Un hombre, un paisaje, un mundo que desaparece 

Train Dreams, la reciente película estrenada por Netflix y dirigida por Clint Bentley, fue para mí mucho más que un prodigio visual cuidadosamente compuesto. En su aparente sencillez narrativa encontré una fábula profunda y melancólica sobre la soledad, el amor y el modo en que el progreso —ese concepto tantas veces celebrado— avanza dejando a su paso no solo paisajes transformados, sino también hombres silenciosamente devastados.

La trama es mínima y deliberadamente contenida. Acompaño la vida de Robert, un hombre nacido en la desgracia, sin padres ni familia, criado casi al margen del mundo en una Norteamérica rural de comienzos del siglo XX. Una voz en off me guía mientras lo observo atravesar su existencia sin grandes gestos ni épicas forzadas. Robert vive el día a día como puede: trabaja en la tala de bosques, participa junto a otros hombres en la expansión del ferrocarril y se integra a una comunidad de trabajadores tan parcos y callados como el propio paisaje que los rodea.

Estos hombres me resultan casi intercambiables, anónimos, como si el sistema no necesitara nombres sino cuerpos. No hay grandes discursos ni psicologías explicadas: Bentley confía en el gesto mínimo, en el cuerpo, en el silencio. Y es justamente en esa economía narrativa donde la película, para mí, encuentra su mayor potencia. Train Dreams no se apura, no subraya, no juzga. Observa. Acompaña. Deja que el tiempo pase, como pasan los trenes que van marcando el ritmo del llamado progreso.

Sin entrar en detalles ni spoilers, la vida de Robert está atravesada por grandes momentos de felicidad y por pérdidas profundas. La película los presenta con la misma distancia respetuosa, como si ambas cosas —la dicha y el dolor— formaran parte de un mismo movimiento inevitable. No sentí dramatismo excesivo ni golpes bajos: lo que aparece es una aceptación casi estoica de lo que toca vivir, una resignación que nunca termina de volverse indiferencia.

Es en este punto donde empiezo a leer el paralelismo más inquietante de la película. Mientras el ferrocarril avanza, mientras los bosques caen y la promesa del progreso se expande, también se acumulan las desgracias. El bienestar prometido parece no llegar nunca del todo. El progreso, mal llamado como tal, se presenta ante mis ojos como una fuerza impersonal y voraz, que necesita tierras, cuerpos y silencios para seguir avanzando.

La naturaleza, filmada con una belleza austera y casi espiritual, no funciona solo como telón de fondo. Para mí es un personaje más, testigo y víctima de la transformación. Los paisajes que al inicio parecen infinitos y puros van siendo intervenidos, domesticados, explotados. Y en ese proceso, el hombre queda cada vez más solo, más pequeño, más desconectado de aquello que lo sostenía.

Pensada dentro del eje “Nuevos comienzos en el cine”, Train Dreams me resulta especialmente significativa. No propone un nuevo comienzo desde la innovación formal extrema ni desde el impacto narrativo, sino desde la recuperación de un cine contemplativo, paciente, que se anima a ir a contramano de la velocidad contemporánea. Es un comienzo que mira hacia atrás para pensar el presente, que revisa los mitos fundacionales del progreso y los expone con una sensibilidad profundamente humana.

Tal vez no haya sido para mí una experiencia transformadora en un sentido espectacular. No busqué epifanías ni revelaciones ruidosas. Pero sí sentí que deja una marca. Una sensación persistente de melancolía y reflexión. Train Dreams me recordó que, muchas veces, aquello que se presenta como avance trae consigo pérdidas irreparables, y que en nombre del futuro se han sacrificado vidas, vínculos y paisajes enteros.

En su silencio, en su pausa, en su mirada compasiva, la película de Clint Bentley me invita a detenerme y a preguntarme qué tipo de progreso estoy dispuesto a aceptar, y a qué costo. Un nuevo comienzo en el cine que, lejos de ofrecer respuestas, me deja habitando una pregunta incómoda y necesaria.

Jav Craz

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