En octubre de 1946, pocos días después de finalizado el juicio, Robert Jackson, el Fiscal Jefe de los Estados Unidos para el procesamiento de los criminales de guerra nazis, envió un reporte al presidente Harry Truman, en el que sentenciaba: “Podemos afirmar, sin riesgo de equivocación, que un proceso semejante a este en magnitud nunca fue intentado”. Y enumeraba orgulloso: 218 días de audiencias a lo largo de 10 meses, 755 horas de debate registradas en 1912 discos de gramófono, 17.000 páginas de actas, 50.000.000 (sí, cincuenta millones) de hojas dactilografiadas, 100.000 documentos y 25.000 fotografías confiscadas a los alemanes de las que surgieron numerosas pruebas, millones y millones de metros de película también expropiadas a los vencidos...

Núremberg, ciudad emblemática en la que se habían desarrollado buena parte de los congresos del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán desde su asunción del poder en 1933, lugar en el que se aprobaron las famosas Leyes homónimas del 15 de setiembre de 1935, leyes de carácter racista y antisemita, no había sido un sitio elegido al azar. Se transformaría en un nuevo emblema: por primera vez en la historia, las autoridades más importantes de un Estado darían cuenta de sus crímenes frente a una corte de justicia internacional. Núremberg pasaría a ser instituyente en materia de derecho internacional.
En el verano boreal de 1945, en Londres, las principales fuerzas vencedoras de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la URSS, lograron dejar a un lado sus diferencias jurídicas y políticas en torno al juicio y comenzaron a trabajar en la Carta del tribunal. Incluso se abordaron los obstáculos lingüísticos: el proceso debería llevarse a cabo en los cuatro idiomas, se adoptaría el sistema de traducción simultánea, algo que estaba en proceso de nacimiento y que Núremberg bautizaría.
Jackson y su equipo habían comenzado a trabajar en darle forma a la codificación del derecho existente que permitiera este procedimiento judicial innovador desde mayo de 1945, apenas se conoció la noticia de que Hermann Göring, el segundo al mando del Reich después de Hitler, excomandante de la Luftwaffe -la fuerza aérea alemana-, se entregara a las fuerzas estadounidenses junto con su familia. Sucedió en Austria, el 7 de mayo de 1945, el día previo a que Alemania se rindiera definitivamente ante los Aliados.

Con ese suceso comienza el filme de James Vanderbilt (Norwalk, Connecticut, EE. UU., 1975), mientras un soldado norteamericano orina sobre una esvástica que yace al costado del camino por el que se acerca el automóvil que conduce al alto dirigente nazi, su esposa y su hija. James Vanderbilt que, además de director, es coproductor y guionista de esta Núremberg. El juicio del siglo, adaptando la novela histórica de Jack El-Hai El nazi y el psiquiatra (2013).
Es sobre este vínculo entre Herman Göring (Russell Crowe) y el psiquiatra estadounidense Douglas Kelley (Rami Malek) que Vanderbilt centrará su obra, alternándolo con los preparativos que el fiscal Jackson (Michael Shannon) lleva adelante a los efectos de dar inicio al proceso judicial y con la ejecución de este. Douglas Kelley, joven y ambicioso profesional, fue el médico militar enviado por el ejército de los Estados Unidos a los efectos de asegurarse que los detenidos se encontraran mentalmente sanos y preparados para enfrentar el juicio a producirse, intentando impedir, además, cualquier intento de suicidio que alterase el mensaje al mundo que se buscaba transmitir al enjuiciar a los más altos oficiales nazis sobrevivientes a través de la legalidad que ellos le habían negado a tantos millones de personas (aunque todos los participantes supieran que el final “pedagógico” que les esperaba era la horca, porque ni siquiera el honor militar de morir fusilados por un pelotón se les otorgaría). Douglas Kelley trabajó durante unos ocho meses con los líderes nazis, realizando entrevistas y aplicando una serie de técnicas psiquiátricas, fundamentalmente en el hotel de Luxemburgo, lugar en el que fueron recluidos. Allí forjaría un vínculo particular con el más alto rango capturado, el narcisista Herman Göring.
Douglas se propondrá aprovechar la oportunidad para trascender de alguna manera su corriente vida escribiendo un libro sobre estos prisioneros “especiales”. Intentar descubrir el rasgo psicológico propio que poseen y que los diferencia del resto de los mortales será uno de sus objetivos. Advertir, sin embargo, que todos somos capaces de esa “maldad”, que todos somos capaces de Göring, será una de sus principales y fundamentales conclusiones. Descubrir que muchos como ellos se encontraban entre nosotros, en cualquier lugar y cualquier época, no resultaría un hallazgo que lo tranquilizara. Todo lo contrario. Su obsesión con el reo y su involucramiento extra profesional incluso con su familia, le acarrearán no solo problemas laborales, con sus superiores, sino también personales.

Núremberg fue y es un monumento para la humanidad, una referencia para el derecho, para la justicia supranacional, para la Historia, para la Memoria, hasta para la paz, podríamos decir, aunque nunca en definitiva se lograra. Y en materia cinematográfica, más allá de disquisiciones ideológicas, políticas o estrictamente históricas, también presenta una referencia monumental: el Juicio en Núremberg de Stanley Kramer, de 1961, una producción estadounidense. Pues bien, Núremberg. El juicio del siglo no le hace honor ni al hecho en sí mismo, con toda su trascendencia, ni a su antecedente fílmico más importante, el único ineludible hasta el momento, más allá de otras realizaciones posteriores (por ejemplo, Núremberg, miniserie canadiense-estadounidense de dos episodios dirigida por Yves Simoneau, año 2000, o El juicio de Núremberg, filme de origen ruso-checo-británico-alemán, de 2023, dirigido por Nikolay Lebedev).
James Vanderbilt no logra crear ni un drama sólido, ni un melodrama convincente, ni un homenaje verosímil, ni una recreación histórica elocuente. Se queda a mitad de camino en todos los planos, ni hablemos del de la posteridad. Parece no encontrar el ritmo adecuado para su relato -quizá se podría decir que es algo cansino-; sus actuaciones parecen estar entre la imitación y la caricatura, no son convincentes emocionalmente; su banda sonora pasa desapercibida, no genera climas ni comenta el filme, ni siquiera como contrapunto; su fotografía es convencional al igual que su elección narrativa. Nada nos conmueve, nada nos deslumbra, nada nos aporta una reflexión aguda, apenas si entretiene. Esboza algunas críticas a diferentes aspectos del proceso y su montaje cual puesta en escena moralizante por parte de seres o países inmorales, al ser humano en su condición de mezquino, intenta apuntar algunos dardos a temas del momento -de este momento- en cuanto a peligros de determinados pensamientos de tipo fascistoide (al igual que cada libro de Historia, cada película “histórica” habla del presente, siempre), pero todo queda como un mero boceto, un mero intercambio dialéctico de tono pretencioso, una pincelada fugaz sobre la que no se vuelve, un flash de ocurrencia que no busca correr riesgos. Su pretensión parece ser la de llegar a todos los públicos, por lo que no arriesga en términos de complejidad discursiva ni en términos de complejidad artística. Por tanto, se pierde en formulismos y clichés.

Su momento de mayor fuerza dramática es el momento en el que se exhiben, en la corte, parte de los registros fílmicos obtenidos por los Aliados al momento de ingresar a los campos de concentración y exterminio nazis (Núremberg también fue inaugural en tal sentido; allí se presentaron públicamente las primeras imágenes, películas y fotografías, de lo atroz acontecido en esos campos), lo que indudablemente no requiere de demasiada creatividad para lograrse. Podríamos incluso cuestionar la necesidad hoy de esa exhibición pornográfica de la muerte y el sufrimiento -a la que Vanderbilt le dedica varios minutos-, a tantos años de los sucesos y con tantas imágenes alusivas acumuladas en nuestras retinas. Nada nuevo aportan. Hay quienes sostienen que ello no honra a las víctimas sino que las priva de la dignidad que merecerían y que les fue usurpada al momento de su asesinato.
A esas imágenes se suma el sensible relato -completamente forzado en términos de guion- de un sargento cercano al doctor Kelley (oficiaba de traductor en sus visitas a los detenidos) de su peripecia personal y la de su familia, que en ese momento descubriremos que era judía; relato que lo lleva a reclamarle que aporte todos los conocimientos que ha acumulado en tantas y tantas entrevistas sobre la psicología de Göring, para que el juicio pueda concluir de la mejor manera -aleccionadora- para su país de origen, Alemania, y para su país de adopción, Estados Unidos, y para que todas las víctimas encuentren en la justicia la paz que no tuvieron en su muerte. El sargento sostiene que el mal nazi sucedió porque todos se callaron o porque nadie habló a tiempo mientras sucedía lo atroz. Esto produce una honda mella en el psiquiatra, quien, a partir de ese momento, modificará una decisión tomada, lo que se tornará crucial para la dilucidación del proceso judicial. Cliché.
Hablando del presente, en definitiva, lo que más firmemente plantea Núremberg. El juicio del siglo, y en lo que parece hacer más hincapié, es en la reivindicación de la víctima judía y su sufrimiento. Es lo que aparenta interesarle más a Vanderbilt. En tiempos en los que las comunidades judías se están viendo afectadas por los crímenes que está perpetrando el Estado de Israel, Estado asociado inmediatamente a la pos Segunda Guerra Mundial, a la Alemania nazi y a la culpa Aliada por omisión y negligencia, Estado que a su vez vincula lo judío a lo estrictamente sionista, y sionista beligerante, buscando amalgamarlo sin medias tintas, matices o complejidades cuando esto claramente no es así, su decisión no resulta una decisión que podamos asumir como ingenua o casual.
Claro está, en 2025 también se cumplen 80 años de aquel proceso judicial sui géneris transformado en hito para la humanidad. Decida el lector si se trata de oportunismo u oportunidad.

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Ficha técnica
Título original:
EE. UU./Hungría, 2025, 148 min.
Dirección: James Vanderbilt
Producción: James Vanderbilt, Bradley J. Fischer, George Freeman, Cherilyn Hawrysh, Frank Smith, Benjamin Tappan, István Major, Richard Saperstein
Guion: James Vanderbilt
Fotografía: Dariusz Wolski
Música: Brian Tyler
Edición: Tom Eagles
Elenco: Michael Shannon (Justice Robert H. Jackson), Russell Crowe (Hermann Göring), Rami Malek (Douglas Kelley), Lydia Peckham (Lila McQuaide), Leo Woodall (sargento Howie Triest), Colin Hanks (Dr. Gustave Gilbert), John Slattery (coronel Burton Andrus), Richard E. Grant (Sir David Maxwell-Fyfe), Ben Miles (Travis), Lotte Verbeek (Emmy Göring), Wrenn Schmidt (Elsie Douglas), Mark O'Brien (coronel John Amen), Andreas Pietschmann (Rudolf Hess)




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