El desastre andante: La persona más tonta que conocí 

Mi primer trabajo en una oficina fue en una pequeña agencia de marketing digital. Éramos un equipo joven, un poco caótico, pero nos entendíamos. Hasta que llegó Horacio. Horacio no era solo despistado; era una catástrofe andante, un imán para lo absurdo. Desde el primer día, supimos que su torpeza trascendía lo físico para instalarse cómodamente en su lógica.

La escena que grabó a Horacio en el panteón de las mentes insólitas ocurrió un martes por la tarde. Estábamos reunidos en la sala de juntas, esa habitación pequeña con una mesa gigante y una televisión montada en la pared. Había café, galletas y la tensión de una entrega importante. Nos tocaba presentar una campaña a un cliente muy particular que vendía ropa para mascotas, y el tema era cómo promocionar su nueva línea de abrigos de invierno para chihuahuas.

La jefa, una mujer práctica y con poca paciencia para las divagaciones, había planteado el problema: cómo convencer a los dueños de chihuahuas de que sus perros necesitaban abrigos, incluso en ciudades donde el invierno no era tan crudo.

—Tenemos que ir al corazón emocional, ¿saben? —dijo ella, apoyándose en la mesa—. ¿Por qué un chihuahua en Caracas necesita un abrigo?

Horacio, que hasta ese momento había estado mordisqueando una galleta con tanta concentración que parecía un roedor, levantó la mano. Su gesto era serio, casi solemne.

—Yo tengo la solución, jefa —dijo, con voz grave—. Lo que tenemos que hacer es, para el comercial, buscar un chihuahua, ¿verdad? Y lo grabamos en la playa.

Todos nos miramos. La playa no era precisamente el mejor escenario para abrigos de invierno. La jefa lo animó a seguir, con una ceja arqueada.

—¿En la playa, Horacio? ¿Por qué en la playa?

—Claro —explicó él, gesticulando con la galleta, que por un milagro no se cayó—. Ponemos al chihuahua en la arena, un día soleado, y que el perro empiece a temblar del frío. Así, la gente ve que hasta en la playa un chihuahua tiene frío y necesita el abrigo. Porque, si tiene frío en la playa, ¡imagínate en la ciudad! La gente se va a identificar.

Hubo un silencio que se podría haber cortado con un cuchillo de mantequilla. Mis compañeros se quedaron con la boca abierta. La jefa, que solía tener una respuesta para todo, simplemente se quedó con la mirada perdida en la galleta de Horacio. El aire acondicionado delataba el tic-tac de un reloj invisible. Nadie parpadeaba. Yo sentí que se me subía la sangre a la cabeza, una mezcla de risa incontrolable y la necesidad urgente de hacer un agujero en el piso y desaparecer.

Horacio, ajeno a nuestra estupefacción, sonrió, orgulloso de su brillante idea. Se encogió de hombros y se terminó la galleta. La jefa, finalmente, se frotó la frente.

—Horacio —dijo ella, con una voz tan cansada que parecía recién salida de un maratón de una semana—, los chihuahuas en la playa no tienen frío. Tienen calor. Son perros, no pingüinos. Y si tiemblan, es por el susto, no porque necesiten un abrigo en pleno trópico.

Horacio parpadeó, como si acabara de descubrir una nueva ley de la física. Se quedó en silencio, procesando la información, y luego soltó:

—Ah, ¿no? Yo pensé... Es que, como son tan chiquitos, pensé que sentían el frío diferente. Bueno, entonces, lo hacemos en la nieve.

Ese día, la reunión terminó abruptamente. La jefa se levantó y se fue sin decir más, llevándose consigo su paciencia y la poca esperanza que le quedaba en la humanidad. Horacio, por supuesto, no duró mucho más en la agencia. Pero cada vez que veo un perro pequeño o que alguien propone una idea demasiado "creativa", me acuerdo de Horacio y su chihuahua temblando de frío bajo el sol caribeño, y sé que hay un nivel de torpeza que ni la lógica más básica puede contener.

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