Reza por el Juglar. 

Tenía cinco años cuando me abrí la cabeza. Todavía me acuerdo del golpe: fue algo seco, un estallido que me dejó mudo, sin aire ni para llorar. Veinte años después, su voz al teléfono —"estuve con otro"— me rompió igual. Exactamente igual. El alma suena igual que un hueso rompiéndose contra el suelo, pensé.

Caminé para encontrarla en el metro. En la avenida vi ese camión que venía hecho un demonio y, te juro, no sentí miedo. Lo vi como a un amigo, como alguien que venía a darme el último abrazo de verdad. Pero mis pies tan desobedientes; dieron un paso atrás, quizás por pura inercia.

Terminé en el baño después de horas llorando, con esa luz amarilla que te hace ver enfermo, casi muerto. Entré con una navaja en la mano. Buscaba la carótida, quería abrirme el cuello para que saliera toda la infección que sentía por dentro, toda esa suciedad que no era mía. Cerré los ojos, apreté y jalé. Quería silenciar el dolor. Al abrir los ojos después de perder el conocimiento sentí un ardor ridículo en el dedo. No me había cortado el cuello, me había tajado el pulgar. Ahí, sobre el azulejo, goteaba lo que quedaba de mí: una mancha café, vieja, patética y coagulada. Pero fue ese dolor chiquito, que no le llegaba ni a los talones a mi tragedia, el que significó todo. El hombre que salió de ese baño ya no era yo. A ese otro tipo lo habían herido de muerte y yo, con la navaja, terminé el trabajo.

Con los días la tristeza se desvaneció y dio lugar a una especie de frialdad. La rabia no era estridente, se me quedó pegada como un zumbido eléctrico en la nuca, como una máquina que nunca se apaga. Ya no quería cuchillos, quería ver. Quería saberlo todo. Mi cara se volvió una máscara tensa, con los ojos clavados en la pantalla, como un francotirador. Aprender a romper sus contraseñas fue un trabajo de picapedrero, de estar ahí, dándole y dándole. Yo tenía algo que él no: una paciencia infinita. La computadora se volvió mi ojo, mi ventana al infierno y mi “palantir. El teclado era mi gatillo.

Al principio celebraba cada contraseña que rompía, pero con un miedo que me hacía morderme los labios. Pensaba: "Si alguien se entera, va a ver lo patético que soy". Y si lo piensan tienen razón. Pero la vergüenza se me quitó con el trabajo burocrático de acumular datos. Me volví un contador del rencor, un administrador de su ruina.

Ahí ya no hubo vuelta atrás. Este era el punto de no retorno. Si este era un vuelo en un avión hacia el abismo yo ya no me bajaría. Pero este no era un viaje, era solo una caída libre hacia adentro de mí mismo. Y en ese fondo oscuro me vi: como un juglar con dos caras. Una triste hacia afuera, para que me compadecieran; y otra sonriente por detrás, solo para mí. Entendí que la verdadera cárcel no es el dolor, sino la esperanza y la fe. Esas son las rejas que nos tienen esperando un final feliz que nunca llega.

Me reí de eso. Me reí en su cara. Decidí que si ese Dios o “aciago demiurgo” como le llama Emil Cioran —ese tipo indiferente que deja que pasen estas cosas— permitía semejante crimen, yo iba a copiar su frialdad y cinismo. Le dije: "Mira a tu hijo, ya aprendí tu truco". Ahí nació el Juglar. El mejor jugador de todos. Alguien que sabe mentir tan bien que ya no sabe qué es verdad. Mi venganza no iba a ser sangre, iba a ser la simulación perfecta. Decidí quedarme. Seguir ahí, a su lado, sin amor, pero con mucha técnica. Un juego en mi propio parque de diversiones.

Sabía que se me iba a notar la actuación, así que me inventé una regla, una entelequia necesaria para mantener la determinación:

El mejor mentiroso es el que se traga su propia mentira hasta que se vuelve real.

Me volví un fanático de mis propios inventos. Si le decía "te amo", obligaba a mi cuerpo a sentirlo. La abrazaba con un peso que parecía ternura de verdad. El café de las mañanas iba con una sonrisa genuina, fabricada en el momento por un hombre que se repetía: "Ya los perdoné, ya los perdoné". Lo repetía tanto que terminó pareciendo cierto.

Entonces un día la máscara se me empezó a pegar a la piel. La técnica empezó a ganarle a lo que yo era.

Quería ser su dios. El plan era perfecto, preciso, loco. No quería matarlo; la muerte es muy fácil, es un regalo. Quería reducirlo, dejarlo como un tronco vivo en un sótano donde nadie lo oyera. Y la genialidad —mi maldad burocrática— era que yo no sería su carcelero, sería su enfermero, su compañero de celda. Su amigo. Me inventaría un secuestro para los dos. Estaría ahí, dándole agua, dándole falsas esperanzas, susurrándole que los amigos están para las malas. Yo sería su infierno y su único salvador. Le daría a conocer la fe a través de mi caridad podrida. Convertiría su esperanza en un artificio. La esperanza sería el motor de su permanencia junto a mí, sí eso era la clave.

Para esconder esa maquinaria, necesitaba la fachada del Juglar: el marido modelo, el tipo comprensivo. Finge hasta que lo atrapes, me decía. Y actué. Dios sabe que actué. Cada beso y cada caricia eran solo estrategia para ganar tiempo. Mientras, aprendía a salvar vidas, a hacer cirugías con animales, a manejar el cuerpo. Ser químico me ayudaba. Sabía que para destruir a alguien primero hay que saber cómo mantenerlo vivo. Quería burlarme de Dios. Así aprendí a hacer lo increíble, suturar una relación muerta sin que nadie oliera la putrefacción.

Pero pasó algo que no calculé, algo que dio un giro a mi plan de años: de tanto actuar que era bueno, la bondad me infectó. Ella volvió a sonreír y, te lo digo con terror, yo sonreí con ella. Me besó y la besé con cariño de verdad.

Cada segundo que pasa me llena de vergüenza por lo que hice. Le di vida a un demonio. Y aquí estoy. Con todo lo que no merezco y agradezco. Tengo a mi mujer a quién amo, tengo paz, la panza llena. Pero también tengo ese plan guardado bajo siete llaves en mi cabeza. Me doy cuenta de que yo mismo fabriqué mi ruina al darle vida a ese monstruo. Mi castigo no es la traición ni el amante. Amo a esta mujer otra vez, la perdoné, pero vivo aterrado de lo que soy y vive en mí. Soy mi propia cárcel. Ellos solamente se equivocaron una vez, pero yo…

A veces, cuando ella duerme y todo está en silencio, siento como el Juglar me araña el cráneo por dentro. Quiere salir a jugar. Me recuerda que tenemos las herramientas, el conocimiento y el cuarto en el desierto. Siento esa adrenalina enferma, el poder de saber que, si yo quisiera, mañana mismo podría jalar la cadena y hacerlo mío. Tiemblo en la cama y la abrazo a ella con fuerza; no para protegerla del mundo, sino para protegerme de la bestia que llevo dentro. Esa bestia que respira cuando yo respiro. Ese parásito que me acompaña, imposible de exorcizar.

Ese otro yo que espera un descuido para volver mi vida feliz en una pesadilla.

Por eso, todos los días rezo por esta cárcel, que soy yo mismo. Dios, no dejes que pierda el norte. No dejes que olvide quién quiero ser. No me conviertas en un nihilista. Ten piedad de mí. Y tú... si terminaste de leer esto, por favor, reza por mí.

Reza para que el juglar nunca salga a divertirse.

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