¿Tienes todo lo que necesitas?
Con esa interrogante titulé mi primer artículo en Peliplat. La usé para referenciar The Family Man (2000), la película donde Nicolas Cage es visitado por el espíritu de las navidades que pudieron ser. En ese momento me pareció una buena idea comenzar un texto con una pregunta ambivalente, temperamental, casi existencial. Hoy, un año después, puedo afirmar que esa misma pregunta es, en esencia, el corazón de todas las sitcoms (que yo he visto) un grupo de personas acompañándose mientras intentan descubrir qué necesitan de la vida.
Debo confesar que antes de este año nunca me había detenido realmente a mirar una sitcom. Había visto episodios sueltos, fragmentos perdidos entre la programación de la televisión, risas aisladas sin contexto. Pero el tiempo pasó, y hace un año comencé a explorar más allá de las películas y de las típicas series de streaming. Fue ahí cuando entendí que estas comedias no eran solo entretenimiento: eran espejos; razón suficiente para convertirse en un fenómeno que sigue marcando generaciones.

Friends
Desde mi perspectiva, Friends es el molde. La madre de las sitcoms modernas. La serie que enseñó que crecer no es un camino recto, sino una secuencia de errores, de decisiones torpes, de amores que no funcionan y de amistades que, a pesar de todo, permanecen. Friends habla del salto más difícil de todos: pasar de lo que creemos que somos a lo que realmente somos. De dejar de ser promesa para convertirnos en realidad. Y en ese proceso, las personas que nos rodean pueden impulsarnos… o también frenarnos. A través de sus personajes aprendí que crecer no significa tener todas las respuestas, sino aprender a convivir con las preguntas. Que uno puede cambiar de trabajo, de pareja, de sueños, sin dejar de ser esencialmente quien es. También aprendí algo importante: no todos los vínculos están destinados a durar para siempre, pero todos dejan algo en nosotros.

En Friends es fácil identificarse con cualquiera de sus personajes, ya sea por sus excentricidades a lo Phoebe Buffay, (mi personaje favorito de la serie) sus canciones bizzarras con mensajes subliminales turbios; su humor absurdo que supongo fue su manera de canalizar una infancia turbia; nos enseña a tomar el lado oscuro de la vida con un poco de humor. Por otro lado tampoco puedo evitar verme en la parte neurótica y perfeccionista de Mónica Geller. Un tema que puede parecer gracioso (hasta que no lo es) Estos personajes hablan del apego, de las despedidas, del miedo a quedarse atrás mientras los demás avanzan. Y también de esa certeza extraña de que, pase lo que pase, crecer duele menos si hay alguien esperando del otro lado del sillón.

The Office
Después llegó The Office. Y con ella, la caída definitiva al mundo adulto. Si Friends representa el momento de descubrir quién eres, The Office representa el instante en el que la vida te dice: ahora mantenlo, sostén la rutina. Es el primer trabajo, el día a día, el reloj que suena todos los días igual, las personas que no elegiste pero que aprendes a tolerar, querer… o padecer. Sí, quizás sea muy poco probable que dos personas consigan llegar a tener un vínculo tan mágico como el de Jim y Pam; pero se vale soñar y eso es lo que esta historia nos recuerda. En the office me quedo con el personaje de Pam: por su desarrollo tan humano, tan lleno de dudas, de pausas, de decisiones difíciles y de errores. Pam no es una heroína épica: es una mujer común intentando animarse a vivir la vida que quiere y no la que otros esperan de ella. Su crecimiento no es ruidoso, es interno.

Por supuesto, Michael Scott es casi el corazón de la serie. Su presencia lo invade todo, y su ausencia en las últimas temporadas se siente como un vacío imposible de ignorar. Pero cuando la historia avanza y llega el final, uno entiende que su partida era necesaria. Porque gracias a eso pudimos conocer mejor al resto del elenco, y descubrir que la serie sostiene una calidad enorme incluso sin su figura central.
The Office nos enseña así que, hasta los pilares deben soltarse para que otros puedan crecer. acá también nos encontramos con un personaje a lo Phoebe, sólo que versión un poco más actualizada, hombre, claro y sí, es Dwight Schrute cuya subtrama se va viendo en pequeños detalles, gestos y diálogos. La amistad que forma con Jim y Pam (especialmente) es, sin duda, una de mis favoritas. Casi inesperada, torpe, construida entre miradas incómodas y gestos mínimos que dicen más que cualquier declaración. Y todo esto sucede dentro de un formato que, en mi opinión, vuelve a The Office todavía más encantadora: el falso documental. Esa cámara que observa, que invade, que incomoda, que rompe la cuarta pared y convierte al espectador en testigo directo de lo ridículo, lo tierno y lo profundamente humano. The Office no solo muestra la adultez: la expone con humor, con vergüenza y con una honestidad que duele un poquito. De esta serie aprendí que la adultez no empieza con grandes decisiones, sino con pequeños sacrificios diarios. Que trabajar no siempre es cumplir sueños, pero muchas veces es construirlos de a poco, aunque al principio no se note. The Office me enseñó a tener paciencia con los demás, pero más que nada, conmigo misma, cuando la realidad no se parece a lo que imaginé.

The Big Bang Theory
Para cerrar este recorrido aparece The Big Bang Theory, que para mí tiene lo mejor de los dos mundos anteriores: el crecimiento de Friends y la estructura adulta de The Office. Es evolución, es identidad, es desarrollo, pero otra vez -y por sobre todo- es el círculo de personas que te rodea marcando quién eres y quién puedes llegar a ser. Una serie que, desde su propio título, anuncia su esencia: la evolución y la inevitabilidad del cambio. Porque si algo hace esta historia es demostrar que nadie permanece igual cuando se permite vincularse de verdad con aquello que amas. Uno de los lazos más hermosos de la serie es, sin duda, la amistad entre Penny y Sheldon. Dos mundos que no deberían encontrarse, pero que lo hacen de la manera más sincera. Penny, con su humanidad directa, su paciencia imperfecta y su afecto sin condiciones, se convierte en el primer gran puente emocional de Sheldon con el mundo real. Y él, sin saberlo al principio, aprende a querer desde un lugar nuevo, torpe, pero genuino. Lo que los une no es la lógica, es algo mucho más simple y poderoso: el reconocimiento del otro.
Con la llegada de Amy marca el punto más profundo en la humanización de Sheldon. No porque lo cambie, sino porque lo acompaña a comprenderse. A través de ella, Sheldon empieza a sentir sin que eso signifique dejar de ser quien es. Aprende a amar sin fórmulas, a dudar, a ceder, a cuidar. Amy no lo “corrige”: lo entiende, de hecho, parece más bien que lo estudiara (en el buen sentido. obvio). Y ese proceso es uno de los desarrollos emocionales más bellos de toda la serie. Quizás lo más valioso de The Big Bang Theory es la evolución tan satisfactoria de sus personajes. Cada uno a su manera, con tropiezos, con avances lentos, con momentos de estancamiento y de salto. No hay estancamiento disfrazado de comodidad: hay crecimiento real. Por eso su final se siente tan justo. No espectacular, sino redondo, y satisfactorio. Porque entendemos que los personajes no llegaron a un destino perfecto, sino a una versión más consciente de sí mismos. Y eso, al final, es la evolución más difícil de todas.
Esta serie me confirmó que ser distinto no es un defecto, es una identidad. Que no todos encajamos en el mismo molde, y que eso no nos hace menos valiosos. Aprendí que las relaciones se construyen incluso cuando no tenemos la mejor manera de comunicarnos, que el amor aparece donde menos se lo espera, y que la amistad también se aprende a construir con las personas menos pensadas.

Mi primer artículo en Peliplat no fue sobre una sitcom. Fue sobre una película navideña. The Family Man. Hoy lo leo y sé que no es mi mejor texto. Escribí sobre un hombre que creía tenerlo todo y descubre que no tenía nada de lo esencial. Escribí sobre decisiones, sobre versiones de uno mismo, sobre fantasmas de otras vidas posibles. En ese momento hablaba de Jack… pero en el fondo(quizás) hablaba de mí. Ese artículo nació de un desafío navideño, sí. Pero sin saberlo, también fue mi primer desafío personal como “escritora”: atreverme a publicar, a fallar, a aprender, a mostrarme…
Hoy, después de un año, lo miro con la misma ternura con la que se mira una foto vieja. No es perfecto. Pero existe. Y gracias a ese texto llegaron todos los que vinieron después. Al final, después de recorrer estas tres series, vuelvo inevitablemente a la misma pregunta con la que empecé hace un año: ¿tienes todo lo que necesitas? Hoy no sé si tengo todas las respuestas, pero sí sé algo con certeza: tengo historias, tengo libros, tengo una comunidad que lee, escribe, discute, y comparte cine. Y eso, para mí, ya es una forma de tenerlo todo. Quiero cerrar este primer año con un deseo simple pero profundo: que nunca se pierdan los textos auténticos, humanos, imperfectos y verdaderos. Que sigamos escribiendo desde el amor por el cine, pero también desde lo que nos duele, nos mueve y nos transforma. Feliz Navidad a toda la comunidad de Peliplat. Gracias por hacer de este espacio el lugar donde las historias todavía importan.
Nos seguimos leyendo.





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