“Una vez hubo pasadizos hacia el viejo mundo. Sendas extrañas, caminos ocultos. Al dar la vuelta en la esquina, te encontrabas, de pronto, cara a cara con el gran misterio: la raíz de todas las cosas. Y aunque ese viejo mundo ya no está, aunque fue enrollado como pergamino y guardado en algún sitio, todavía puede sentirse su eco.”
Extracto del inicio de ‘Train Dreams’
Hace poco más de una semana viví la experiencia de ver por primera vez y en persona a Paolo Sorrentino en una “masterclass” que dio para más de 600 personas en una de las salas del Teatro San Martín ubicado en Capital Federal, Argentina. Hice la fila bajo la lluvia junto a dos personas que promediaban los sesenta o sesenta y cinco años, hablamos de cine, de la filmografía de Paolo… de la vida. Una de las lecciones que más impresión generaron en mi por parte del enorme realizador italiano fue que “no existe cine si no hay emoción”. De cierta manera y a modo de referencia al título que me compete, todavía puedo sentir el eco de esas palabras y de ese presente que ahora, viven en mí como parte de un hermoso pasado.
Querido lector/a, si has llegado hasta acá, déjame decirte que este no es el típico top de películas favoritas de este año, sino más bien un viaje hacia la película de este 2025 que me cautivó por completo hace unos días y que se coló en mí para siempre. Ahora sí, sigamos.

No sé muy bien qué es lo que me va a deparar el futuro, pero sí puedo decir afirmar algunas cuestiones acerca del presente:
Crecimos, maduramos y nos embadurnamos el inconsciente junto a una específica cultura del trabajo. Una en donde uno se debe hacer amigos casi de manera obligatoria, en donde siempre tenemos que expresar conformidad porque así lo dictaminan las leyes imaginariamente impuestas que hay dentro de las bases de una llamada “buena” sociedad, en donde parece ser más importante cuanto nos “ponemos la camiseta” de una empresa que el sentarse a cenar con la familia al final del día y poder conectar con aquellos que amamos, y en donde los logros profesionales se celebran “genuinamente” con posteos sin sentido en las distintas redes sociales y no con una sonrisa mutua entre los pares. En sencillas palabras, el poder de la palabra como la conocíamos ha mutado y ha muerto.
Todo esto nunca existió para Robert Grainier. Un hombre que nunca supo prácticamente nada sobre su pasado pero que a fuerza de sacrificio, cientos de silencios prolongados y un enorme corazón, forjó un camino. Quizás no el más recordado, probablemente no el más inspirador, pero que existió. O que por lo menos existió como así lo afirma esta historia, que puede ser tan ficcional, como no. Porque muchas veces lo olvidamos, ¡y pucha que se me pianta un lagrimón… QUE EXISTIR ES YA DE POR SÍ UN ENORME PRIVILEGIO!
El protagonista de este poema audiovisual, narrado en tercera persona por un calmado y reflexivo Will Patton, nunca se dejó seducir por los lujos ni las excentricidades que hoy en día tomamos por costumbre, nunca tuvo un auto… ni tampoco vestía ropa de marca, vagó por esta tierra sin probar comidas de lo más “elaboradas”, y jamás conoció el océano… a pesar de tenerlo muy cerca. Conoció los horrores, los avances y las contradicciones propias de un mundo acelerado que a cada paso se transformaba… pero sí tuvo, aunque sea por unos años, lo más hermoso que se puede tener en esta vida: el compartir la existencia con las personas que amaba. Y lo repito: muchas veces lo olvidamos.

La adaptación de la novela ‘Train Dreams’ a cargo del cineasta estadounidense Clint Bentley llegó a mí como parte de una decisión poco elaborada, prácticamente una zambullida a lo desconocido. No tardé mucho en darme cuenta que, nuevamente sin elaborarlo o procesarlo siquiera, me había topado ante una excepcional pieza cinematográfica construida por, como lo menciona Patton, la raíz de todas las cosas, y que lamentablemente mereció haber sido vista en una pantalla grande. La premisa de este drama parte del viaje de Grainier -en medio de una convulsionada Estados Unidos a principios de siglo pasado- hacia lo desconocido, es decir, un paralelo a mi decisión casi involuntaria de establecer un vínculo con la obra. Y fue así que entonces, sucedió la magia. Fue en ese preciso ¡click! que me di cuenta, tal como lo planteó John Lennon hace cuarenta y cinco años, que la vida no es más que un presente al que muchas veces le escapamos.
¿Hace falta, siquiera, mencionarlo? Quizás no. Pero a estas alturas, específicamente para los ciudadanos adormecidos que entre el ruido del tráfico y la duda existencial de que vamos a comer todas las noches nos carcomemos las consecuencias inevitables del paso del tiempo en esta tierra, resulta de vital importancia. Vivimos conectados a la complejidad digital, al absurdo deseo de ser omnipresentes, voceros de una sola verdad manchada por otras miles de verdades, pero somos esto. Este momento.

Mi película favorita de este año (y con un pensamiento constante de que nada cambiará mi favoritismo a esta altura) se coló dentro mío en el momento indicado, como todo buen cine sabe. Actualmente me siento algo desganado, quizás producto de las energías que todos tenemos en esto de “celebrar” tantas cosas al final de año, a veces me pregunto demasiadas cosas, trato de resolver misterios de mi pasado, pero afortunadamente la balanza siempre termina en el medio. Y es gracias a este hermoso arte. Y en este caso, sí, gracias a ‘Train Dreams’. Hasta el momento en el que escribo estas palabras, ya la he visto tres veces y mi veredicto es siempre el mismo: las historias que parten de lo universal siempre terminan siendo las más poderosas.
Y no es una sorpresa. En el camino de Robert Grainier, fotografiado preciosamente por el director de fotografía Adolpho Veloso como si fuera uno más en algún lienzo del artista plástico Andrew Wyeth, caminando entre la relajante y envolvente soledad de la naturaleza, se interpondrán una abultada cantidad de situaciones que no tendrán ni necesitarán explicación alguna: vivirá lo casual de la violencia, será testigo de varios desenlaces trágicos, tendrá una aparición fantasmal que lo va a acechar a todo momento junto a unos “sueños de trenes”… y en su último aliento se convertirá uno más con la naturaleza que le rodea… como lo hacemos todos en el final.

¿Qué habrán dicho de Robert cuando él dejó de estar? Si es ficción o no, no interesa. Grainier “vivirá” dentro de esta pelicula a lo largo de un poco más de ochenta años dentro de un boscoso y hostil ambiente, pero dejará una huella imborrable: una mujer viuda lo recordará como una persona extremadamente amable, el dueño de una tienda de provisiones verá en el vacío de sus ojos un hueco que llenar, y probablemente para muchos con quienes se haya cruzado, su dejo de ser inocente perdido en la inmensidad de un mundo al que no entendía, sea el motivo por el que quieran ser mejores personas, o quizás, otro tipo de personas.
¿Quien sabe? Seguramente hubo, hay y habrá muchos Robert Grainier, porque una buena persona no conoce de espacios ni de épocas. Simplemente se acomoda dentro de aquello que le rodea y hace el bien. Nunca es demasiado tarde para empezar a experimentar el incomparable sabor de una vida sencilla.
POR JERÓNIMO CASCO
Publicado el 8 de DICIEMBRE del 2025, 15.00 PM | UTC-GMT -3
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