En los primeros días de este 2026 más de cien empleados fueron despedidos de Mercado Libre. Una decisión tomada (aparentemente) debido al avance de la IA en cuestiones relacionadas al poder de la escritura y la persuasión. Básicamente, la empresa más importante de Argentina y Latinoamérica pensó que el factor humano ya no era lo más valioso en ese sector y recortó de su staff a varias personas que estaban enamoradas de la “experiencia MELI”. Y sí, ¿quién no lo estaría? Decenas de publicaciones en donde se romantiza el hecho de llegar a la “empresa de los sueños” lo único que generan es un ideal al que aspirar, y un sueño que fácilmente se puede quebrar. Muchas veces no entendemos lo más básico de las relaciones laborales: son contratos demoníacos.
En la actualidad nos transformamos en esclavos de nuestro propio deseo. Construimos una falsa y cuasi perfecta identidad en LinkedIn (el Instagram del empleo) para que todos nos aplaudan y se regocijen ante la aparente “impoluta” vida que tenemos. Creemos tener todo resuelto porque en la “office” tenemos algunos snacks y una heladerita repleta de productos con los que la empresa tiene cierto convenio, un metegol o un pinball para disfrutar en los “breaks”, muchos carteles de colores que le dan identidad al “visual branding” de la empresa, y con eso tenemos la vida arreglada. ¿No?

En un ataque de ira incontrolable, la esposa de un desempleado y desamparado hombre de mediana edad le reclama su desalentadora actitud ante una situación que afecta a varios protagonistas de la película con las mismas palabras del título de este artículo. Park Chan Wook transforma la incertidumbre en un espiral de momentos uno más ridículo que el anterior en donde la moral se despide gradual y lentamente del cuerpo y alma de los involucrados, capturando la esencia no solo de un país atraído por la cultura y estructura norteamericana (y además falsamente engañado por ella), sino más bien de un estado universal actual que hierve sin pausa. Uno en el que la relevancia es la moneda corriente. Sí, todos queremos ser alguien desde los inicios de nuestra especie, pero hoy en día esa palabra se siente como agua para vivir.

“Sonreí para la foto.” “Excelente desempeño.” “¡Que buen trabajador que eres!”
Hace veinte días me quedé sin trabajo. Sí, mi enojo, desazón o frustración, se podía anticipar a kilómetros de distancia, pero cuando uno le pone tanto cariño a lo que ama, se pierde en un laberinto en el que la rigidez del sistema no te endurece: te resbala y te convence diabólicamente de que la posibilidad de cambio no existe. Uno se siente flotando en una nebulosa rebosante de ingenuidad, en donde el compromiso se transforma en un ritual no organizado y en donde las decisiones más importantes pasan a un segundo plano…hasta que te cachetean con la realidad del fatal llamado (o mensaje de Whatsapp, por lo que leí en algunos casos).
Dentro de esa misma nebulosa se nos presenta en la última divertida amalgama de tonalidades y géneros del (super-mega-archi-recontra, así, para que garpe más) creativo surcoreano Park Chan Wook, a You Man-Su, un hombre recientemente entrado en la mediana edad que lo tiene todo: una esposa complaciente, dos hijos que a su manera cumplen con los mandatos sociales, la casa de su infancia que él mismo remodeló, dos perros labradores (para remarcar la “americanización”)…y un invernadero.

El thriller nos sopapea rápidamente con la noticia de su despido, así como me sopapearon aquel triste 19 de diciembre del 2025 para avisarme de que ya no querían contar con mis servicios: You Man-Su recibe una anguila por parte de los accionistas norteamericanos que compraron la fábrica de papel en la que trabajó por veinticinco años, y en un papel la frase “Gracias por sus servicios”. Lo toma como un acto de mera bondad mientras prepara el almuerzo en un soñado mediodía de domingo, casi rozando la línea que separa la divertida ingenuidad de la estupidez absurda.
Las consecuencias de este conflicto (un desencadenante ideal para varias posibilidades dentro de la historia) plantea un escenario con olor a hedonismo social que se respira con una puesta en escena voyeuristica, hitchcockianamente retorcida en el mejor de los sentidos. Una secuencia interminable de observaciones infantiles, persecuciones delirantes y huidas a destiempo en el que se estudia el carácter ajeno sin tomar nota del propio. Y esto último, aplica para ambos sentidos, tanto el del protagonista (Lee Byung-hun en el mejor papel de su carrera) como el de nosotros como espectadores. ¿Adonde llegaríamos para alcanzar no eso que anhelamos, sino eso que perdimos y tanto amábamos?

El cineasta nacido en la capital surcoreana hace sesenta y dos años juega con la cámara y los sonidos como si tuviese veinte. Wook nos invita a ser parte del caos con una rimbombante propuesta que no escatima en las espectaculares exageraciones propias de su “storytelling”. Un cuasimodo de ángulos imposibles, movimientos de cámara (casi) surrealistas en los que el lente le escapa al realismo así como su protagonista le escapa a la sorpresa de ser descubierto, y un sonido (casi) de ciencia ficción minimalista en el que los personajes secundarios son encerrados por una fuerza invisible llamada capitalismo.
Amantes de lo impredecible, ha vuelto Park Chan Wook. Say no more.
POR JERÓNIMO CASCO
Publicado el 13 de ENERO del 2026 | 22.16 PM | UTC-GMT -3
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