En el liceo tuve muchos amigos y nos creíamos los geniales siempre estábamos haciendo bromas a quien más podíamos y éramos un grupo de jóvenes entre dieciséis , quince , y diecisiete años y había uno que era siempre el idiota, pero jamás nos juntábamos con él.
Era poca la interacción con este muchacho cada vez que hablábamos salía con una idiotez de esa que molestan, y siempre decíamos vamos con el idiota para que nos resuelva la matemáticas, la física, la química, el tipo era lanzado en los estudios y las notas las tenía por el cielo y nosotros por el subsuelo, pero el idiota que resolvía y lo buscábamos por interés y luego lo desechabamos no se daba de cuenta.
Era tan idiota que no se daba de cuenta y nos recibía siempre amable en su zona donde el se sentaba siempre cerca de la profesora y del pizarrón, nosotros nos sentabamos lejos de la profesora y en el rincón más apartado para hablar, planear el día y ver todo desde lejos.
Nos creíamos los geniales, los mejores, los increíbles, los demás eran los imbéciles, pero el imbécil mayor estaba sentado alfrente de la profesora y era el que borraba el pizarrón y el jaleti de la profesora. Siempre el buscaba estar bien con ella y con los demás siempre fue amable , pero eso lo veíamos como debilidad y estupidez y lo usábamos a nuestro favor.
Un día teníamos que ir de campamento pero necesitábamos dos personas más para ayudar en los gastos y porque el viaje dentro del mismo estado requería de seis personas, teníamos el permiso de nuestros padres por escrito y ese viaje requería a seis maso e invitamos a un gordo que nos caía mal, y al sabiendo, que era el idiota número uno.
Nos fuimos todo fue alegría en ese expreso, ese autobús iba a toda marcha por esa autopista solo se oía el ruido del viento, el autobús parecía un cohete disparado, y las voces nuestras que no se callaban, llegamos al sitio y luego a escalar, subir, esa montaña tan hermosa, y tan sucia encontrábamos el basurero que dejaba cada excursionista por el camino y llegamos hasta un río de agua cristalina que salía de las rocas y se podía beber directamente sin necesidad de hervirla o pasar por algo para desinfectar.
La naturaleza a su esplendor estabamos dentro disfrutando de su verdor, y de su oxígeno puro,respirabamos aire puro, y el frío mañanero y pasábamos llenando del rico rocío de las plantas, era total paz uno que otro pájaro rompía el silencio con su graznido, no sabría decir que sonido tan fuerte era ese de ese pájaro porque canto no creo , era un pájaro que avisaba nuestra presencia.
Fuimos a donde haríamos el campamento y pusimos nuestras cosas alrededor de la fogata y ahí duramos un rato oyendo al guía no podíamos separarnos, no podíamos alejarnos, todos somos grandes y debemos seguir las reglas para que todo salga bien.
Mi grupo de seis estábamos maravillados viendo tanta belleza, la naturaleza nos mostraba lo que las ciudades nos ocultaban; su esplendor, estubimos un rato con el guia y los otros adultos que eran los encargados del campamento al aire libre, todos dormiríamos alrededor de una fogata. Nos fuimos alejando del grupo de adultos y nos íbamos adentrando al bosque donde el instinto de uno lo llevaba para explorar, el idiota quería volver, nos decía: “no podemos alejarnos del campamento nos perderemos", y nosotros le decíamos que eso era imposible porque conocíamos el camino ya habíamos estados varias veces aquí.
Era nuestra primera vez y mentiamos, el gordo se fue y regreso y nos dejó, el idiota seguía con nosotros intentando que le hiciéramos caso, caminamos tanto, viendo, explorando y descubriendo diferentes tipos de plantas, animales que saltaban, olores distintos muy lejano al de tubos de escape de la ciudad, en esa desconección con el tiempo, nos perdimos, se estaba haciendo de noche y teníamos miedo porque el guia nos había hablado sobre un gato pequeño, pero más grande que cualquier gato doméstico, mucho más grande, era un gato de tamaño intermedio y hambriento y su platillo favorito lo que sea que este vivo, es un cazador y nosotros la presa.
No sabíamos como volver y la luz del sol estaba cayendo, hasta que el chico amable que siempre lo categorizamos de estúpido, empezó a usar su inteligencia y ver por donde habiamos venido, a revisar cada rama partida recientemente, que marca dejada en la tierra, que planta vista, que olores de perfumes de flores habíamos pasado, que posición tenía la estrella en el cielo de nombre que se yo, y empezó a buscar el camino de regreso por esa manera de observación, rastreo e inteligencia, y nos fue sacando del bosque adentro y vimos al guía y a los del grupo buscandonos y llamandonos al vernos les vino el alma al cuerpo a los encargados del campamento, se le notaba la molestia que le hicimos pasar.
Le dijimos que si nos habíamos perdido, pero teníamos al mejor rastreador de caminos con nosotros, desde ese entonces nos dimos de cuenta de algo los idiotas éramos nosotros , siempre tratabamos por interés e insultabamos al genio del salón, al chico amable, y resulta que los idiotas éramos nosotros los que nos creíamos los geniales.


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