La Navidad siempre fue mi época favorita. El olor a pino, el sonido de los villancicos, el abrazo familiar apretado en la cena... Mi nombre es Ana Iris Vera y, hasta hace unos años, mi calendario de diciembre se regía por la infalible tiranía de la tradición. Pero en 2023, la vida, o quizás el destino, decidió que yo necesitaba un reseteo total de espíritu. Aquella fue la Navidad menos navideña que he vivido. Y no porque fuera triste, sino porque fue... radicalmente distinta. Todo comenzó el 23 de diciembre, cuando mi jefe me llamó a las 7 de la noche. Necesitaban con urgencia que viajara a la Isla de Pascua (Rapa Nui) para supervisar un proyecto de conservación arqueológica que había tenido un imprevisto. Ana Iris, sé que es Navidad, pero eres la única que puede manejar esto. Tres días, y estarás de vuelta para Año Nuevo.
La noticia me golpeó como un copo de nieve helado. ¿Navidad en un avión y luego en el lugar más remoto del planeta, lejos de mi familia, de mi árbol y de mi famoso pavo asado?
El 24 de diciembre, a las 5 de la mañana, en lugar de estar envolviendo regalos, estaba en la fila de check-in del aeropuerto, con una mochila llena de ropa de verano y equipos de trabajo.
Llegué a Rapa Nui en la tarde del 24. El calor era húmedo, el aire olía a mar y a tierra volcánica, y el sol se ponía con una furia de colores que nunca había visto. No había nieve, ni abetos, ni luces parpadeantes. No había nada. Solo el pacífico infinito y el silencio imponente de los gigantes de piedra. El hotel era una cabaña sencilla. En lugar de encontrar un belén, encontré una canoa de pesca decorada con flores locales. Mi cena de Nochebuena no fue el banquete de 12 platos de mi abuela, sino un simple plato de atún fresco con batata, que compartí con el único otro huésped, un arqueólogo francés, y el dueño de la cabaña.
Recuerdo sentarme en la terraza esa noche. El cielo estaba tan oscuro que las estrellas parecían cristales pegados. Mientras mi familia en el hemisferio norte encendía velas para la cena, yo estaba a miles de kilómetros, escuchando el murmullo de las olas y el canto de algún pájaro nocturno. A la medianoche, en lugar de abrir regalos, fui al lugar más mágico de la isla: Ahu Tongariki. Me paré sola, frente a los quince imponentes Moáis alineados, cuyas siluetas apenas se distinguían contra la luna.
No había campanas, no había fuegos artificiales, no había "Feliz Navidad". Había solo una inmensa paz. Y en ese silencio, sentí algo que no había sentido en años de Navidades "perfectas": la oportunidad de simplemente ser. De conectar con el espíritu de algo mucho más grande y antiguo que cualquier tradición. Pasé el 25 de diciembre trabajando, con el sol sobre mi cabeza y la brisa salada. Mi "uniforme navideño" era una camiseta y shorts. Mi villancico era el sonido de la excavación y el mar. Cuando hablé con mi madre por videollamada, ella me mostró la mesa repleta y el árbol. Yo le mostré la vista: una planicie verde que terminaba en un acantilado de roca negra.
"Mamá," le dije con una sonrisa. “Nunca había tenido una Navidad donde lo único que tenía que envolver fuera mi propio cuerpo con protector solar. Es la menos navideña, pero quizás la más mía.”
Aquella Navidad, como Ana Iris Vera, aprendí que la magia no reside en el pino, el pavo o la nieve, sino en la pausa. En la capacidad de la vida para sorprenderte y sacarte de tu zona de confort. No hubo la calidez de un jersey de lana, pero sí el calor de un sol implacable que me recordó lo pequeña que soy, y lo vasto que es el mundo.
Fue la Navidad donde no necesité fingir alegría, porque la encontré en el descubrimiento. Fue una celebración en camiseta, sin regalos, y con la compañía de gigantes de piedra que miran al mar. La Navidad menos navideña de mi vida fue, paradójicamente, una de las que más atesoraré.



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