Una película de terror de los años ochenta que es, sin duda, bastante curiosa, y, además, ¡latinoamericana! De alguna manera, es una cinta que está investida de un aura muy similar a Pesadilla en la calle de ELM, en tanto los elementos de lo oscuro y lo malvado se desenvuelven dentro de un sueño. Sólo que en esta película es un sueño inducido en varios adolescentes por tres científicos que están investigando los efectos de una droga.
Los mundos oníricos de los personajes se tornan grotescos e intestinales, a causa del desborde pasional al que conduce la juventud. En cierta medida, no se sabe qué es real y qué no lo es. La trama sabe jugar de manera impecable con este elemento alrededor de cuarenta minutos, hasta que la mano divina del guionista descorre el velo y comprendemos, sin muchos ambages, que estamos naufragando en un mar de sueños. Y, por ende, ¡que estamos atrapados!

En vez de arrebatar la tensión, la aumenta, porque nos hace partícipes del encierro cada vez más desolador, claustrofóbico y sofocante que se cierne cual garras de águila sobre las cabezas de los adolescentes.
No sabemos con certeza quién es el soñador de la pesadilla que ha arrastrado hacia el vórtice de su corazón endiablado a los demás protagonistas; podemos intuirlo, aunque no aseverarlo sin tropezar con varios interrogantes.
El erotismo atraviesa de polo a polo este largometraje de Horacio Maldonado y Gustavo Cova. Es, me atrevo a afirmarlo, la médula espinal. El cerebro. La piedra nodal sobre la que se fundamenta el film en su plenitud. Los cuerpos están hambrientos, al acecho, prontos a devorarse sin mediar palabra. Se buscan, se persiguen, se atraen… y, ¡qué bien sabe enfocar la cámara esta feroz dinámica de la juventud demente!

Por ejemplo, en las escena del baño en la gasolinera. El espectador se siente al borde del peligro, caminando sobre vidrios, casi, casi, a punto de asistir a una cena macabra en la que el plato principal podría ser la violación de una de las protagonistas. Basta que la cámara se centre en un espejo y en unas pupilas vertiendo su luz sobre este, para que el pacto ficcional se consolide. Y entonces nos encontremos caminando a tientas por un risco… por un camino estrecho y resbaladizo en los bordes nevados de las montañas de San Martín de los Andes o de San Carlos de Bariloche.
En efecto, a lo largo del metraje, los cuerpos enamorados se tronchan y punzan los unos a los otros como si cada dedo, cada beso, fuera un tenedor hundiéndose en la carne frágil, en los cuellos de fuego. Al mismo tiempo, durante toda la cinta cinematográfica no pude dejar de pensar que me hallaba inmerso en un campo de batalla sexual, puesto que, y esto no es delirio mío, los personajes parecen pavos reales mostrando las alas con la intención de hechizar al sexo opuesto.
Es verdad que la narrativa es lenta, que la temática tarda en cocinarse y, por lo tanto, en poseer aquel sabor peculiar de una buena película de terror, que hay inconsistencias e incoherencias que nuestra razón no puede obviar; sin embargo, también es cierto que las actuaciones son dignas de valorar, en tanto acarician nuestras retinas por un instante, para luego, en el momento más inesperado, desgarrarlas, hacerlas pedazos, o, peor aún, enrollar los nervios ópticos hasta convertirlos en un ovillo de hilo que nadie podrá desenredar.
He archivado esta película en mi gabinete de películas de terror de alta calidad por la extravagancia que plantea, por la indagación que hace de la perversidad de la mente humana, y por su gusto, no menos repugnante, de remover la tierra rebosante de gusanos y cucarachas que suele caracterizar los cementerios de la psique humana para construir en sus entrañas una modesta guarida.
En fin, estimada alma cinéfila, déjame preguntarte: ¿conocías esta película? ¿La viste ya? ¿Qué te pareció?



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