, a pan recién horneado, a vida.
Volví a casa caminando por calles paralelas. Evité la diagonal 74 durante días, semanas, meses. Sabía que si volvía a verla, si la enfrentaba de cerca, las paredes que sostienen mi idea de realidad se astillarían de una vez, y no estaba seguro de qué habría del otro lado.
A veces pienso que la mujer del cementerio y la de la diagonal son la misma y, al mismo tiempo, ninguna: una forma que usa la muerte para acercarse, para tantear los bordes de mi cordura. Otras veces creo que la escena de La Plata fue solo un reflejo tardío, un espejismo montado por mi propio deseo enfermo, incapaz de encontrar paz entre los vivos.
Sea como sea, comprendí demasiado tarde lo que me había ocurrido.
Yo creía estar enamorado de mujeres concretas: compañeras de estudio, colegas, desconocidas en bares. Pero en el fondo, siempre, estaba buscándola a ella, a la del vestido blanco fijada para siempre detrás de un vidrio ovalado en el cementerio de Santa Rosa. La diagonal 74 solo vino a confirmarme que ese hilo que había nacido en la bóveda pampeana seguía vigente, tensando mi vida hacia un punto que la lógica no puede nombrar.
Ahora, cuando recuerdo su rostro —el de la foto, nítido en la penumbra; el de la calle, velado por lentes negros—, entiendo lo obvio, lo que cualquiera hubiera advertido antes que yo.
No fue una mujer a quien vi aquella tarde en el cementerio.
No fue una mujer la que se apoyó en la baranda de la diagonal 74.
Fue otra cosa.
Fue alguien —o algo— que usa la belleza y la familiaridad de un cuerpo para volverse soportable a nuestros ojos.
Nunca me di cuenta, hasta ahora, de que me había enamorado de la muerte.





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