Cada enero aparece un gesto que conocemos y esperamos. Una consigna, un hashtag, una invitación a empezar. Hablemos de cine. Y uno podría creer que se trata de una excusa amable para recomendar películas, para enumerar escenas, para decir “esta me cambió la vida” con esa alegría adolescente de los descubrimientos. Pero no. Un desafío de escritura se parece mucho a una pequeña plaza pública. Un fogón. Un ensayo general de lo que somos cuando alguien nos pide que digamos algo que importe.
Porque en el fondo, cuando una plataforma nos convoca, no nos convoca solo a escribir. En el fondo, todos los sabemos, nos convoca a elegir qué clase de persona vamos a ser durante el rato que dura el texto.
Algunos, los vas a reconocer enseguida, se sientan a escribir como quien abre una oportunidad. No porque estén seguros, sino porque están vivos. Escriben con torpeza, con manchas, con el pecho en los dedos. Tienen miedo de sonar ingenuos, pero aun así se arriesgan. Van a buscar en el cine una escena que les haya dado un lenguaje para atravesar el mundo. Ese instante exacto en que un personaje decide seguir; el plano donde la luz cae como si fuera una segunda oportunidad; el corte abrupto que nos recuerda que la vida no avisa. Esos textos tienen una rara virtud. No están hechos para la competencia; conversan. Y aunque nadie les deje un “me gusta”, quedan en el cuerpo como queda una canción escuchada en la adolescencia.
Otros se sientan de otra manera. Miran la página blanca como si fuera un tablero. Para ellos el desafío no es escribir: es posicionarse. No buscan un nuevo comienzo. Buscan un buen desempeño. Hablan de cine como quien habla de un producto; escriben como quien hace un informe, como quien arma una campaña. Si pudieran, pondrían gráficos: “esto funciona”, “esto engancha”, “esto retiene”. Y hoy, además, tienen un arma nueva y tentadora; la posibilidad de producir un texto “perfecto” sin haber vivido nada de lo que dice.
No lo digo como un reproche moral, lo digo como un síntoma de época. Hay gente que entrará al desafío con calculadora en mano: ¿cuántas palabras, cuántas referencias, cuánta emoción por párrafo, cuántos adjetivos, cuántas pausas? Harán pruebas, compararán formatos, copiarán estructuras que ya ganaron antes. Y algunos —no pocos— van a entregar algo escrito por una IA. Textos sin tiempo, sin espacio, sin cuerpo. Una superficie impecable. Una voz que suena como todas. Un lenguaje sin barro. Un ambiente estéril, controlado y eficiente, con paredes y pisos lisos, lavables y sin juntas, iluminación potente y sin sombras, y sistemas de ventilación que creen flujo de aire laminar para minimizar microorganismos, controlando temperatura y humedad para garantizar la seguridad del lector y el confort de la lectura, además de contar con puertas de doble abatimiento y equipamiento esencial para una rápida respuesta.
El problema no es la técnica; el problema es la ausencia de riesgo. Ese texto no se equivoca porque no se juega. No se compromete porque no tiene un lugar desde donde hablar. Puede decir “esperanza”, pero no sabe qué peso tiene esa palabra cuando te atraviesa una pérdida. Puede decir “nuevo comienzo”, pero no sabe lo que es empezar de nuevo cuando lo viejo todavía te sangra y la herida nunca termina de cicatrizar.
Y sin embargo —y acá está lo incómodo— esos textos pueden funcionar. Pueden ganar. Pueden acumular lights, corazones, comentarios de compromiso. Pueden incluso ser celebrados como “excelente escritura”. Porque vivimos una época donde ser es parecer, una época barroca, donde la emoción se vuelve un efecto especial.
Es extraño. Hay un tipo de escritura que se parece a cierto cine reciente. Un cine que conoce todos los resortes para producir impacto, pero que, cuando terminás de verlo, te deja vacío. Un cine sin textura. Sin tiempo. Sin espacio. Un cine que se siente hecho para el algoritmo, como si la película estuviera mirando de reojo las métricas mientras se filma.
Por eso este desafío, si lo miro con atención, no es solo una consigna sobre cine. Es una pregunta sobre nosotros: ¿cuándo fue la última vez que empezamos algo con esperanza? No con optimismo, que es otra cosa. La esperanza es más humilde y más valiente, porque nunca promete que todo saldrá bien; promete que vale el esfuerzo intentarlo. La esperanza no ignora el colapso. Lo mira de frente y aun así elige un gesto mínimo que no se deja vencer.
Después de la pandemia, muchos sentimos que el tiempo se volvió raro. Como si estuviéramos atrapados en un presente que no termina de abrirse al futuro. Como si el mundo, cansado, hubiera empezado a olvidar los acuerdos que lo sostenían y, con esa amnesia, se hubiera vuelto más brusco, más impaciente, más dispuesto a romper reglas. En ese clima, un “nuevo comienzo” suena casi como una broma: ¿cómo empezar cuando todavía estamos juntando pedazos?
Y ahí, de pronto, aparece el cine —no el cine como entretenimiento— sino el cine como memoria y como entrenamiento. Hay películas que te enseñan que recomenzar no es un giro de guion, es solo una tarea más. Que empezar de nuevo puede ser una decisión minúscula; levantarse, lavarse la cara, llamar a alguien, dar un paso, encender una luz. Hay escenas que no se te van más porque te mostraron lo que la vida no siempre te muestra; que incluso en el borde existe una forma de dignidad.
En ese sentido, aquí y ahora, no es solo hablar de películas donde alguien cambia de vida. Es hablar de esas películas que te cambian a vos el modo de mirar. Que te devuelven la capacidad de sentir. Que te arrancan del cinismo. Que te recuerdan que no todo lo que importa se puede medir, vender, comprar.
El cine, cuando contiene algo de verdad, no toda, algo; tiene algo que la escritura hecha para ganar no puede fabricar. Presencia. Un plano tiene temperatura. Una escena tiene ritmo. Un silencio pesa. Una ciudad tiene sombras. El viento mueve una cortina. La luna se asoma entre cables. Un cielo estrellado te deja mudo. Todo eso es tiempo. Todo eso es espacio. Todo eso es mundo.
Y entonces, si voy a escribir para este desafío, me gustaría escribir desde ahí: desde el mundo, no desde la estrategia. Desde la sensación de que el arte no está para decorar el desastre, sino para darnos un lenguaje con el que atravesarlo sin volvernos piedra.
Hay gente que va a escribir para ganar un premio. Está bien. Todos necesitamos reconocimiento, una palmada, un lugar donde sentir que existimos. Pero hay otra clase de premio —más raro, más silencioso— que a veces aparece cuando escribís sin calcular. El premio de haber dicho, aunque sea por un momento, algo verdadero. Algo que le importe a alguien. O que te importe a vos.
Y entonces vuelvo a la pregunta, como quien vuelve a una escena que no puede olvidar: ¿cuándo fue la última vez que iniciamos algo con esperanza?
No hablo de un gran proyecto, ni de un cambio heroico. Hablo de lo mínimo. La última vez que miramos el cielo estrellado sin apuro, la última vez que la luna llena nos pareció una promesa, la última vez que sentimos la brisa del viento y deseamos —con una ternura casi infantil— que ese momento no terminara nunca.
Quizás ese sea el verdadero “nuevo comienzo”. Recuperar la capacidad de estar ahí. En el mundo. Con el cuerpo. Con el tiempo. Con la intemperie. Escribir desde ese lugar, aunque sea torpemente, aunque sea sin brillo de algoritmo, aunque sea sin likes. Porque un texto puede no ganar nada y, sin embargo, dejar huellas, difusas, huellas al fin. Huellas, como estelas en la mar; como dejan ciertas películas cuando apagan las luces y salís a la calle distinto, como si el aire tuviera otra densidad, incluso, si luego, más tarde, no lo recuerdes.
Es enero. Se abre el desafío. Se abre la página en blanco. Y ahí está el gesto, pequeñísimo y enorme. Mirar, elegir si vamos a escribir para que nos miren… o si vamos a escribir para que algo de toda la locura que nos rodea tenga algo de sentido, algo, que por un momento, realmente importe.
Después de la pandemia —esa suerte de visita silenciosa y obstinada— se me quedó un instrumento extraño, como un reloj que nunca se mueve, y sin embargo no deja de dar la hora. No marca el porvenir; no recuerda el pasado, me deja una extraña sensación de un ahora interminable, un presente perpetuo que respira en la nuca y empuja, con dedos helados, los límites de lo tolerable. Ahora, sobre las fiestas, la Navidad y el final del año en Occidente; decimos “Paz” como quien pronuncia el nombre de un difunto querido; decimos “armonía” como quien apoya una flor sobre una lápida; y, aun así, en las habitaciones del mundo se escucha un crujido sordo, el sonido de las vigas antiguas que sostuvieron, tras la Segunda Guerra, tras las dictaduras cívico-militares en América Latina, tras guerras y transiciones de África y Asia, el edificio frágil de las reglas compartidas. Hoy ese edificio es como la Torre de Pisa.
En ese inclinarse —en ese borde donde la razón vacila y el orden se vuelve escenografía— volví al cine no como quien busca consuelo, sino como quien se asoma al abismo para escuchar si el fondo responde. Y el fondo respondió.
Hay películas que, vistas antes, eran apenas ficciones inmaculadas; vistas después, se convierten en premoniciones del ánimo. Por ejemplo, “Contagio” (2011) —con su lógica clínica, su precisión sin poesía aparente— fue, para mí, una lámpara de disección. No mostraba monstruos, sino lo que ocurre cuando el monstruo es invisible; el rumor que se contagia más rápido que el virus, el miedo que se reproduce como sombra sobre pared húmeda, la confianza pública que se quiebra y deja pasar el agua sucia del pánico. No era la enfermedad lo más inquietante; era la comunidad puesta a prueba, la moral reducida a instinto, el prójimo transformado en amenaza.
Y entonces comprendí que el cine no predice acontecimientos; ensaya climas. Pinta el aire que vamos a respirar.
Pero existe otro género, más oscuro, que lleva años ensayando una música distinta. La música del estado de excepción. Es la melodía en la que la ley deja de ser suelo y se vuelve herramienta, la melodía en la que el poder no discute: interviene. Los que más hablan de excepción suelen hacerlo desde lugares donde la excepción no les cae encima; la administran. Y por eso pueden llamarla ‘orden’, incluso cuando lo único que deja atrás es polvo.
Allí, en ese territorio, escuché con nitidez el latido metálico de Sicario (2015) y, más cruelmente aún, el de Day of the Soldado (2018). La frontera en esas historias no es un lugar; solo un dogma. El crimen no es un crimen; solo una forma de guerra. Basta una palabra —“terror”— para que el mundo cambie su temperatura moral. Cuando el narco se viste con el traje del terror, el lenguaje abre una puerta que antes estaba cerrada, y detrás de esa puerta aparece lo que la civilización dice detestar y que, secretamente, desea; un atajo.
Al principio, uno cree que esa oscuridad queda confinada a la pantalla, como el humo que no atraviesa el vidrio. Pero no: la pantalla es un espejo, y hay noches en que el espejo devuelve un rostro que no queríamos reconocer.
Porque el thriller contemporáneo, con su obsesión por el tablero global, ha hecho de ciertos países símbolos antes que sociedades. Venezuela aparece así —petrolera, estratégica, fatal— en series como Jack Ryan (2018): un país reducido a nudo narrativo, a mecanismo de crisis que exige intervención, a escenario donde se cruzan intereses y sombras extranjeras. La política se vuelve temporada; la historia, un episodio. Y, como toda temporada bien aceitada, promete un cierre: un culpable, una captura, un final que tranquiliza.
Y sin embargo… he aquí lo insoportable del presente perpetuo: cuando el mundo se narra como thriller, el mundo comienza a actuar como thriller.
Los días recientes —con su noticia de explosiones de madrugada, operación “a gran escala”, captura y traslado para juicio bajo la etiqueta de “narcoterrorismo”, y el coro internacional que oscila entre la condena, la aprobación y la alarma por el precedente— tienen esa textura de guion que se escribe con tinta demasiado roja. No me interesa aquí el detalle técnico que debería desarrollar como especialista en Historia Contemporánea; me interesa el escalofrío cultural. La realidad copiando al género. Y cuando eso ocurre, el futuro se vuelve estrecho, porque el género tiene una manía. Cree que un “nuevo comienzo” siempre nace después de una redada, después de una humillación pública, después de un golpe certero que confunde silencio con paz.
Pero yo no puedo aceptar esa superstición sin temblar. La paz —lo he aprendido a fuerza de historia y de heridas— no es un efecto especial. No se produce con montaje rápido ni con música triunfal. Es una artesanía lenta, hecha de límites, de instituciones imperfectas, de memoria obstinada. Y en tiempos de colapso, la memoria es lo primero que se quiere apagar, como se apaga una lámpara para que la culpa no encuentre el camino.
Por eso, si debo elegir un “nuevo comienzo en el cine”, no elijo el que promete orden a cualquier precio. Elijo el que me devuelve la capacidad de ver la trampa. El preciso instante en que el lenguaje cambia para habilitar lo inadmisible, el instante en que el miedo pide permiso para mandar. Elijo el cine que no me adormece, sino que me despierta; el que me recuerda que recomenzar no es arrasar y volver a levantar sobre cenizas ajenas, sino refundar de nuevo lo humano; con reglas, con comunidad, con un poco de humildad ante el abismo que, si no lo miramos, igual nos mira.
En este enero —mes de promesas fáciles— mi promesa es otra. Volver a mirar cine no para escapar del presente, sino para rescatar algo del futuro. Y sostener, contra la tentación del thriller, esas palabras difíciles y antiguas: Paz y Amor en el mundo.




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