Mi jefe el dictador 

El presidente ya lleva varios días preso, así que ssh, ssh. Hablemos bajito, porque últimamente estas paredes tienen más eco que oído.
-Ese día fue raro desde la mañana, te digo. Me parece que esta olla la hemos lavado como cincuenta veces desde que comenzaste con tu preguntadera. Pero bueno, no importa, porque me sirve contárselo a alguien, aunque sea en susurros. Y yo insisto: aquello no era raro como otras veces. Fue raro de verdad-.

Mi nombre es Edna. Mi abuela cocinó en este palacio desde que tengo uso de razón. A ella se la trajeron de Barinas porque al comandante le encantaba su guiso. Después mi madre se hizo cargo de la cocina, y entonces éramos mi hermana, ella y yo sacando la cocina para adelante. Con los años las cosas fueron cambiando en el país, en el palacio de gobierno; incluso en la cocina del palacio. En un momento dado mi hermana decidió irse lejos del Caribe y entonces solo quedamos mi madre y yo, pero como ella ya está muy mayor ahora soy sólo yo. Igual, no te quiero aburrir con la historia de mi vida; además, ya está olla brilla demasiado. Ahora podemos ocuparnos de las verduras para que no se echen a perder. Hace varios días ya que nadie viene a comer oficialmente, desde la noche antes de que se lo llevaran al presidente.

Ese día él recibió una llamada. Yo lo recuerdo bastante bien porque él no suele recibir ese tipo de llamadas, con tanto protocolo y escándalo a su alrededor. Me hicieron venir más temprano. Todavía no había sol cuando encendí las luces de la cocina y me até el delantal. Apenas había terminado de acomodar los cuchillos cuando entró uno de los hombres de negro y me dejó una carpeta.

-Menú especial -dijo-. Solo por hoy.

El comedor ya no parecía un comedor. Había carpetas abiertas, teléfonos apoyados como si fueran armas, hombres sentados demasiado rectos y serios. El presidente entró sonriendo, como siempre, hablando como para sí mismo, con esa sonrisa media boba y unas ojeras… mamita querida, cada día más oscuras. Durante el almuerzo comió especialmente rápido, o más bien con ansiedad. Arrancaba la piel del pollo del hueso casi en un acto canino. Tenía el bigote salpicado de carne, salsa, arroz y hasta lechuga; y mira que nunca fue amigo de los vegetales. Parecía en una especie de trance animal; uno que de pronto se rompía, cambiando así la agitada e importante conversación que había a su alrededor. Entonces todo el mundo hacía silencio y lo miraban. Los que no usaban lentes oscuros dejaban leer bastante bien sus muecas de desdén. Sin embargo, el presidente continuaba, escupiendo las palabras con pedazos de comida volando por todo el comedor:

-Yo sé que esos gringos no se atreven -decía-, porque yo soy el hijo del comandante. Nadie se mete con la gran Colombia ni con el sueño de Bolívar. Le temen a la espada de Bolívar, la misma que usó nuestro comandante eterno contra el imperialismo. Y ellos saben, saben que yo soy su heredero y que la tengo conmigo.

La primera combatiente (o sea, “la primera dama”) permanecía a su lado en un estado circunspecto, dándole pequeños sorbos a su copa de agua. De vez en cuando posaba su mano sobre el brazo de su esposo cuando este se alteraba tanto que se levantaba de la silla y se agitaba. Ella parecía lograr contenerlo de alguna manera. Uno de los hombres de negro se dirigió al presidente y comenzó a hablarle en un tono paciente, señalando papeles; parecía explicarle palabras como salida, garantías, acuerdo, crímenes de guerra y de lesa humanidad. El presidente asentía y masticaba, se tomaba una jarra entera de jugo de guayaba y decía que igual no se tomaran tan en serio todo eso, porque él era el hijo de Chávez y era intocable.

-Es más, amigo Jorge, prepáreme una tarima, que hoy salimos a bailar. Hoy hay que celebrar con el pueblo, como nos enseñó el camarada Fidel.

Y después agregó:

-No hay que olvidar nunca que el comandante nos vigilaba desde algún lado-.

Nadie dijo absolutamente nada. Ni siquiera la típica respuesta: “venceremos”.
Eso fue lo primero que me llamó la atención.

A media tarde llegó la llamada. No estuve ahí, pero todo el palacio se quedó quieto, como conteniendo la respiración. Cuando terminó, nadie parecía aliviado. Más bien lo contrario. Era la calma que viene cuando ya se decidió algo y solo queda cumplirlo. Para la cena, el menú cambió. Era su comida favorita.

Lo supe apenas abrí la carpeta. La preparamos con un cuidado exagerado, casi cariñoso. Como si alguien quisiera que recordara el sabor. Como si ese plato tuviera que salir perfecto. Esa noche comió lento. Se chupó los dedos. Levantó la vista y dijo, como hablándole a alguien que no estaba:

-La bruja Cristina me lo dijo en un sueño. Yo soy el hijo. El heredero. Esto no se negocia-.

Uno de los hombres de negro cerró una carpeta. Otro miró el reloj. Nadie escribió nada. Nadie dijo nada. La esposa, una vez más, tan solo posó su mano sobre su brazo y el presidente continuó devorando su plato.

Yo pienso que cuando a un hombre lo dejan hablar solo, ya está entregado.

- ¿Y después? - te preguntas, obviamente.

Pero qué decirte: después, nada. Al día siguiente ya no estaba. Terminamos de limpiar en silencio. El palacio seguía funcionando como siempre. Cambiaron algunos cuadros. Se llevaron otros. La cocina quedó igual. Al caer la tarde, nos asomamos por la ventana. Un auto negro entró al patio. Bajó una mujer. Traje impecable. Paso torpe. Los mismos hombres de negro la rodearon como si siempre hubiera estado ahí.

- ¿Esa es…?

-Sí -te digo-. El reemplazo, la heredera…

La vimos entrar sin mirar alrededor, sin curiosidad, sin sorpresa. Como quien vuelve a su casa. Volví a la mesada, agarré el cuchillo y seguí cortando.

-Aprende esto, muchacha -dije, alzando un poco la voz: acá no cambian los palacios. Solo cambian las caras que se sientan en el comedor.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 4
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.