¿En algún momento has experimentado la sensación de que tu conciencia se divide en dos espacios temporales dentro de un mismo contexto de la realidad?
SI esta pregunta no tiene sentido para ti, probablemente no has vivido esa experiencia, pero trataré de llevarte a ella (aunque sea remotamente) a través de esta historia.
Mi vida, por allá en el año 2022, corría normalmente, es decir, con problemas comunes relacionados con la economía, una separación sentimental y la soledad subyacente del momento; una hija de 8 años que alimentar y proteger, entre otras cosas. Sí, no era el mejor panorama (así lo pensaba), pero eran problemas que podríamos llamar “cotidianos”.
Luego del rompimiento con mi pareja, fui a vivir a casa de mi mamá. Éramos ella y yo, ya que mi papá hacía tiempo se separó de mi mamá y mi hermano trabajaba fuera del pueblo. En fin, todo discurría con normalidad en una vida estándar, común y corriente.
Todas las mañanas, al despertar, le preguntaba a mi mamá “cómo había dormido y cómo estaba”. Ella respondía “Bien…” en un tono característico, algo así como: “Biiiien”, alargando más la palabra y entrecerrando los ojos. Siempre pensé que algo no estaba tan bien en esa respuesta, pero siempre olvidaba ese pensamiento a los pocos segundos, pues los días transcurrían normales, como cualquier otro día.
Yo ya tenía poco más de un año viviendo con mi mamá. Muy poco entraba a su cuarto, que estaba al lado del mío. Me producía una sensación extraña que al día de hoy todavía no sé explicar. Sin embargo, podía escuchar su televisión y oír su voz al teléfono. Muchas veces me quedé dormido con estos sonidos.
Una mañana, le hice la pregunta acostumbrada, y fue una sorpresa cuando no recibí la misma respuesta de siempre: “Pasé la noche con la mano izquierda dormida”. Lo primero que se me ocurrió fue decirle que de pronto la tenía en una posición que hacía que eso ocurriera, o que probablemente fuera algún problema de circulación. Me miró, pero no dijo nada más.
A la mañana siguiente le hice la acostumbrada pregunta y me dio la acostumbrada respuesta: “Biiiien” y entrecerró los ojos. “Muy bien, todo normal”, dije dentro de mí.
Pero no todo estaba bien. Esa tarde le dolió la cabeza. Me dijo que fuera por café. Ya antes le daban dolores de cabeza y decía que el café los aliviaba. Dicho y hecho. Poco después le pregunté y me dijo que ya no había dolor. Esto se repitió por tres días seguidos.
Llegó el día: 21 de octubre de 2022.
—¿Cómo dormiste, cómo te sientes?
—Biiiien.
Esa mañana salí y ella también. Yo regresé a las 5:00 p.m.; ella aún no había regresado. Luego supe que visitó a unos amigos e hizo una docena de diligencias. La escuché llegar alrededor de las 8:00 p.m. Habló con alguien y le dijo: “Mañana te tengo una sorpresa”. No presté mucha atención. Yo estaba en mi cuarto y ella entró en el de ella. Según supe después, se disponía a ir a un cumpleaños al que la habían invitado. La oí hablar por teléfono y se ríe. Luego de un par de minutos escucho que me llama. Entro a su cuarto y la encuentro recostada en la cama con la mano en la cabeza.
—Pásame unas pastillas que están en la peinadora —me dice.
Cuando la vi, supe que algo no andaba bien y que era grave. Pero ese pensamiento contrastaba drásticamente con el día que mi mamá había tenido y con las risas que acababa de oír hace apenas un par de minutos. Y aquí comenzó el proceso de separación de conciencia: aquella que experimentaba los horrores que presencié a partir de ese momento, y aquella que me decía que nada de eso debía estar pasando y en esa realidad paralela siempre escuchaba la risa de mi madre.
A partir de allí todo sucedió muy rápido. Mi mamá tenía un montón de pastillas que ni sabía que usaba. Tomé la del color de la descripción sin saber qué era y se la pasé. Aquí empezaron las contradicciones: salí por el vaso de agua corriendo, luego me detuve y me dije: "¿por qué la urgencia, solo es un dolor de cabeza?". Traté de tranquilizarme un poco y avisé a mi abuela, que vive al lado de nuestra casa, de la manera más calmada posible: “Mi mamá tiene un dolor de cabeza muy fuerte, aquí le llevo un poco de agua para que tome una pastilla”. Mi abuela me quita el vaso y me rebasa. Sin embargo, llegó conmigo al cuarto de mi mamá. La imagen que vi, para mi desgracia, la cargaré a cuestas toda la vida: mi madre estaba acostada totalmente con los ojos hacia arriba, perdidos. Cuando mi abuela vio esto, empezó a esculcar entre el ropero de mi mamá. Yo estaba luchando con las dos consciencias. Una me decía: ella está bien. Y escuchaba las risas de mi mamá hace menos de 10 min. La otra me decía: corre, busca ayuda. No quise dejar de oír a ninguna de las dos: primero me hice con el agua y le suministré la pastilla que le arrebaté de la mano (por algo me la había pedido). Luego salí en busca de mis tíos que vivían al lado. Mientras ellos llegaban a casa de mi mamá, la conciencia que estaba alineada con los hechos me empujó a buscar a alguien que llevara a mi mamá al hospital. Es preciso mencionar que en este pueblo no hay 911 o ambulancias que uno pueda llamar. Tuve suerte y encontré a alguien que detuvo su carro para llevar a mi mamá al hospital. En ese momento me dije: “todo va a estar bien” y de nuevo escuché las risas de mi mamá hace unos 20 minutos. El carro se detuvo frente a la casa y cuando vi a mi mamá de nuevo, la sostenía mi primo por los pies y mi tío por las manos. Ese fue uno de los momentos de más contraste en la lucha de la "normalidad" con lo que mis ojos estaban viendo en ese momento.
Y me pregunté: ¿Qué fue de tu risa, mamá? Tiene que estar ahí, ¿cómo puede desaparecer y convertirse en lo que estoy viendo de un momento a otro?
Me subí al carro junto con ella y la esposa de mi tío. Recuerdo que mi primo me dijo: “Creo que convulsiona, métele los dedos en la boca para que no se muerda la lengua”. Eso hice, pero ella suavemente me los quitó y me dijo: “No es necesario”.
Era la primera vez que me hablaba desde que todo empezó. “Todo está bien de nuevo”, me dije. Pronto volveré a escuchar tu risa. Y la conciencia de la "normalidad" volvió a tomar el control... por muy poco tiempo. Desde que ingresamos en el hospital, mi mamá no pudo hablar más. Las conciencias se mecían de un lado a otro solo con observar los rostros de los médicos que la atendían cada vez que pasaban. Y sucedió: mi mamá tuvo un primer paro cardíaco.
Aquella risa de hace como una hora se iba alejando cada vez más.
Ella resistió, pero ya no estaba con nosotros. Fue tal el choque de esas dos conciencias, que desde ese momento desaparecieron. Entré en un estado neutro, como si ninguno de mis movimientos fuera controlado conscientemente. Decidí trasladar a mi madre a otro hospital lejos del pueblo porque ya ahí no podían hacer nada, no tenían recursos. Fue un error, ¿no lo sé? No pude viajar con ella; sin ambulancia, solo pude contratar a un carro y dos enfermeras se fueron con ella. Yo me fui solo en transporte público. Todos dudaban que llegaría con vida, pero lo hizo.
Al llegar no había enfermeros. Me encontré a mi mamá en una camilla fuera del hospital. Su mirada estaba tan perdida como su risa de hace unas 12 horas. Me armé de valor y yo mismo la cargué y la trasladé a un cuarto público donde habían más de 10 hospitalizados. Ella resistió ese día.
En la noche mi hermano llegó y se quedó con ella. Yo aproveché para descansar, ya tenía más de 24 horas sin dormir. Un poco más relajado, miro mi teléfono y abrí mis redes sociales, cuando, de pronto, esa conciencia de "normalidad" se asomó por última vez en mi vida, desde ese entonces desapareció. Para mí sorpresa, ese día de la tragedia, mi mamá me había mandado una solicitud de amistad por Facebook. Reviso la hora de la solicitud, quedé completamente helado: 8:15 p.m. Pocos minutos antes de que fuera impactada por un derrame cerebral. Pocos minutos antes de su última sonrisa.
Mi mamá falleció de un segundo paro cardiaco un mediodía del 23 de octubre de 2022. Desde ese entonces la conciencia de la "normalidad" no se ha hecho presente; se fue con esa última sonrisa. Ese sentimiento de neutralidad aún ronda mis pensamientos. Hay un automatismo enraizado en lo que hago. Por supuesto que hay alegrías, y aunque son alegrías pasajeras, son mucho más profundas, porque he aprendido a valorarlas.
Abraza a tus seres queridos, diles cuánto los quieres. En algún momento todos sonreiremos por última vez.




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