Cuando la realidad supera al guion de una comedia absurda 

Hay un tipo de silencio que no se encuentra en las películas de terror ni en los dramas de funerales. Es un silencio espeso, casi sólido, que ocurre cuando alguien dice algo tan profundamente carente de lógica que el cerebro de los presentes simplemente se reinicia. Es el silencio del "error 404". En el cine, este recurso es la base de personajes icónicos como Derek Zoolander o la inolvidable Elle Woods, pero cuando te sucede en la vida real, te das cuenta de que la estupidez no es solo la ausencia de inteligencia, sino una forma de arte involuntaria.

En este Desafío de Escritura de Peliplat, se nos pide relatar el encuentro con "la persona más tonta". Pero tras años de ver cine, he aprendido que lo "tonto" es un espejo. A veces, la persona que calificamos así es solo alguien que opera en una frecuencia de radio que nadie más sintoniza. Sin embargo, hay momentos donde la frecuencia simplemente... desaparece.

Sucedió un martes de agosto. El aire acondicionado de la oficina había muerto y el ambiente tenía ese olor a café recalentado y desesperación. Éramos cinco personas alrededor de una mesa de cristal, intentando solucionar un problema técnico con un servidor externo. Entre nosotros estaba "Mauricio" (nombre cambiado para proteger al inocente), un consultor cuya principal habilidad era asentir con mucha seguridad mientras no entendía absolutamente nada.

El técnico, un hombre que parecía haber dormido tres horas en los últimos tres días, explicó: "El problema es físico, el cable de fibra óptica que viene de la calle se rompió por la construcción de al lado. No hay señal de entrada".

Hubo un asentimiento general. Era lógico. Si el cable se rompe, no hay datos. Excepto para Mauricio.

Él se acomodó la corbata, miró el router apagado con una mezcla de compasión y sabiduría, y soltó la frase que detuvo el tiempo:

— “¿Y no podemos simplemente poner un embudo en el extremo roto del cable para que el WiFi que anda flotando en la calle caiga dentro y llegue hasta aquí?”.

En ese instante, la oficina se convirtió en una película de Wes Anderson. Si hubiera habido una cámara, habría hecho un zoom lento hacia la cara de Mauricio, quien mantenía una sonrisa de "acabo de salvar a la empresa", y luego un corte rápido a nuestras expresiones petrificadas.

El silencio que siguió no duró segundos, duró una era geológica. Podías oír el zumbido de una mosca chocando contra el vidrio, el segundero del reloj de pared golpeando como un martillo y, sobre todo, el sonido del técnico procesando si aquello era una broma pesada o un síntoma de un colapso mental.

Nadie supo cómo reaccionar. No había un guion para esto. En el cine, cuando un personaje dice algo así, suele haber un punchline o una risa grabada. Aquí, la realidad nos dejó huérfanos de palabras. Miré a mi compañera de al lado; ella simplemente dejó caer su bolígrafo. El sonido del plástico golpeando la alfombra fue el único veredicto. Mauricio seguía allí, esperando que buscáramos un embudo en la cocina.

Esta situación me hizo reflexionar sobre cómo el cine retrata la ignorancia. A menudo usamos el término "tonto" de forma peyorativa, pero personajes como los de Idiocracy (Idiocracia) de Mike Judge, o el mismísimo Forrest Gump, nos enseñan que la estupidez es contextual.

En Idiocracy, el protagonista es el hombre más inteligente del mundo simplemente porque el resto de la humanidad ha descendido a un nivel de absurdo donde intentan regar las plantas con bebidas energéticas "porque tienen electrolitos". Mi encuentro con Mauricio fue mi propio momento Idiocracy. Él no era una mala persona, simplemente vivía en un mundo donde el WiFi era un líquido que se podía recoger con un embudo de cocina.

Lo que hace que estos personajes funcionen en el cine es su convicción. Elle Woods en Legally Blonde es tratada como una tonta por su apariencia y sus intereses, pero su "tontería" es en realidad una forma distinta de ver el mundo que termina siendo más efectiva que la lógica fría de Harvard. En cambio, el "tonto auténtico" —el Mauricio de la vida real— es aquel que carece de la duda socrática. Es la seguridad absoluta en lo imposible lo que crea ese vacío existencial en quienes lo rodean.

Esa tarde, después de que el técnico finalmente carraspeara y dijera: "No, Mauricio, el WiFi no funciona como el agua de lluvia", algo cambió en mi forma de observar a la gente.

Empecé a valorar el silencio no como una falta de comunicación, sino como un mecanismo de defensa ante el absurdo. El cine nos ha enseñado que el diálogo es poder, pero aquel silencio en la oficina me enseñó que, a veces, no responder es la única forma de mantener la cordura.

He vuelto a ver comedias absurdas desde entonces, y ya no me parecen tan exageradas. Ahora entiendo que guionistas como los hermanos Coen o Greta Gerwig no inventan situaciones; simplemente tienen la paciencia de observar a los "Mauricios" del mundo y esperar a que el silencio hable por sí solo.

La persona más tonta que conocí no fue alguien que no supiera matemáticas o historia; fue alguien que logró, con una sola frase, suspender las leyes de la física y la lógica en una habitación llena de adultos.

Ese momento fue mi "escena eliminada" favorita de la vida real. Me enseñó que el ambiente, los gestos y las miradas de desconcierto cuentan mucho más que cualquier explicación técnica. Al final, todos somos el "tonto" en la película de alguien más, pero pocos logramos la hazaña de detener el mundo con la propuesta de un embudo y un cable roto. Y eso, a su manera, tiene una belleza cinematográfica innegable.

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