Netflix podría comprar Warner, ¿es la plataforma de streaming el fin del cine? 

Aunque Netflix alcanzó la fama global en 2013, su historia comenzó mucho antes, específicamente en 1997. Sus fundadores, Reed Hastings y Marc Randolph, iniciaron el negocio como un servicio de alquiler de películas por correo, pero con el paso de los años, esa idea se transformó en la gigantesca plataforma de streaming que conocemos hoy, esa que produce contenido original y tiene presencia en casi todo el planeta —con excepción de unos pocos países como China y Corea del Norte—, consolidando un patrimonio que podría permitirle adquirir Warner. Esta noticia, de hecho, ha hecho que muchos cinéfilos se lleven las manos a la cabeza porque la mera idea de que una productora de tal calibre, que ha creado franquicias enteras y cintas billonarias, pase a manos de una plataforma de streaming tiene que ser una locura, ¿verdad? Bueno, no tanto.

Netflix, como muchas otras plataformas de streaming e incluso algunas productoras y distribuidoras de cine ha tomado decisiones buenas y malas. Sin embargo, actualmente, Netflix se encuentra en el centro de un intenso debate cultural: para algunos es el verdugo que amenaza con destruir la experiencia cinematográfica tradicional, mientras que para otros representa la evolución necesaria para rescatar el séptimo arte. En este escenario de transformación tecnológica, parece no haber espacio para los puntos medios: o Netflix es la salvación del cine, o es el inicio de su fin.

Barbie podría ser añadida al catálogo de Netflix

Netflix: ¿Villano o salvador?

La tensión entre el modelo de negocio de Netflix y la tradición cinematográfica estalló en el Festival de Cannes de 2017, cuando la plataforma logró colar dos cintas en la competencia oficial: The Meyerowitz Stories y Okja. Esta última, al ser una producción original destinada al streaming, provocó el rechazo inmediato de figuras como Pedro Almodóvar, quien cuestionó que una obra pudiera aspirar a la Palma de Oro sin pasar por las salas de cine. La hostilidad fue tal que el logo de la empresa fue recibido con abucheos, obligando al festival a modificar sus reglas: a partir de entonces, cualquier película en competencia debe garantizar su estreno en cines franceses, imponiendo una espera de tres años para su distribución digital, una medida diseñada específicamente para frenar el avance de gigantes como Netflix y Amazon. Y eso está bien.

Por otra parte, Netflix le ha abierto sus puertas a otros cineastas que, tras llamar a las grandes productoras, recibieron solo respuestas negativas. Un claro ejemplo es Martin Scorsese quien, a pesar de ser uno de los directores más aclamados del mundo, terminó produciendo El Irlandés con Netflix porque Paramount se negó a hacerlo tras el fracaso en taquilla de Silence. Un par de años más tarde, The Power of the Dog, aplaudida y laureada en Cannes, se exhibió al resto del mundo a través de la plataforma porque ninguna distribuidora quiso adquirir sus derechos.

Más allá de esto, esa postura despectiva hacia el formato televisivo parece ignorar la realidad actual, donde la calidad narrativa y técnica de series como El Juego del Calamar o Stranger Things supera a muchos éxitos de taquilla veraniegos. Resulta contradictorio que directores de renombre ataquen a una plataforma que, lejos de ser una amenaza ilegal, se ha convertido en una herramienta fundamental para combatir la piratería y fomentar el interés del público en contenidos diversos. En lugar de cerrarse al cambio, la industria debería reconocer que Netflix está revitalizando el consumo de historias en un mercado donde la audiencia parece acudir a las salas únicamente para ver grandes producciones de superhéroes. Y por esta razón, son ese mismo tipo de películas las que predominan en una enorme parte del mundo.

Netflix podría evolucionar

En la actualidad, Netflix cumple un rol democrático al permitir que audiencias de diversos países, incluidos mercados de América Latina como Venezuela y Panamá, accedan a títulos como Goodbye June, Train Dreams o House of Dynamite. Estas películas, al no ser grandes producciones comerciales o blockbusters, rara vez encuentran espacio en las salas de cine tradicionales. Al ofrecer visibilidad a estas pequeñas joyas que las grandes distribuidoras suelen ignorar, la plataforma no solo apoya al cine independiente, sino que ofrece una alternativa legal y accesible para un público que, de otro modo, probablemente sólo podría ver este contenido a través de la piratería.

Otro pilar fundamental de su catálogo es el género documental, un formato que históricamente ha sido considerado poco rentable frente a la ficción. No obstante, Netflix ha apostado por trabajos valientes y profundos como Chaos: The Manson Murders o The Perfect Neighbor, demostrando que existe una audiencia ávida de relatos significativos y bien contados.

Jay Kelly, una de las producciones originales de Netflix del año

Finalmente, el compromiso de la plataforma con el cine de autor se refleja en su disposición para financiar proyectos ambiciosos que otros estudios considerarían arriesgados. Ejemplos de esto son Jay Kelly de Noah Baumbach o Frankenstein de Guillermo del Toro. Estas producciones sugieren que el verdadero motor de Netflix no es simplemente la búsqueda de galardones, especialmente dadas sus tensas experiencias previas con los premios de la industria, sino el deseo genuino de dar luz verde a historias poderosas que, bajo el modelo tradicional, difícilmente llegarían a materializarse.

El catálogo de producciones originales de Netflix abarca desde el horror y la ciencia ficción hasta dramas bélicos, demostrando una disposición al riesgo que los grandes estudios parecen haber perdido. El caso de The Irishman es emblemático: mientras Paramount rechazó el proyecto de Martin Scorsese tras un fracaso previo en taquilla, Netflix decidió respaldar a uno de los cineastas más importantes de la historia, evidenciando que la plataforma valora el prestigio y la autoría por encima del miedo al fracaso financiero.

La crisis de originalidad en el cine tradicional queda expuesta al analizar las listas de recaudación. En los últimos años, el éxito comercial ha estado dominado casi exclusivamente por secuelas, reinicios y adaptaciones de cómics, dejando muy poco espacio para guiones inéditos. Películas como Oppenheimer o Barbie han sido raras excepciones en un mercado donde los estudios tradicionales, como Disney o Universal, prefieren apostar "a lo seguro" mediante el reciclaje de franquicias. Esta falta de audacia ha permitido que nuevas productoras como A24 o NEON, junto con las plataformas de streaming, se conviertan en los verdaderos hogares de la innovación y el reconocimiento en las temporadas de premios.

Tal vez esté siendo algo ingenua, pero la adquisición de Warner Bros. Discovery por parte de Netflix no es necesariamente una mala idea, ya que representaría una de las consolidaciones más potentes en la historia del entretenimiento, uniendo la infraestructura tecnológica líder de Netflix con el enirme catálogo histórico de Warner. Para el usuario, esto significaría tener en una sola plataforma franquicias de un valor incalculable como Harry Potter, el Universo DC y Game of Thrones, eliminando la fatiga de pagar múltiples suscripciones. Aunado a ello, Netflix podría aportar su probada eficiencia algorítmica y su alcance global para revitalizar marcas de Warner que han sufrido bajo gestiones financieras inestables, mientras que Warner le daría a Netflix la biblioteca de contenido "clásico" de la que actualmente carece para retener a sus suscriptores a largo plazo. En última instancia, podría ser la oportunidad ideal para que Netflix amplíe su paso por las salas no solo en Estados Unidos sino en el resto del mundo y así empiece a ofrecer lo mejor de dos mundos: películas en las salas de cine y películas en las salas de nuestros hogares.

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