Cosas NO tan extrañas 

Aterrizar casi siempre es forzoso.

“Todo concluye al fin, nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina”, dice una popular canción argentina. Lo dice casi con resignación, sin dramatismo, como quien ya pasó por eso varias veces y sabe que pelearse contra el final no sirve. Las cosas se acaban. Incluso las que parecían inagotables como la infancia y la juventud.

Con las historias pasa algo curioso. No importa si son novelas, películas, series larguísimas o anécdotas contadas en una mesa entre copas. Casi nunca conclueyn del todo bien. Llegan rengas. O apuradas. O estiradas de más. Es algo difícil de explicar, como si el relato hubiese llegado a destino pero se hubiera bajado una parada antes… o dos después.

Me estará agarrando el final del año y sueno más pesimista que de costumbre. Lo siento mucho. No quiero amargarles nada de nada, y afortunadamente sé que tampoco tengo semejante potestad. Yo soy de hecho un amante de las anécdotas. Me encanta que, aunque imperfectas o narradas por alguien que no tiene el don de contar, lo haga con detalle. Hay gente que sí está lejísimos de tener una capacidad narrativa y que pareciera haberse criado en un sótano, pero incluso en los peores escenarios, el detalle puede ser el rescate. Tiende a ser el acelere el peor de los caminos, y sin dudas la sensación de los tres actos es fundamental. Si se acelera el comienzo o su desenlace, y si la aventura carece de riquezas, probablemente la sensación de quienes escuchemos sea precoz. Entonces, no creo que la imperfección de la narrativa en cualquiera de sus versiones sea un problema fatal ni un motivo de tristeza. Simplemente creo que es un arte bellísimo, incomparable, y por naturaleza complejo. Pero no voy tampoco a adentrarme demasiado en este tema aunque le dedicaría hojas y hojas. No porque sea un erudito, sino porque me apasiona pensarlo y discutirlo.

Me acuerdo que en la universidad algún profesor nos dijo que los espectadores se acuerdan más que nada de los finales. El trayecto puede haber sido turbulento y pésimo, pero un excelente final, si bien no nos rescatará de la tragedia, puede salvar nuestra emoción final del odio. Un final perfecto puede salvar un inicio frágil. Pero esa carta es tan superpoderosa como difícil. Los motivos son variados.

Mientras la historia avanza todo es posible. El final, en cambio, clausura. Decide. Y cuando decide, inevitablemente deja a alguien afuera. Al espectador que quería otra cosa, al lector que había deducido determinada conclusión. Entonces sí o sí el final dejará a una porción de sus testigos afuera e inconformes. Hay que admitirlo y aceptarlo. Todos, ya que somos todos potencialmente contadores de anécdotas. Ahora, hay maneras de defender con actitud todo lo recorrido hasta entonces. Y no quiero pecar de armar recetas incomprobables, pero sí quiero jugar a deslizar algunas verdades.

Hay que ser honestos con lo construido. Los giros son valiosos, pero nunca deben traicionar el recorrido. Ante todo, no hay mayor gesto artístico que la honestidad.

Voy a segmentar estas hipótesis hacia el caso específico en cuestión. Todo se vuelve todavía más delicado cuando la historia creció más de lo previsto. Cuando empezó casi como un experimento, como algo pequeño, y de repente se volvió parte de la vida de mucha gente. Y más aún, si la historia marcó al mundo entero y de ella se espera tanto. Cuando los personajes envejecieron delante nuestro, cuando el relato fue tejiendo capas y capas con elegancia. Cuando lleva, por ejemplo, diez años de vida. Cuando se ha vuelto uno de los hitos de la historia de las series. Ahí el final ya no es solo un final: es una rendición de cuentas al mundo entero.

No sé si esta nota será espléndida ni mucho menos, ni si será formalmente una crítica. No sé que será. No voy a hablar de toda la serie, sino especificamente de su parte más fácil de señalar y juzgar. Yo, fanático de esta serie que nació el mismo año que con mi novia nos pusimos en pareja, que nos acompaña hasta el día de hoy en el que se habrá de estrenar su último capítulo, debo sentenciar lo siguiente: la última temporada de Stranger Things es su única temporada realmente mala.

No soy igualmente como muchos que detractores que se quedan con los tropezones de los finales. De Lost me acuerdo lo feliz que me hizo durante tantas temporadas. De Game of Thrones toda la adrenalina que me hizo vivir y las discusiones acaloradas con otros. No me importan lo mal que aterrizaron. Pero por supuesto que puedo darme el lujo no acalorado de decir qué es lo que no me gusto.

En lo último que habré de detenerme en el universo de las generalizaciones, es en la afirmación de que creo que puede contar con los dedos de la mano las series que llegaron con laureles hasta el final. Llegar bien hasta el final en una serie es una tarea apoteótica, gloriosa, casi imposible.

Stranger Things está terminando con errores concretos, graves, y con algunos aciertos espléndidos de su propia naturaleza y de sus geniales creadores (Matt Duffer y Ross Duffer). No dejan de hacerme feliz aún con sus errores, pero este espacio me lo regalo para expresar aquello que no.

La producción y el marketing de plataforma, fuese cual fuese el responsable, cometió el error de espaciar así sus temporadas. Eso mismo incluso pareciera haberse vuelto una enfermedad mortal que se contagió a otras series que han sido sí verdaderamente arruinadas. En el caso de Stranger Things, sus intérpretes han crecido demasiado atravesando la adolescencia y poniendo en riesgo el verosímil del relato. No tanto con los antes adolescentes y ahora adultos, que a su vez han conformado un elenco elegante y actoralmente perfecto (incluso con una Winona Ryder que supera sus fallas actorales con encanto). Por el mismo motivo, quienes comenzaron niños y niñas, terminaron hoy adultos. Niños y niñas que pusieron en jaque el sueño de pertenecer a algo como ésto, se han vuelto personalidades que no deben poder ni siquiera caminar por la calle, que han llenado sus bolsillos de por vida, y que a lo largo de estos diez años deben haber descubierto si verdaderamente desean ser actores y actrices. Que incluso pueden haber encontrado una respuesta a la mitad del recorrido, positiva o hasta negativa, y deben haber llegado hasta el final porque el contrato ya estaba firmado. Del grupo de los antes niños, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin, Priah Ferguson y Noah Schnapp demostraron siempre y demuestran con creces ser verdaderos amantes de la profesión e intérpretes a gusto. Intérpretes con un futuro único. Sadie Sink se incorporó a la segunda temporada con dudas, y se volvió una actriz capaz y prometedora. Por otro lado, Finn Wolfhard temporada a temporada ha dejado de evolucionar y alcanzó apenas a aprobar el examen y ser a lo sumo justo para sus escenas. Un actor util. Pero Millie Bobby Brown

La actriz que nos conquistó con su ternura cuando niña, se volvió una modelo de cera que dudo que quiera ser intérprete. Si así es, y lejos de juzgarla por sus redes sociales y su comportamiento público, no puede ser tan holgazana como profesional. Ya sea por las decisiones que toma a la hora de actuar, como por lo que le pide a sus inquietudes como artista, a forjar su gusto actoral que al fin y al cabo decide qué es lo que ella considera bueno y acertado, o malo e incorrecto. Si ya había sido agotadora en la espectacular temporada anterior llorando en absolutamente todas (todas) las escenas, aquí hace peligrar todo lo que toca. No suda al servicio de la épica de las escenas que le toca interpretar ni acompañar, tiene una sola expresión deducida por una literalidad infantil de la psicología de su personaje, ni suda por amor al trabajo impresionante que hacen varios de sus compañeros en las escenas. Primero la belleza, y después la actuación. En una temporada donde los autores juegan al límite con textos telenoveleros y por momentos algo extensos y explícitos, así como le llega a los personajes la prueba de fuego contra Vecna, a sus intérpretes les toca la prueba final como intérpretes. Todos, incluso Wolfhard con falta de herramientas u holgazanería, pasa desapercibido. Pero Brown arruina sus escenas. Y me atrevo a decir ésto porque ya es adulta, y si bien jamás leerá este texto, creo que es importante por su bien que se pregunte si quiere ser actriz o tan solo influencer.

Así como Brown también eligió lo estético por sobre lo artístico con los retoques que se hizo tan de joven en la cara, Netflix también enchastró la belleza de todas las temporadas tomando sus típicas decisiones en esta última. Por primera vez torcieron las manos mágicas de los hermanos Duffer y su equipo de realizadores, consiguieron que se vean los maquillajes de los rostros de todos los personajes, y que primen los obvios televisivos planos y contraplanos como en todos sus contenidos.

Stranger Things termina exactamente cuando tiene que terminar para no hacer colisionar un viaje tan pero tan bello. Hoy, en vísperas de esperar el último capítulo, rezo porque igualmente se sienta eterno. Que dure 4 horas y sea una fiesta. Sea como sea, con algunas rabietas inevitables, yo sé que seré feliz de acompañar a todo Hawkins y este conmovedor grupo de amigos hacia el final de su aventura. A ustedes, con una mano en el alma, infinitas y eternas gracias. Aunque nunca me vayan a leer. Ésta es una despedida.

Chesi

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.