La mujer del baño del fondo 

Desde que tengo memoria, mi vida fue humilde.
Éramos mi mamá, mi hermana y yo. Tres mujeres solas, porque ni mi papá ni el papá de mi hermana jamás se hicieron cargo. Ellos simplemente se borraron. Y mi mamá, con su uniforme de enfermera y un cansancio que nunca admitía, hacía turnos rotativos para mantenernos: mañana, tarde, noche… siempre sola. Siempre batallando.

La casa donde vivíamos no era realmente una casa. Había sido un bar viejo, reformado como se pudo. Un lugar helado, con techos altos, tan altos que no tenia sentido, pero era nuestro hogar. Mi mamá mantenía todo impecable, pintaba y arreglaba todo. Pero lo impecable no alcanza cuando las paredes están cargadas de historias que no son tuyas.

El baño quedaba afuera, en el fondo del patio.
Ni puerta tenía.
Era un baño muy antiguo, con un excusado gastado, sin inodoro, sin ducha, sin agua caliente. Las paredes descascaradas parecían hechas de adobe y el piso frío,. Nos bañábamos en la cocina, con un balde y un fuentón, ya que ese baño viejo no tenia ni ducha. Cuando nos mudamos a esa casa yo tenia 3 años y mi hermana 12.

Fue ahí cuando al poco tiempo empezaron mis noches oscuras.

Las pesadillas siempre arrancaban igual:
juguetes que se apilaban y desarmaban a una velocidad imposible, como si el tiempo adentro de mi cabeza estuviera roto. Esa visión me llenaba de ansiedad. Siempre sabía lo que venía después, un tren que se iba, y yo corría pero no llegaba nunca. Era una sensación de perderlo todo.

Pero lo más aterrador no estaba en el sueño.
Estaba afuera.

Mi mamá contaba que yo me levantaba sonámbula. Que me paraba al lado de su cama, que me arrodillaba en el piso, que agitaba los brazos desesperada como haciendo una alabanza o un ritual. Pero yo, adentro de ese sueño, no escuchaba nada. No sentía nada externo. Solo tenía una certeza absoluta:

Tenía que ir al baño del fondo.

Ese baño antiguo, oscuro, húmedo. Ese baño sin puerta.
Porque una mujer me esperaba ahí.

Nunca la veía. Nunca la escuchaba. Pero sabía que estaba. Como un llamado que me atravesaba sin palabras. Una presencia vieja, anterior a mí, anterior a todo. Y yo, sonámbula, suplicaba ir hasta ella.

Mi mamá me sostenía fuerte para que no saliera al patio helado. Me decía que yo lloraba y le rogaba que me dejara ir “porque una mujer me estaba esperando en el baño”. Yo no recuerdo haber dicho eso jamás. En mi mente solo estaba la idea de que alguien me reclamaba desde esa oscuridad.

Esto pasó durante años.
Años y años de sueños que parecían absorbidos por la casa.
Años de sentir que ese lugar tenía algo que respiraba con nosotras.
Algo que no era nuestro.

Hasta que cumplí doce años.

Un día, por fin, nos mudamos a la casa nueva que mi mamá había logrado comprar después de décadas de trabajo. Un lugar grande, luminoso, con techo de madera a la altura normal, con baño adentro, con ducha, con puerta, con energía nueva.

Y una de las primeras noches ahí, tuve la misma pesadilla de siempre. Los juguetes. El tren. La ansiedad. Pero esta vez, cuando caminé hasta la puerta de la habitación de mi mamá y ella me preguntó qué pasaba…

Me desperté.
Sentí mi cuerpo.
Dije “Nada”.
Volví a mi cama.

Y nunca más volvió.
Ni la mujer.
Ni el baño del fondo.
Ni las noches que no eran mías.

Durante mucho tiempo pensé que estaba rota.
Hoy creo que lo que me perseguía no estaba en mí, sino en esa casa vieja, pobre, adaptada, cargada de historias ajenas. Algo que se quedó allí, esperando a otra niña vulnerable para hacerse notar.

Y a veces, cuando lo pienso, siento que no era un sueño.
Era una despedida.

Muchas gracias por leerme.

Danita Tifner

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