The Mastermind: Reformulando un subgénero 

Un padre de familia decide llevar a cabo un robo en un museo de arte. El plan es sencillo, el riesgo parece ser mínimo; ¿Qué podría salir mal? Kelly Reichardt se adentra de lleno en el territorio de las heist movies, género inusual teniendo en cuenta su filmografía, pero que termina resultando un gran acierto por parte de la cineasta estadounidense.

En la otoñal y abúlica Massachusetts de comienzos de la década de los setenta, James Blaine Mooney (Josh O'Connor) idea un plan maestro. Padre de familia y carpintero de profesión, aunque actualmente desempleado, Mooney le cuenta a dos amigos, con mucha soltura, lo fácil que resultará robar unas pinturas del museo de arte local. Habiendo comprobado lo sencillo que resulta gracias a la falta de cámaras y la ineficiencia del cuerpo de seguridad del museo, logra convencer a sus “secuaces” de llevar adelante el delito. Pero claro, no todo saldrá como lo esperado.

Inspirada en el robo de 1972 al museo Worcester en Massachusetts (en el cual se robaron obras de Gauguin, Picasso y Rembrandt), la directora estadounidense Kelly Reichardt se adentra en el mundo de las llamadas heist movies (o “películas de robos”), subgénero dentro del cine de crimen o policial. Pero esta inmersión en el género lo hace a su propia manera. Gran exponente del cine minimalista, muchas veces asociado con el slow cinema, en su nuevo film lo importante no es el robo en sí, si no el después; el impacto que aquella acción terminará teniendo en su protagonista y su círculo íntimo. The Mastermind no es una película de acción, con persecuciones a toda velocidad, grandes elencos o tropos de aquel estilo que uno esperaría encontrar en una película de robo. Para comprender Mente Maestra no hay que medirla con los parámetros de las películas de robo más cercanas a nuestros días, como lo puede ser la saga que comenzó con Ocean’s Eleven (2011, Dir. Steven Soderbergh) por poner un ejemplo. Mente Maestra nos retrotrae a la época dorada de las heist movies, una época en diversos distintos directores europeos tomaron la posta entre las décadas de los 50s y 70s. Y es con estos parámetros en mente con los que se tienen que ingresar a esta nueva película.

Reichardt logra traer e imprimir en su trabajo la quietud de aquellas recordadas películas de mediados del siglo XX aproximadamente. Títulos como Bob le flambeur (1956), Mélodie en sous-sol (1963), Rififi (1955), Le Cercle Rouge (1970) resuenan a la hora de abordar este nuevo film, las dos últimas en especial ya que ambas cuentan con tensas escenas de robo con mínima presencia de diálogos y/o música. A pesar de que en este tipo de momentos Reichardt también apuesta por el silencio, no es que se prive de contar con un rico soundtrack jazzístico para determinados momentos del film. Otra vez, volviendo a evocar las bandas de sonido que fueron muy populares en las películas de aquellas épocas. Imposible no pensar en las trompetas de Miles Davis, en películas como Ascensor para el cadalso (1958), en donde la música resulta ser un personaje más, por la entidad que se le otorga.

Pero el poder precisar tan fácilmente estas similitudes con aquel cine no significa que The Mastermind resulte un mero y frívolo intento de emulación de aquellos films. Reichardt se encarga de ir un paso más allá, ocupándose en principio de sus personajes, al darle una mayor entidad a la familia Mooney. Compuesta por papá J.B., mamá Terri (Alana Haim) y sus hijos, Carl y Tommy (Sterling Thompson y Jasper Thompson, respectivamente), los Mooney conforman a primera vista la típica familia de clase media estadounidense. Pero conforme avanza la película, comienzan a aparecer las grietas casi que imperceptibles de aquella unidad familiar.

La directora y guionista le da una caracterización mucho más humana a su personaje principal, que se vuelve más accesible que los protagonistas europeos de antaño. Si los protagonistas de aquellas heist movies europeas (francesas en especial) eran recordados por su compostura fría ante el peligro y por tener una actitud de no me importa nada, bien en el lado contrario podemos ubicar a J.B. Mooney. La actuación de Josh O’Connor (The Crown, Challengers) nada tiene que ver con la actitud indiferente y cool de Alain Delon, por poner como ejemplo a un actor que participó en múltiples películas de este género. Si los personajes de Delon pueden afirmar, sin que se les mueva un pelo, que todo está bajo control aunque no sea verdad, el personaje de O’Connor simplemente ni disimularlo puede, haciendo todos los malabares posibles para pretender que todo esta saliendo acorde al plan, cuando no es así. Hay cierto patetismo funcionando, que O’Connor saca a relucir en este papel. Su J.B. Mooney es un protagonista que podría decirse que es adorablemente patético, incluso entrañable. ¿Esto quiere decir que una actuación es mejor que la otra? Para nada. Cada actuación responde a lo que el realizador quiere transmitir en su film. Y tanto Delon en el pasado como O’Connor en el presente hacen un extraordinario trabajo a la hora de interpretar a sus respectivos ladrones. O’Connor incluso ya había interpretado a un ladrón de arte en la película italiana La Chimera (2023), dirigida por Alice Rohrwacher, y su personaje nada tiene que ver con el entrañable J.B., dando cuenta así de un notable registro actoral (basta ver una película alejada del mundo del arte como lo es Challengers, de Luca Guadagnino, para entender por qué O’Connor es uno de los actores más interesantes para seguirle la pista en la actualidad)

Si volvemos a pensar en las heist movies como las mencionadas anteriormente (sepan perdonar la insistencia con las mismas, pero es al fin y al cabo una película que debe pensarse con esos códigos de género en mente), la mayoría de los protagonistas franceses suelen pertenecer al mundo del crimen desde el principio. Son hombres que entran y salen de la cárcel y que continuamente recaen en ese mundo, pero la época en la que se encuentran no les afecta. Se podría decir que se encuentran más afectados por los espacios, por esa latente posibilidad de volver a la cárcel o de encontrarle la vuelta al espacio que planean robar. En cambio, el problema de J.B. Mooney es encontrarse en la época en la que le tocó vivir. Es en esencia un padre de familia desencantado con su tiempo. Este plan (maestro, según él) viene a representar la creencia de que puede cambiar su vida, de que hay algún tipo de cambio posible.

El desencantamiento con esa época donde todo parece fracasar, no aparece solamente en la vida privada del personaje si no que también en la sociedad que lo rodea (recordar que la película está ambientada a comienzos de los 70s, por lo que hay que pensar en eventos como la invasión a Camboya, los últimos años de la guerra de Vietnam y todo lo que significó para los Estados Unidos su participación en este conflicto), como Reichardt deja entrever por detrás de la acción principal, ya sea a través de fragmentos televisivos o la esporádica aparición de algunos extras con pancartas. Estamos ante una sociedad paralizada, donde no solo los grandes acontecimientos parecieran resbalar (al menos para la mayor parte de la comunidad), si no que los proyectos personales (aunque el mismo sea un robo) parecen destinados a fracasar, conduciendo al punto de partida en el mejor de los casos. Esta sensación no solo se encuentra apañada por el trabajo actoral si no que también desde la fotografía misma. Los colores otoñalmente cálidos pero apagados al mismo tiempo, no brillantes, ayudan a transmitir esa sensación de una sociedad sedada y pasiva.

Un poco más esperanzador resulta pensar el personaje de Terri, la esposa de J.B., interpretada por la artista Alana Haim (Licorice Pizza, One Battle After Another). A pesar de no contar con tantas apariciones a lo largo del film, las mismas son contundentes. Una madre que trabaja y que no se doblega ante su marido, que prioriza su trabajo (a pesar de no ser una activista, su personaje encaja con la lucha feminista que se gesta en aquella época) Además de ser portadora de una deliciosa ambigüedad; ¿acaso estuvo al tanto de lo que planeaba su marido? En ese sentido, se le puede criticar a la película el desaprovechamiento de Haim, cuyo personaje hacia la mitad de la película comienza a desvanecerse.

Tal vez quienes entren esperando una heist movie de pura cepa se sientan un poco desilusionados con el resultado final. Pero hay que preguntarse, después de todo, si hacer una película de género pura era siquiera el objetivo de Reichardt. O si más bien su meta era otra, como el hacer uso de un subgénero cinematográfico específico para relatarnos lo subyacente a una clásica familia de clase media y el contexto en el cual les tocó vivir. En ese sentido, Kelly Reichardt sale victoriosa, al no solo lograr invocar una época específica a través de aquel subgénero muy propio del momento en que ancla su película, si no que al mismo tiempo, no sacrifica su estilo personal y los problemas que le interesan explorar. Esta combinación termina dando como resultado una más que interesante película, además de un sublime retrato de época (y que, si se mira lo suficientemente cerca, resulta muy aplicable a la hora de pensar nuestra actualidad).


Información técnica

Título: Mente Maestra

Título original: The Mastermind

Guion y Dirección: Kelly Reichardt.

Elenco: Josh O’Connor, Alana Haim, Hope Davis, John Magaro, Gaby Hoffmann, Bill Camp.

Fotografía: Christopher Blauvelt.

Edición: Kelly Reichardt.

Música: Rob Mazurek.

Duración: 110 minutos (1h 50min)

País: Estados Unidos.

Fecha de estreno: 16 de Octubre de 2025 (Argentina)

Compañías productoras: Filmscience, Mubi.

Distribución: Maco Cine, Mubi.

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