El mundo había terminado tres veces.
La primera, cuando las máquinas tomaron el control y sellaron el cielo.
La segunda, cuando la magia volvió a despertar en la Tierra.
Y la tercera, cuando los humanos, incapaces de obedecer a la naturaleza, trajeron de vuelta criaturas que debieron permanecer extintas.De esas tres ruinas nació Nova, una ciudad-parche hecha de acero, hechizos y colmillos, donde nada parecía pertenecer a nada, pero todo funcionaba… más o menos. Allí vivía Aiden Row, un ex–hacker que había descubierto, demasiado tarde, que tenía habilidades mágicas reprimidas. Como si fuera poco, trabajaba como guardia en el Terrario Central, un parque donde dragones, velociraptors y criaturas mágicas convivían detrás de campos de energía tan inestables como el gobierno que los mantenía.Aiden siempre decía que su vida era una mezcla absurda:un mago que no quería lanzar hechizos, un programador que no quería volver a la red, y un vigilante que temía a cualquier cosa con más dientes que criterio.Pero todo cambió una noche de tormenta, cuando un mensaje apareció en su vieja terminal, un aparato que él juraba haber desconectado hacía años:“Desperta… Aiden. El mundo está a punto de reiniciarse.”La firma era imposible:Morpheus.
Un nombre que no se pronunciaba desde la caída final de la Matriz.Aiden sintió un escalofrío. Intentó ignorarlo, pero el cielo se partió en dos. La energía del Terrario falló. Y desde las copas de los árboles artificiales, un rugido ancestral sacudió toda la estructura.Los velociraptors habían escapado.Pero ese era solo el primer síntoma del colapso
.I. El despertar del hechizo prohibido
Aiden corrió hacia las jaulas abiertas, su varita vibrando en el bolsillo como un animal queriendo huir. Él no quería usar magia, pero enfrentarse a tres velociraptors con una linterna no era sensato. Respiró hondo, apuntó tembloroso y murmuró:
“Protego Maxima.”
Una pared brillante surgió, deteniendo a las criaturas. Era un hechizo avanzado, demasiado avanzado para alguien que apenas había aprobado los encantamientos básicos en la escuela clandestina de magia. Pero no había tiempo para preguntarse por qué funcionó.
Entonces, un estruendo mayor sacudió el parque:
El dragón del Terrario, Astarion, liberado y furioso, había roto el domo superior.
Aiden tragó saliva.
—Esto es mala suerte. Mala magia. Y mala tecnología —gruñó mientras corría hacia la sala de control.
II. La anomalía definitiva
La encontró destruida. No por garras… sino por códigos.
En las pantallas se repetía una lluvia de símbolos verdes.
La Matriz estaba intentando reconstruirse, absorbiendo cualquier sistema conectado, mágico o no.
Allí, en medio del caos digital, una figura emergió de la pantalla como si atravesara una cortina de agua: un hombre vestido de negro, con gafas oscuras.
—Aiden Row —dijo Morpheus—. Eres una anomalía perfecta: magia, lógica y memoria genética. Por eso te elegimos.
—¿Elegirme para qué? —preguntó, aún con la varita en alto.
—Para evitar que el ciclo se repita. Si la Matriz se fusiona con la energía mágica y con los patrones biológicos del Terrario… este mundo dejará de ser real. Literalmente.
Aiden se rió nervioso.
—¿Y qué se supone que haga? ¿Hechizos contra dinosaurios digitales? ¿Apago y prendo el universo?
Morpheus sonrió de forma inquietantemente tranquila.
—Exacto.
III. El tiempo se rompe
El cielo tembló. El dragón Astarion voló sobre la ciudad, cubierto de fragmentos de código que se desprendían de sus alas como plumas luminosas. Cada rugido suyo hacía que edificios enteros parpadearan entre existir y no existir.
—Se está convirtiendo en un nodo —explicó Morpheus—. Si lo controlas, estabilizas el mundo. Si no…
No terminó la frase.
Aiden decidió que ya no tenía tiempo para tener miedo.
IV. La batalla del domo fracturado
Caminó hacia el centro del parque, donde el dragón se había posado sobre lo que quedaba del laboratorio biogenético. Alrededor, velociraptors distorsionados se movían con patrones imposibles, como glitchs vivientes.
Aiden levantó la varita. No sabía qué conjuro usar. Ninguno había sido diseñado para esto.
Así que creó uno.
—Reparo Universum.
Un hilo de luz azul salió disparado… directo al dragón.
Astarion rugió, no de dolor, sino de reconocimiento. Sus ojos se iluminaron. Por primera vez en mil años de mezclas genéticas y hechizos inestables… entendió su propósito.
Se acercó a Aiden. Lo tocó con el hocico.
Y por un segundo, Aiden vio todos los mundos superpuestos:
la Matriz, el mundo mágico, el pasado jurásico.
V. El reinicio
El dragón aleteó con fuerza y lanzó una llamarada que no quemaba, sino que restauraba. Las criaturas se normalizaron. Las pantallas apagaron su código corrupto. Las luces de Nova volvieron.
El mundo no estaba salvado del todo… pero no se había desintegrado.
Morpheus apareció a su lado.
—Has hecho más que evitar el fin. Has demostrado que los tres mundos pueden coexistir.
Aiden sonrió, exhausto.
—¿Y ahora qué hago?
—Lo que siempre debiste hacer —respondió Morpheus—. Ser el puente entre ellos.
Aiden miró a Astarion sobrevolando la ciudad, a los velociraptors reorganizándose pacíficamente, y a los hechizos aún brillando en su mano.
Por primera vez, en mucho tiempo, sintió que pertenecía a algún lugar.
O quizá… a todos.


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