Navidad: "Evitando lo inevitable" 

Me llamo Soledad, aunque siempre sentí que el nombre me quedaba grande, como un abrigo heredado que arrastra historias ajenas y que nunca termina de acomodarse sobre los hombros. Recién graduada de azafata, con veintitrés años y un cansancio que no me correspondía, acepté todos los vuelos de diciembre que pude. No por ambición. Por fuga.
La Navidad duele menos cuando estás a diez mil metros del suelo.

Mi mamá me escribió temprano, el 24 a la mañana.
“¿Por qué no venís? Aunque sea pasá a tomar unos mates.”
Le respondí cualquier cosa: parte verdad, parte excusa, parte cobardía.
De mi papá no esperaba nada; en eso, al menos, había constancia.

El vuelo a Madrid salió casi vacío de risas. A mí me tocó recorrer el pasillo con una sonrisa entrenada, repitiendo una y otra vez:
“Happy holidays… felices fiestas… que tengas una hermosa Navidad, pase lo que pase.”
La frase se me desinflaba en la boca, como un globo que pierde aire despacito.
Los pasajeros la recibían de mil maneras: algunos lloraban en silencio, otros la dejaban caer sin registrarla, y otros me devolvían una sonrisa tenue, como si yo guardara la llave de una Nochebuena secreta escondida en algún rincón del avión.

Cuando aterrizamos en España, recién amanecía.
En Buenos Aires faltaban minutos para las doce.
En Madrid todavía era demasiado temprano. La Navidad estaba cerca… pero no había llegado.
Aquel mínimo desfase me estremeció: como si yo caminara siempre un paso atrás del mundo.

Tomé otro vuelo, esta vez hacia Tokio.
Otra vez los saludos, los deseos, los pasajeros con regalos envueltos a las apuradas, esas historias invisibles que se cruzan de asiento en asiento sin tocarse nunca.
Vi a un hombre aferrado a una cajita como si adentro estuviera guardada toda su vida.
Vi a una mujer abrazando un peluche mientras miraba por la ventanilla, esperando —quizás— que el cielo le respondiera algo.
Vi a dos hermanos discutir por un asiento y, minutos después, abrazarse cuando anunciamos turbulencia.

Yo repetía:
“Merry Christmas, have a safe flight.”
Y cada vez sonaba más ajeno.
Más falso.
Más lejano.

Aterrizamos en Tokio.
Allá faltaban horas para la Navidad.
En Buenos Aires, ya había pasado.
Mi mamá dejó de escribirme.
Su silencio pesó más que cualquier valija perdida en la bodega.

Otro vuelo.
Otra cultura.
Otra zona horaria.
Otra escena donde para todos la Navidad estaba por llegar, menos para mí.
Yo era la única atrapada en un limbo suspendido, donde el reloj se estiraba para obligarme a saludar fiestas que ya no sentía, que ya no me pertenecían, que se habían consumido sin mí.

Quise escapar de la Navidad…
y terminé viviendo una Navidad eterna.

Cuando finalmente tuve una escala larga —no recuerdo en qué ciudad, Hong Kong quizá, o tal vez Seúl; a esa altura da lo mismo— el aeropuerto brillaba artificial, como un árbol sin alma.
Caminé sin rumbo hasta que escuché voces, risas quebradas y una música que parecía sostenerse con hilos.
Era un bar de karaoke escondido en un subsuelo.
Luces rojas, humo denso, olor a fritura.
Un grupo de desconocidos cantaba villancicos en un idioma que no entendía.
Me ofrecieron un vaso con algo transparente. No pregunté qué era.

Miré la hora.
Ahí, en ese punto perdido del mapa, estaban por ser las doce.
Las verdaderas doce para ese lugar…
mis últimas doce para terminar esa persecución absurda.

Y entonces lo comprendí.
Yo había intentado huir de una fecha, de un recuerdo, de un padre ausente, de una mesa vacía…
pero lo único que había hecho era arrastrar la Navidad alrededor del mundo como una cadena.

Cuando el reloj marcó la medianoche, levanté el vaso.
Brindé con gente que no sabía mi nombre.
Canté una estrofa que no entendí.
Y por primera vez en muchos años, respiré sin sentir que debía estar en otro lado.

Esa fue mi Navidad menos Navidad.
La más rara. La más extranjera. La más rota.
Pero también la más sincera.

Porque por fin dejé de correr.
Y cuando dejé de correr…
la Navidad dejó de perseguirme!

Gracias por leerme!

Daniela Soledad Tifner

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