La Primera Intifada, iniciada en diciembre de 1987 tras el atropello de cuatro palestinos por un camión israelí en Gaza, marcó un punto de inflexión en la historia política palestina. El levantamiento tomó por sorpresa tanto a Israel como a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que había perdido capacidad de interlocución directa con la población bajo ocupación. Fue un estallido popular, transversal, descentralizado y profundamente democrático, que reveló la madurez política de una sociedad que había construido, desde la base, sus propias estructuras de resistencia. En este escenario, las mujeres desempeñaron un papel decisivo, aunque posteriormente invisibilizado o relegado por los discursos nacionalistas dominantes.
Es precisamente esta historia, vibrante y dolorosa, la que articula Naila and the Uprising (2017), el documental militante de la cineasta Julia Bacha, una referente del cine político contemporáneo y creadora de títulos como Control Room (2004), Budrus (2009) o My Neighbourhood (2012). A través de entrevistas, animación y material de archivo, Bacha reconstruye la participación femenina en la Intifada y la figura de Naila Ayesh, militante, sindicalista y feminista cuya biografía encarna, como pocas, la intersección entre resistencia nacional y lucha por la emancipación de las mujeres.
La organización de base antes y durante la Intifada: un espacio construido por mujeres
Desde principios de los años ochenta, en los territorios ocupados existían cuatro grandes comités de mujeres, vinculados a organizaciones políticas diversas. Su trabajo -visitas a familias de presos, cura de heridos, coordinación con la Cruz Roja, formación comunitaria, alfabetización y asistencia jurídica- se desarrollaba en paralelo a las estructuras dominadas por varones. Sin embargo, cuando estalló la Intifada, estos comités demostraron ser el movimiento de base más sólido en la Palestina ocupada.
Las mujeres no solo participaron en marchas, boicots y protestas; fueron también quienes sostuvieron la vida cotidiana en condiciones de ocupación, quienes crearon cooperativas agrícolas durante los boicots a productos israelíes, y quienes coordinaron los comités populares improvisados que florecieron en campamentos, pueblos y ciudades.
La investigadora Rita Giacaman lo sintetizó de manera precisa: durante la Intifada, las mujeres “extendieron su rol tradicional hasta abarcar a toda la comunidad”, transformando tareas asociadas al cuidado familiar en formas innovadoras de resistencia colectiva. Su protagonismo llevó, en diciembre de 1988, a la fundación del Alto Consejo de las Mujeres, que unificó a los cuatro comités para fortalecer el movimiento de mujeres como actor político autónomo.
No obstante, esta expansión de su participación no estuvo libre de tensiones. El liderazgo masculino de la OLP tendió a enmarcar el rol de las mujeres en términos maternales y simbólicos, describiéndolas como guardianas del hogar nacional, lo que borraba el carácter político y estratégico de sus acciones. Tal imaginario las situaba en un lugar de honor, pero también de contención.
A partir de 1988 surgió un fenómeno que marcaría profundamente la vida de las mujeres palestinas: el avance del movimiento islamista que promovió de manera insistente, y a menudo violenta, el uso obligatorio del hiyab en el espacio público. Lo que se presentó como un símbolo de compromiso con la Intifada operó, en la práctica, como un mecanismo de control del cuerpo femenino.
Como señaló Rema Hammami, si no había soldados a quienes arrojar piedras, las mujeres sin velo se convertían en objetivo. La campaña del hiyab se convirtió así en una disputa sobre la presencia femenina en la calle y sobre quién tenía autoridad para definir los límites de esa presencia. Tras un año de silencio, el Liderazgo Nacional Unificado (LNU) intentó frenar la escalada de violencia con un comunicado que condenaba el acoso y afirmaba la plena ciudadanía de las mujeres. Pero el daño simbólico ya estaba hecho: el avance islamista había abierto una brecha profunda en la vida social palestina, consolidando nuevas jerarquías patriarcales y relegando las demandas de las mujeres a un plano “secundario”.
Este contexto es fundamental para comprender la fuerza política del documental de Bacha, que recupera precisamente esa dimensión velada: la resistencia de las mujeres contra la ocupación, pero también contra las estructuras patriarcales internas que intentaron limitar su participación.
La historia de Naila Ayesh: biografía de una resistencia
Naila and the Uprising narra la vida de Naila Ayesh, quien encarna la doble militancia -nacional y feminista- de muchas mujeres palestinas. Su infancia en Ramala estuvo marcada por la violencia: siendo niña, vio cómo el ejército israelí demolía su casa. Más tarde, estudiar en Bulgaria le permitió adquirir una formación política que reforzó su compromiso con la lucha en Palestina. Allí conoció a Jamal, su compañero, con quien compartió militancia en el Frente Democrático.
Tras su regreso, la represión israelí cayó sobre ambos. En uno de los episodios más duros del film, Naila embarazada es detenida, encerrada en el exterior bajo lluvia y frío, y sometida a interrogatorios que terminan provocándole un aborto. La animación de Bacha evita el sensacionalismo, pero no el horror: la violencia obstétrica y carcelaria contra mujeres palestinas, aún hoy poco documentada, se convierte en un eje central del relato.
Liberada gracias a una campaña mediática, Naila enfrenta otro dilema cuando estalla la Intifada: embarazada nuevamente, debe decidir entre marcharse al exilio con Jamal o permanecer en Gaza para continuar la resistencia. Elige quedarse. Esta decisión no solo marca su propia vida, sino que la convierte en una figura clave del liderazgo femenino de la Intifada.
El documental muestra cómo, con miles de hombres deportados, asesinados o encarcelados, las mujeres asumieron funciones de dirección política y social:
- organizaron protestas y movilizaciones masivas,
- impulsaron boicots económicos,
- establecieron redes de abastecimiento comunitario,
- crearon cooperativas agrícolas,
- articularon comités que suplían funciones del Estado bajo ocupación.
Naila and the Uprising ilustra este proceso con imágenes de archivo inéditas y testimonios de activistas como Hanan Ashrawi, quien lideró la delegación palestina en la Conferencia de Madrid de 1991. Ashrawi reflexiona con claridad sobre la carga simbólica del hiyab en aquellos años: una “traducción” de la mujer como objeto sexual, propiedad del hombre y miembro secundario de la sociedad.
Una de las tesis políticas más fuertes del documental es que la firma de los Acuerdos de Oslo (1993) significó no solo el fracaso de una estrategia diplomática, sino también la traición del liderazgo masculino a las mujeres que habían sostenido el levantamiento.
Cuando Yasser Arafat regresó del exilio en 1994 con una nueva élite política exclusivamente masculina, se decretó implícitamente el fin del protagonismo femenino. Las mujeres que habían arriesgado sus vidas por la organización social y política del levantamiento fueron nuevamente empujadas a los márgenes del espacio público. En un gesto que simboliza el retroceso, muchas para entonces necesitaban un “tutor” masculino para obtener un pasaporte.
Así, Naila and the Uprising no solo recupera un capítulo esencial de la historia de la resistencia palestina, sino que denuncia la desmemoria patriarcal que siguió a Oslo y que borró, casi por completo, el liderazgo de mujeres como Naila, Zahira Kamal, Intissar al-Wazir y tantas otras.
El documental de Julia Bacha despliega un dispositivo formal que combina entrevistas, animación y archivo, lo que le permite narrar experiencias íntimas sin exponer cuerpos vulnerables. La animación, en particular, funciona como estrategia ética y estética para representar torturas, partos en prisión o escenas sin registro visual.
El film es también una intervención política sobre la memoria: al reinscribir a las mujeres en el corazón de la Intifada, disputa versiones oficiales que las relegaron a la maternidad simbólica o a la invisibilidad. Bacha construye lo que podríamos llamar una contrahistoria feminista de la Intifada, indispensable para comprender la complejidad de la resistencia palestina.
La historia de Naila Ayesh -y de las miles de mujeres que sostuvieron la Intifada- expone una paradoja constitutiva de los movimientos de liberación nacional: la emancipación femenina se considera, a menudo, un objetivo secundario, subsumido bajo la lucha contra el colonialismo. Sin embargo, como muestra el documental, sin el trabajo político, social y afecivo de estas mujeres, la Intifada no habría existido.



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