Érase una vez un niño caprichoso.
No era malo. Tampoco era especialmente inteligente. Era caprichoso, que es una categoría propia y bastante peligrosa cuando crece sin supervisión.
Vivía rodeado de juguetes. Muchos. Demasiados. Pero nunca le alcanzaban. Porque el problema del capricho no es la falta, es la comparación.
Si el hermanito tenía un autito nuevo, lo quería.
Si la prima estrenaba una bicicleta, también.
Si el vecino jugaba con algo que brillaba más, listo: eso era suyo… aunque no lo supiera todavía.
El niño no pedía. Exigía.
Y cuando no conseguía lo que quería, activaba su talento natural: el berrinche.
—Si no me das el carrito, no como.
—Si no me prestas eso, no juego.
—Si no gano, me llevo la pelota.
Y así, entre pucheros, amenazas y caras largas, fue aprendiendo algo fundamental: el berrinche funciona. Funciona rápido, desgasta a los grandes y suele ganar por cansancio.
Como nadie le ponía un límite claro —porque “es chico”, “ya se le va a pasar” o “mejor no provocarlo”— cada pedido venía con aumento. Primero un juguete. Después dos. Después el juguete del otro, aunque el otro lo estuviera usando.
Un día, la madre llegó con una noticia: a una niña del barrio le habían dado un premio. Un premio por portarse bien, por compartir, por hacer su tarea.
Al enterarse, el niño caprichoso la miró, cruzó los brazos y dijo, muy serio:
—Ah, ¿A ella le dan premios por ser buena? Ok… entonces como no me lo dieron a mi, ya no seré bueno nunca. Lo dijo convencido. Como si la buena conducta fuera opcional. Como si la convivencia fuera un servicio Premium. Como si la paz se activara solo cuando a él le convenía.
Desde entonces, todo fue condicional.
Si no me das lo que quiero, no colaboro.
Si no me dejas ganar, hago lío.
Si no se hace a mi manera, rompo algo.
Y lo más grave no fue el berrinche.
Lo más grave fue el silencio de los adultos alrededor, mirándose entre sí, esperando que el problema se solucionara solo.
Pero los caprichos no se corrigen solos.
Se educan.
Y cuando no se educan a tiempo, crecen.
Este cuento no termina con un castigo ejemplar ni con un abrazo reparador. Termina con una advertencia bastante simple: cuando a un niño no se le pone un límite, no aprende a convivir; aprende a extorsionar. Y cuando ese nene crece creyendo que el mundo funciona a berrinche limpio, después ya no quiere juguetes:
¡Quiere imponer su voluntad!
Y ahí ya no estamos hablando de un problema familiar.
Ahí, lamentablemente, el problema pasa a ser de todos.




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