Siendo Navidad y fin de año, a veces se valoran más las cosas que no pasaron antes que las ocurridas. Principalmente, porque permiten pensar en las posibilidades de lo que no fue. En el cine ocurre con mucha frecuencia, me atrevería a decir que por cada película que vemos hay 10 que nunca veremos, porque no llegaron a finalizarse o no pasaron de ser una idea.
Si tuviera que pedir como regalo navideño ver concluida alguna de esas películas elegiría una de las más celebres, la película sobre Jesús de Nazareth que no pudo dirigir el cineasta danés Carl T. Dreyer. Tal vez es un placer cinéfilo demasiado exquisito, pero alguien como Dreyer merecería que se le cumpla su gran ambición de realizar la que hubiera sido su película definitiva.
Tomando como referencia el libro epistolar Letters About the Jesus Film (1989), compilación de las correspondencias entre Dreyer y Blevins Davis, productor estadounidense que entusiasmó al danés durante 16 años - desde 1949 hasta 1955 - pero cuya comunicación epistolar llenó de frustraciones y sinsabores al cineasta nórdico. Para Dreyer hacer cine era algo tan esencial como respirar y nunca resignó su visión del cine ante ningún condicionamiento comercial. Persona de mucha fe, que trasladó al cine como nadie su sensibilidad de creyente, sin caer en el panfleto ni el dogma, sino mostrando un lado filosófico, de paz pero también tortuoso en su contraste con el mundo real. Davis, en cambio, era un joven inexperto y oportunista hombre de negocios que aprovechó la fortuna de su anciana y fallecida esposa para vivir como dandy.
La ética personal y profesional de Dreyer le hizo obviar este detalle cuando decidió asociarse con Davis. A su confianza se sumó una primera financiación de la investigación para la película, ya que su intención ere filmar en Tierra Santa, en blanco y negro y en idioma arameo, todo un riesgo en pos de la mirada autoral del cineasta. Esto hubiera hecho que la película sobre Jesús dirigida por Dreyer antecediera a La Pasión de Cristo del Mel Gibson en el uso del idioma para una mayor autenticidad de las actuaciones. La mirada de Dreyer, además, mucho más reflexiva y filosófica hubiese brindado una experiencia sensorial y espiritual para el espectador. Sus búsquedas quizá prolongarían el casting para hallar al Cristo ideal, al Judas exacto y al Pilatos adecuado para representar una pasión fílmica nunca antes vista.
Sin embargo, Davis pasó del entusiasmo a la intermitencia y luego a la desaparición inexplicable. Las cartas de Dreyer no recibieron respuesta, y las pocas veces que llegaban, solo generaban más desazón o reanimaban las esperanzas de realizar esta obra maestra imposible. Incluso Dreyer llegó a ceder su visión artística, proponiendo cambiar la forma del rodaje, el idioma, incluso ir a Hollywood a filmar alguna película intermedia para demostrar su real interés con este proyecto ante futuros inversores.
En este tiempo de idas y vueltas Dreyer estrenó una de sus grandes obras, Ordet (1955). Ello, sin embargo, no redujo su interés por su película soñada. Incluso rechazó otras propuestas de productores italianos y suecos para producirla, ante su palabra empeñada a Davis. Tanta era la ética - o quizá su ingenuidad - en medio de una situación que lo sobrepasaba. La última carta de Davis está fechada en 1965, le pide a Dreyer empezar la producción desde cero, a cambio de 25 mil dólares. El danés cortó aquí toda comunicación, para velar más por su salud y una película que estaba filmando para evitar caer en el tedio. Al final, Dreyer nunca pudo avanzar con su película de Jesús, pero entregó en 1964 su obra final Gertrud (1964). Cuatro años más tarde, falleció dejando un legado grandioso y que trasciende su época.
Esta película maldita, impedida por la codicia de un oportunista, es mi deseo cinéfilo para esta navidad. Quizá el próximo año mi deseo cambie.




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