
¿Por qué hablar de una experiencia audiovisual como Cornucopia?
Este largometraje es el testimonio de un concierto de Björk en Lisboa titulado Cornucopia. Sin embargo, este espectáculo dista de ser común, como todo lo que hace esta artista islandesa.
Técnicamente, el concierto es producto de experimentación y trabajo metódico de más de una década con el sonido 360° y experiencias visuales inmersivas. Utiliza instrumentos únicos como: arpa magnética, aluphone, flauta circular y una cámara de reverberación personal para realizar presentaciones íntimas.
Sobre el significado, el espectáculo está calculado milimétricamente para contar una historia coherente, aunque pueda no parecerlo a simple vista. El orden y la elección de las canciones narran el camino de transformación andado a lo largo de años, las imágenes proyectadas funcionan como un alter ego de la artista para mostrar su proceso de curación interna e inquietudes.
… hay una historia secundaria de un avatar, una marioneta que se transforma gracias a la alquimia. De marioneta en marioneta, del dolor de una herida en el corazón hasta su sanación.
El repertorio retoma temas de sus discos Vulnicura (2015), Utopía (2017) y Fossora (2022).
En el primero, Björk experimentaba el dolor de su ruptura con el también artista Matthew Barney.
En Utopía, trata la sanación y la construcción de un nuevo lugar dónde poder habitar.
Y en Fossora, habla del legado familiar, la maternidad y explora la naturaleza del mundo fungi como metáfora.
Cornucopia es la maduración de todas esas emociones, el relato íntimo de su vida.
Con esta breve introducción, podemos sumergirnos en la abundancia de creatividad, color y simbolismo que es Cornucopia.
Tomemos aire.
La puesta en escena abre con la proyección de algo rojo.
Un tono vibrante, tanto que parece latir. Envolviéndolo, un cuerpo azul se incorpora con lentitud. La abertura al centro —lo rojo— es la herida expuesta. Brilla.
Family se escucha al tiempo que una cortina de largos cabellos eléctricos divide, con luz azul-morada, a Björk del público. Las notas de un rompimiento inician la historia.

Las líneas se curvan y se abren para aflorar pétalos. Ondas que mecen suavemente a las flautistas y sus trajes plisados.
Una puerta cantada en voz de Björk expone el dolor como luz descompuesta en colores que habrá de volver a reunirse en el camino. La cortina se abre.

Rojo, arpa, la delicia de un solo beso.
Despiertan los sentidos en explosiones delicadas, onduladas e intensas. El sonido acaricia con formas de mar, como caballitos que se desbaratan en líneas para combinarse con otras, para tocarse como un beso. Tan largo como pueda ser.

Las trompetas extienden el rojo en un óvalo. En un óvulo que crece y decrece.
Un eco constante canta con ternura: un barco a la vista, el arribo de la fusión.

Cámara de reverberación, cuidadosa con lo interno. Ese huevo para cantar en la intimidad hacia todo el exterior. La luz se torna amarillenta; los adentros se aclaran.
La voz reconoce la fe borrada en sí misma y la exposición a fuerzas inferiores. Se avergüenza y sabe que la metamorfosis debe suceder para que la niña viva.
Inicia un viaje donde ella se quiere y se abraza.
Parpadeos entre verdes y rosas sintonizan con percusiones metálicas y una batería al fondo. El aire sube y baja con el sonido.
Isobel se nombra. Se desdobla.
Un lugar donde el agua suena a instrumento y canción.
Envíos enamorados de MP3.
Cuerdas vibran en forma de arpa.
Líneas horizontales, tranquilas y lentas.
Un llamado de emergencia para imaginar un futuro y ser parte de él.
Desciende una flauta circular y vibra un coro: mmmmmmmmmmmm.
El cuerpo recuerda, el cuerpo responde para sanar.
El sentimiento es más veloz que el pensamiento. Al fondo, dos cuerpos bailan. Todo se torna rojo-naranja.
Uuuuuuuuuuuuuuu susurra el coro mientras cuerpos etéreos ascienden y descienden.
La flauta sopla entre cuatro bocas y la mujer-marioneta nada, nace y se deshace; se deshace y nada.
Baila con alas de aleta y tentáculos delicados. Flota en un aire-agua naranja.

El refugio del consuelo: un lugar único, oculto entre cabellos.
Un coro acompaña. Luces de tenues rosados y naranjas, color salmón.
Detrás, una esfera hecha de hilos de luz —azules y morados— respira.
Voces sin instrumentos balancean el aire.
La esfera se expande y se contrae. Los colores también. Armonía en el aliento.
Un tambor irrumpe entre sonidos sintéticos y luces rojizas.
Mayor rítmica, mayor forma al movimiento.
El ritmo toma las rodillas, las eleva, las devuelve al suelo.
El cuerpo aprende otra forma de estar.
Es un latido que se opone a la violencia, que reclama un mundo sin miedo a vivir.
Un ser —el avatar de múltiples rostros y cuerpos— cava hacia dentro. Cava hasta llegar a otro ser luminoso que lo abraza, lo protege y lo deja seguir cavando.
Llega al fondo, al final de sí misma. Se guarece dentro del corazón rojo.
Ya no es víctima. Se rescata sola.

Esporas que nacerán después.
Hongos verdes flotan entre ruidos electrónicos parpadeantes. Las flautas suavizan.
Los clarinetes visten color, visten sonrisa de esperanza.
Tiempo de enraizar, de crecer.

Pájaros que trinan.
Brotes que giran con luz en la punta.
Conexiones que se alargan y forman túneles hacia otra forma de habitar.
Hierba crecida.

Una flor define su forma al aumentar la confianza.
Ella lo ama, ella lo ama. El amor no puede esconderse cuando es tanto.
Despiertan los signos de vida. Amanecen de la hibernación.

Aves.
Máscaras con cabellos largos ondean en tonos rojos y naranjas.
El rostro de alguien cantando —o respirando— frente a otro ahora más nítido, más claro.
Cantan líneas: pastos largos que se vuelven alas de mariposa, labios que se liberan.
Las máscaras cambian de color.
Recuperación.
Ahora, amarillos.
El color de la conciencia que demanda romper herencias malditas, que exige cuidar a la hija por encima de todo.
Una madre siendo madre.
La vida que cuida la vida.
Tabula rasa para comenzar sin tropiezos.
Una oportunidad limpia ofrecida con esfuerzo.
Que la fortaleza fluya en nuestros hijos.
El avatar adquiere definición. Ya no hay hilos.
Un cuerpo con traje negro canta y baila. Su interior —hecho de venas— brilla por las extremidades.
Desprende chispas, brasas, hilos de luz.
La libertad toma forma de cura.


Líneas horizontales dejan nacer la luz en el centro.
El cuerpo ya no huye. Respira.
La resistencia del futuro.

Conclusión y apreciación personal
Seamos francos. El hecho de intentar traducir Cornucopia revela menos la obra que nuestra necesidad de entenderla. Exige una disposición y atención que el espectador, actualmente, difícilmente posee.
Cierto. Este tipo de arte no es para todos. Algunos sentirán la subjetividad como un obstáculo para conectar con la obra sobre todo en su aspecto emotivo pero también se hilvana con temas ambientales y sociales que a todos nos atañen, como la urgente protección al ambiente y la esperanza como plataforma para despegar hacia un futuro que ahora parece de ficción.
La obra privilegia la abstracción sobre la inmediatez emocional —los símbolos personales y las metáforas en las imágenes como medio para comunicar— un rasgo que la acerca más al arte performático que al documental musical.
Eso prueba que no es sólo un concierto grabado.
Personalmente, me gustan más las versiones de estudio de las canciones. Björk se distingue por enfocarse en determinados instrumentos en cada una de sus producciones y Cornucopia no es la excepción. Al usar las cuerdas del arpa, coros, y varios instrumentos de viento, vuelve el ambiente totalmente etéreo durante los 98 minutos que dura esta experiencia audiovisual. Aunque tiene toques rítmicos con las percusiones incorporadas, no son suficientes para hacer vibrar con mayor potencia la emoción. La percepción flota en la fantasía todo el tiempo, una experiencia más mental que sensorial a pesar de estar cargada de un fuerte significado sentimental y corporal.
La comprensión de la obra está limitada al conocimiento de las canciones de esta artista. Eso no quiere decir que la experiencia estética no ocurra si no hay un bagaje sobre la discografía de Björk. Cualquiera puede disfrutarlo, sin duda es llamativo. El problema no es que el público no entienda, más bien que no siempre está dispuesto a permanecer.
La belleza indudablemente está, es única, pero muy idílica para mi gusto —o mi alma funk.
Al ser todas las canciones tan “elevadas”, torna algo plana la experiencia auditiva.
Pero esto es sólo una opinión.
La calidad, la innovación y el cuidado puesto es impecable, ningún movimiento es al azar, todo sonido fluye sin esfuerzo. Es producto del trabajo colectivo de artesanos y artistas de diferentes disciplinas. El uso creativo de la tecnología de punta lleva el estilo de avanzada de Björk. Eso se reconoce independientemente de la experiencia propia.
Regresemos a la pregunta inicial ¿por qué vale la pena hablar de Cornucopia como producción audiovisual?
Aunque pasó sin pena ni gloria durante este 2025, el arduo trabajo que la sostiene, eleva la obra artística a otro nivel.
Lo más valioso, es que trata del proceso de cura interna de una mujer a través del arte.
Así, Cornucopia no se impone ni se explica del todo: se atraviesa. No pide comprensión inmediata ni adhesión absoluta, sino disposición a presenciar una mutación. La de una mujer que convierte herida en lenguaje, dolor en forma, y escenario en territorio de sanación. Quizá no todos salgan conmovidos, quizá no todos se queden. Pero quien acepte habitar ese tiempo suspendido —entre lo orgánico y lo artificial, entre la voz y el cuerpo— atestigua algo poco frecuente: el arte como acto de cuidado, como resistencia íntima frente a un mundo que insiste en no detenerse.





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