El año 2025 fue un año raro: difícil y fascinante. Nunca había vivido el cine argentino tanta violencia de parte del estado y, sin embargo, ir al cine en Argentina en 2025 fue una bendición. El año comenzó con la mejor noticia del año: el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, la Filmoteca Buenos Aires y el Malba se unieron para crear Más allá del olvido, la semana del cine recuperado de Buenos Aires. MADO volverá a suceder en unas semanas, a mediados de enero. La primera edición comenzó con una sala completamente llena para ver una película de John Ford que se pensaba perdida, La gota escarlata, de 1818, y un cortometraje recuperado de la base del monumento a Cristóbal Colón, que tenía escondido debajo una cápsula del tiempo con la película, varios diarios y fotos del momento de su construcción. En un texto publicado en La vida útil, Enrique Bellande descubrió que en la última película de la semana, Lucía, estaba escondida la primera: la película comienza con un grupo de turistas recorriendo el monumento a Cristóbal Colón sin saber que ahí, décadas atrás, se había escondido otra película.

Más allá del olvido creó un espacio de algo que era necesario en Buenos Aires. Una ciudad cinéfila, en la que la actividad cultural es el centro del tiempo libre de miles de personas, con muchísimas salas independientes en todos sus barrios manejadas mayormente con muy pocos recursos, necesitaba un espacio que se dedique a remapear la historia del cine desde sus bordes, pensando a la vez en qué trabajo de relato y re-relato se están haciendo en los otros países. MADO estableció vínculos con el trabajo que se está haciendo en la Cineteca de Chile, en distintas cinematecas de Brasil, en Catalunya, Euskadi, a la vez que el trabajo de archivo que están haciendo en distintas universidades del país como la Universidad Nacional del Litoral, el IDHAC de Avellaneda, el archivo Birri, el CEDINCI de Córdoba. MADO produce una unión entre la voluntad de ver películas de otro momento de la historia del cine per se (de la curiosidad por el pasado, por las formas del cine de otras épocas -clásico, los inicios de la modernidad, etc-) y algo que por lo general pasa desapercibido: el trabajo de las instituciones que no sólo trabajan para que esos objetos de la historia del cine no dejen de existir (reparando, restaurando y difundiendo) sino que organizan y deciden específicamente integrar a estas películas en lo que conocemos como la historia del cine, algo que crece constantemente hacia los costados. Dentro de MADO la mayor sorpresa fueron los programas de cortometrajes de las universidades, un trabajo que sigue realizando Fernando Martín Peña con las escuelas de cine más viejas del país. Mi película favorita fue Prima Lidia, del pintor Nicolás Rubió, una película que había quedado prácticamente sin estrenar y que es una rareza del cine argentino de los 60s que nos dejó esta frase increíble del guitarrista Eduardo Falú: si le gusta ya está sabiendo.
El BAFICI, el festival de cine de Buenos Aires, está hace varios años un poco de capa caída, pero siempre aparecen por ahí algunos descubrimientos y sorpresas, como fue el caso de las películas que trajo la Cineteca Chilena, entre ellas la hondureña No hay tierra sin dueño, de Sami Kafati, el primer largometraje de Honduras. También trajo una película contemporánea que es como una cápsula del tiempo del pasado, Tortuga persigue tortuga de Víctor González, un cineasta desconocido en el país, que había hecho su largometraje Ciudad de dios a principios de los 90 (y que fue expulsado del CERC, hoy ENERC con su película de graduación en los 80). Tortuga… recupera un material que Gonzalez filmó en los años 80 y que fueron dos grandes momentos de su vida, dos conflictos transformados en secuencias: un conflicto con sus compañeros de casa, que deciden echarlo, y una conversación con su ex-novia, la actriz Mabel Dai Chee Chang, protagonista de su primera película. La forma en la que el tiempo y la historia funcionan en ese material de los 80 montados hoy fueron uno de los momentos del año.

En abril sucedió en Córdoba la Semana Mundial de la Cinefilia, que es siempre un momento de descubrimientos colectivos maravilloso. Este año invitamos a cuatro cinéfilos con la consigna La calle y el palacio, en relación con el libro de Miguel Bonasso, para pensar en este momento de horror político y económico esa relación entre lo público y lo privado, lo plebeyo y lo regente. También hubo una pequeña retrospectiva de Luis Saslavsky a cargo del Museo del Cine y Filmoteca Buenos Aires, con su correspondiente aventura de llevar las latas de fílmico en auto por las rutas argentinas. El descubrimiento de toda la semana para mi fue Into the Picture Scroll: The Tale of Yamanaka Tokiwa, de Haneda Sumiko (2003), una cineasta japonesa de la cual había visto varias películas y, aún así, desconocía esta completamente. La película es muy simple: filma una pintura en rollos, una pintura narrativa que adapta un poema épico clásico japonés. La película filma fragmentariamente la pintura de los rollos mientras un músico interpreta la pieza musical que sale de este cantar de gesta. Es simplemente eso: pinturas y un trovador. Con esas dos cosas Haneda hace la película de acción más impresionante que vi en todo el 2025.

Antes de la semana de la cinefilia fue el Festival Internacional de Cine de Cosquín (la cosquinale para los amigos), un espacio que desde hace muchos años ya es un centro de pensamiento dedicado al cine contemporáneo, que este año comenzó con una nueva tradición: la deliberación pública del jurado. Tres personas conversando sobre las cinco películas que el festival (y su director de programación Roger Koza) habían decidido para pensar el cine del presente en 2025. Fue la conversación quizás más intensa de mi vida.
En agosto llegó el turno del Doc Buenos Aires, otro espacio que lidera Roger Koza y que tiene como centro al cine documental y sus relatos menos centrales. Este año el festival le dedicó una retrospectiva a la cineasta Daniela Seggiaro, una persona que ha hecho películas muy distintas, todas muy singulares, que forman parte muy importante del presente no sólo del cine nacional sino del pensamiento sobre qué significa y qué es Argentina como concepto. También fue un momento para pensar en la clase obrera con la última película de Ignacio Agüero, Cartas a mis padres muertos, y preguntarse en serio y en los detalles qué arcos hay entre el gobierno de la Unidad Popular, aquello que vino antes, el estallido de 2019 y eso que vino después. También de pensar en la ciencia argentina y sus instituciones con la gran película de Julián Galay, Las cruces.

El año cinéfilo cerró con dos eventos muy intensos, Fuera de Campo, el encuentro de cine argentino dedicado a protestar las políticas de vaciamiento del Instituto de Cine y el festival de cine de Mar del Plata. Este año el encuentro estuvo un poco más armado, con una convocatoria abierta que hizo que su programación fuese un poco más ecléctica y más federal. La sala estuvo llena casi todos los días, en casi todas las funciones. Es claro que la voluntad de ver y pensar en el presente del cine argentino es muy grande. Ojalá las políticas públicas fueran en función del deseo de la población, y no de la voluntad de que todo en la vida sea por, para y según el dinero. Ya para Breve Cielo, el ciclo de cine argentino moderno en el Cineclub Municipal Hugo del Carril, un ciclo en el que decenas de personas se juntaron a pensar el cine argentino de los 60 y 70, era claro que el 2025 fue un año tremendamente cinéfilo para un país que, aún en un momento en que la supervivencia es cada vez más dura en el país, la gente sigue pensando en el cine argentino del pasado, presente y futuro.




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