Brisa, sol, playa y un chico lindo que fue mi más grande decepción  

Un grupo de amigas y yo fuimos en un viaje a una playa. Íbamos a quedarnos en un hotel por tres días; mi mamá no estaba de acuerdo porque yo era muy joven y las mujeres jóvenes peligran y quedarnos tres días por ahí no le gustaba, pero igual me fui; ella no podía hacer nada, ya yo era mayor de edad.

Llegamos de ese largo viaje a el hotel previsto porque ni a la casa de un familiar de algunas de ellas pudimos llegar, pero si fuimos a visitar a esos familiares de esa amiga que de antemano no nos quiso dar alojamento a las cinco muchachas en su casa y se sobre entiende eran muchas personas dentro de ese ranchito frente al mar, después de visitar a la familia de la amiga que nos llevó a esa playa portuaria muy bonita que nunca antes había ido, nos bañamos, jugamos softbol y ayudamos a elevar una cometa a unos niñitos de esos lares que estaban jugando.

Se aparece a las horas un muchacho muy guapo, él, y habla con todas; como una o dos horas nos acompañó y luego se fue, tenía que seguir trabajando con turistas, porque él era el guía turístico contratado por una empresa importante de la zona. Él vestía ropas de playa; me imagino que se cambiaría al llegar al lugar de trabajo. En la noche nos lo volvimos a topar, pero esta vez en el restaurante del hotel; se nos hacía normal verlo porque era un hotel con turistas y él era un guía turístico.

Lo invitamos a cenar junto con nosotras y al chico que nos gustaba, soltero, guapo, con empleo, ¿a quién no? El segundo día nos llevó a un centro comercial y luego de ahí a una parte de la playa que era un sueño de belleza; mis amigas se le insinuaban porque estaban interesadas en él y yo no era tan abierta ni lanzada como para demostrar que él me interesaba y quería algo con él.

El tercer día disfrutábamos de la playa y él apareció de la nada con cinco cocos para cinco damas jóvenes. Nos tomamos los cocos y luego nos llevó a lo alto de un malecón y, cuando tuvo oportunidad, me hablaba a mí sola y empezó a demostrar su interés por mí. Como pegaba mucho sol, nos fuimos debajo de unas palmeras donde hacía mucho fresco y yo veía a lo lejos las miradas de mis amigas como celosas, rabiosas y envidiosas.

Hablamos de nuestras familias, él de su soledad y la búsqueda de su alma gemela y el deseo de tener ese alguien a su lado. Sus palabras eran sinceras y empezó abrir en mi corazón una ilusión y esperanzas de haber encontrado el chico adecuado por su manera de hablar, lo sentía muy honesto y eso sí solo, porque siempre me hablaba de la necesidad de tener a alguien a su lado, se fueron dos horas de conversación, feliz, amena para mí, interesante y refrescante porque el sabía cómo entrar de manera ligera y respetuosa al corazón de uno, no sé si fue aprendido, si era un experto en manipulación femenina, lo único que si sé es que me hizo desarrollar más interés por él y la necesidad de verlo.

Nos despedimos y él, muy afectuoso y educado con todas, se despidió y conmigo me agarró la mano con sus dos manos y me dijo que le había robado su corazón. Aunque él sabía que no nos íbamos a volver a ver, yo me quedaría metida dentro de su corazón. Levantó su mano derecha, unió sus dedos y los dirigió hacia su corazón. Nos montamos en el bus y le dijimos a Dios. Veía la envidia de mis amigas y no hablaban de eso, que yo había conquistado el corazón del guía turístico de ese puerto.

En mi casa y respondiendo todas las preguntas a mi mamá de "¿cómo me fue?", "¿todo bien?". Yo no dejaba de pensar en aquel galán de puerto, bello, alto, de buen cuerpo; seguro se la pasaba surfeando, por eso ese cuerpo cuidado. Yo me había hecho una imagen de él, más la que él nos vendió, del guía turístico que habla varios idiomas y lleva por todos lados a personas de diferentes nacionalidades. Empecé a sentir ese deseo de ser una guía turística e investigar en dónde estudiar esa carrera tan interesante.

Tenía que verlo de nuevo. Pasé esos días en mi casa pensando en él y ya se me hacía una necesidad el verlo. Yo sabía que podía olvidarlo, solo debía dejar que pasaran unas cuantas semanas, pero mis emociones y esas ideas de que si era una oportunidad que la vida me estaba dando para conocer a un hombre bueno y la estaba desperdiciando, no se me quitaban de la cabeza y mi cerebro repetía de nuevo: "¿Y si era un hombre bueno?". Podría ser mi futuro esposo. Yo era una mujer muy joven e inexperta, pero yo oía siempre a mi mamá y a otros decir que la oportunidad en la vida solo se daba una sola vez. ¿Y si esa era una oportunidad y la iba a dejar escapar?

Agarré otra vez mi mochila y, con una idea en la mente, llena de dudas, deseos y miedos, le dije una mentira a mi mamá, de que pasaría varios días con una amiga con la que habíamos quedado en eso la vez pasada. Mi mamá me dejó ir con la última palabra de ella:

—Cuidado, pues…

Era su manera de decirme que tenga cuidado donde vaya y de lo que haga. Agarré un bus en la terminal y me fui, pero más lejos de dónde vivía esa amiga mía; me fui rumbo a la playa, a ese lugar donde vivía la familia de una de mis amigas y nos negó hospedaje. Yo podía pagar un cuarto para mí sola en el mismo hotel de la vez pasada; no conocía el lugar, tenía que caminar por los mismos pasos que había caminado la vez anterior.

Fui a la playa y lo vi hablando con unos pescadores; él me vio y se acercó. Yo estaba emocionada, alegre, feliz, sonriente, y él también me sonrió y lo abracé. Él me dio un beso en la boca; su boca era suave, olía a colonia, y sus ojos eran negros, expresivos, y los miré tan de cerca que sentía que se me iba el oxígeno, me iba a desmayar. Sentí mi fragilidad siendo abrazada por aquellos brazos fuertes y él sintió mi frágil cuerpo y brazos abrazarlo. Esos días junto a él fueron unos días hermosos. Mi mamá quería cuidar mi inocencia, no quería que cualquiera se burlara de mí, pero mi inocencia la dejé en ese hotel que pagaba yo.

Tenía que volver a mi casa; las llamadas de mi mamá se volvieron molestosas y mis mentiras eran más elaboradas y mi mamá me dejaba pasar más días en “la casa de esa amiga mía". Mi mamá no sabía nada de dónde estaba yo y mi amiga no sabía de mi mentira. Pasó una semana rápida y muy feliz en ese cuartito hermoso de aquel hotel playero. Tuve que regresar; yo no quería volver, pero mi mamá era muy fastidiosa en cada llamada. Ese celular yo lo quería enterrar dentro de la arena y también a sus reclamos de ¿por qué lo tenía apagado?

Me fui; fue un largo viaje y triste. En esa playa quedaba una parte mía y desde mi casa le hablaba todos los días, a cada rato por el celular, y él siempre se mostraba paciente, era amoroso y se mostraba con cada palabra tierna interesado en mí. Un día no me respondió; el celular repicaba y repicaba y nada. Pasó otro día y el celular de él estaba apagado, ya no repicaba, y pasa otro día más y otro y otro y me desesperé, agarré mi mochila y me iba a ir y me detiene mi mamá:

—¿A dónde vas, hija? ¿Por qué tan seria? ¿Te peleaste con alguien?

Mi mamá vio en mí una cara de disgusto, pero también cargaba angustia, y le dije que pasaría unos días con mis amigas y que también debía resolver un chisme que salió en contra mía y quería resolverlo. Mi mamá no quería dejarme ir porque podrían salir problemas, pleitos y hasta peleas físicas, si la cosa era fea; insistí y me fui, la dejé preocupada y no me importó; yo tenía algo que me carcomía por dentro y temía que “mi novio" estuviera con otra.

Llegué al mismo hotel, me dieron un cuarto que podía ver el mar; era un poco más caro, pero yo quería tener vista a la playa donde lo conocí. Lo busqué por todos lados y no lo encontraba. Pregunté a los pescadores, aquellos con los que lo vi hablando aquella vez, y uno de ellos me dijo que él estaba con su esposa.

—¿Quééé?, ¿esposa?

El pescador me vio que me puse pálida y podía desmayarme y me hizo sentar y le dijo al otro pescador, porque eran varios que estaban sentados:

—Esta muchacha está mal y se puso fría…

Sí, estaba mal y me había puesto fría; estaba sentada encima de una roca o lo que parecía que alguna vez fue una pared de una casa. Eran pescadores que estaban arreglando o desenredando una red de pescar gigante y uno de ellos, color prieto por el sol, busca mirarme y dice:

—¿No sabes nada de él, verdad? Las muchachas jóvenes son muy inocentes, son fáciles de engañar.

Los otros pescadores no se metían en la conversación, pero él, que me sentó, reparaba o desenredaba la red de pescar. Me decía que él tenía una esposa y dos niñas pequeñas y un varón y señalaba bruscamente hacia la derecha y volvía a desenredar la red y seguía diciendo que él ahora estaba con ellos.

Le conté que me dijo que era soltero, que la soledad lo tenía cansado, que era guía turístico; no me dejaron terminar la palabra de guía turístico, que se echaron a reír todos y él, que sacó la cabeza para verme porque el pescador que estaba sentado a la izquierda de él, a la derecha mía y fue el que me sentó en los escombros, me tapaba toda con su cuerpo porque era un hombre mayor, bastante grande y quemado por el sol. Él, que tenía que sacar la cabeza para poder verme, me dijo:

—Él lo que es, es un pescador más como nosotros y no es un guía turístico.

Yo le dije que pensé que su color lo había adquirido por ser surfista y todos se echaron a reír con unas carcajadas fuertes de esas que son bien naturales. Yo me sentía la burla de ellos y de él hombre al que yo había entregado mi inocencia.

Ellos no quisieron darme la dirección exacta de donde él vivía con su familia, tal vez para no echarse algún problema encima, pero yo estaba decidida a ir y ver con mis propios ojos lo que estos me habían dicho y me fui caminando por la hilera de casas construidas por los mismos lugareños. Seguí aquellas señas toscas que hizo al principio el pescador que me cubría con su torso, él que desenredaba la red de pesca.

Llegué hasta el último rancho playero después de pasar casas terminadas de ladrillos y cementos y casas de latas. Llegué a la última casa de lata y lo vi sentado con un niñito abrazado a él como de un añito y otras dos más grandecitas (sus hijas), jugando con tierra o con algo en el suelo y una mujer joven adentro, en trajes cortos muy refrescantes, y él ahí sentado bajo una palmera de cocos amarillos, dándole calor corporal a un niño de un año.

Las lágrimas se me salían solas, contenía una ira por dentro, sin saber que hacer, entrar en esa casa y desembocar mi furia contra él sin importarme que está esa otra ahí y esa es una propiedad privada o prender fuego a esa casa de lata, un viento frío choco contra mí a pesar de el sol que hacía y paso por todo mi cuerpo, era un viento raro que me saco de mis pensamientos locos y me hizo entrar en juicio y recordar las palabras de mi mamá, el de no buscar problemas por ahí en la casa de mi amiga —la que no sabe nada.

Con mis lágrimas corriendo por todas mis mejillas regresé a donde estaban los pescadores liberando esa red de sus nudos y haciendo reparaciones y me hablaron, me llamaron:

—¡Venga acá!, ¡Mire, joven, venga!

Yo seguí de largo con mis lágrimas chorreando por mi mejilla; parecía que había abierto el grifo de las lágrimas. Llegué al hotel, los del hotel me vieron llorar y pasé como una bala, por al frente de la recepción y por el pasillo; no quería ver a nadie, ni pararme por nadie, ni saber que nadie existe.

Dentro del cuarto, odié a la otra que no sabía nada de mí, a sus hijos, a ese rancho de lata, lo odié a él. Estaba en la cama con mis lágrimas mojando toda la almohada que apretaba con ira, rabia y todo tipo de emociones y mi maquillaje que tanto le dedique tiempo quedó embarrado en el forro de la almohada, apretaba las sábanas con rabia, de mis ojos salía fuego, con cada recuerdo de ese rancho, de la otra que se veía normalmente feliz y de esos niños, y del “MALDITOOO”…

Lo odie tanto... Mi celular sonó, era la voz de mi mamá, su voz en mi tormenta se oía dulce, protectora, con mucha sabiduría, aunque ella no sabía nada, me dijo que estaba muy preocupada por mí, que eso no era de buena hija dejar a una madre preocupada, que regresará, que eso eran chismes y peleas de niñas y no hiciera caso y volviera para ella estar tranquila. Agarré mi mochila, salí de ese hotel y busqué el terminal de pasajeros y me fui en un largo, aburrido, amargo y desagradable viaje de vuelta a casa, cuando llegué estaba cansada, fue el viaje más largo y amargo de mi vida.

Cuando llegué busqué a mi mamá y lloré amargamente en sus piernas, ella estaba sentada viendo la televisión y me preguntó que pasó y le respondí una mentira de un chisme que se había disparado por facebook y me involucraron. Por mucho que preguntó no respondí más y me fui a dormir. Toda la noche con los ojos abiertos, sentía un profundo sueño interno por el cansancio de ese viaje largo, pero no podía dormir mis ojos estaban abiertos como faroles y mis pensamientos no cesaban.

Mi mamá se había quedado tranquila porque me encontraba en casa y consideraba que ese pleito de un chisme de amigas de facebook, de una selfie, de que sé yo que le dije, era solo cosas de niñas grandes y tontas, hay peores cosas en este mundo donde si hay que llorar, sufrir y pelear.

Esa noche fue la más larga de mi vida; no podía dormir, pero sí podía recordar una y otra vez lo visto, cada ángulo, cada posición, cada imagen. El rostro de la mujer no se lo pude ver bien porque estaba dentro de la casa, bajo techo, pero sí vi que era joven, en mi rabia muy natural, yo la menospreciaba y desvalorizaba, para mí era una mujercita fea de orillas de playas, yo soy de ciudad, soy mucho mejor... Eran mis pensamientos lógicos, porque mi autoestima y sentimientos habían sido pisoteados.

Al día siguiente tenía feas ojeras mi mamá abrió la puerta del cuarto para que vaya a desayunar y me dijo que olvidará eso, que son peleas tontas y me dijo que estaba hecha un espanto con esas ojeras feas por una pelea ridícula, que corte con su amistad y ¡ya!

Duré tres días de luto sentimental y mientras más pasaban los días el llanto interno seguía ahí, mi espíritu lloraba por dentro, mis ojos de vez en cuando lloraba por fuera porque me estaba quedando seca de lágrimas, hasta que a la semana y media él me llamo, sentí una emoción inmensa y recibí la llamada, era su voz masculina, hermosa, pero no respondí, solo quería oírlo, de mi boca no salía sonido alguno, había quedado muda, no reclamé, no forme líos, solo se oía mi respirar porque así me lo dijo él:

—Te oigo, sé que estás ahí, ¡respóndeme!…

No respondí, creo que él ya sabía que lo descubrí todo, seguro se lo dijeron esos pescadores. Le corté la llamada y apagué el celular. Y me acosté en la cama a pensar, a recordar su voz que me tenía idiotizada.

No quería ser el plato de segunda mesa, quería que él dejara a esa otra y se quedará conmigo, si me llamó, es que le importó. Él sabía a dónde vivía; yo le había dado hace tiempo mi dirección y esperé a que viniera, pasó una semana, otra y otra y no se apareció nunca. Él no iba a hacer ese viaje tan largo por mí, pero si llamaba y yo no le respondía.

Yo sí lo quería, pero no sé si lo amaba, porque si lo hubiera amado, no me hubiera importado ser el plato de segunda mesa para él. Como él no venía, significaba que no era muy importante para él como para gastar tiempo y dinero viajando para verme y eso me hizo pensar con lágrimas y rabia y todo lo que me daba en ese momento, que yo cortaría con él y que él tenía que volverse un mal recuerdo en mi vida y solo eso.

Le mandé una carta desde mi celular, no quise hablar porque se me iba a cortar la voz e iba a empezar a llorar, y le escribí:

Lo siento, Miguel, me equivoqué contigo, no puedo ser novia de un pescador; eres muy agradable, pero insignificante para mí. He conocido un hombre de ciudad e importante que hace juego conmigo; es dueño de una empresa y, como puedes ver, no puedo dejar de comer caviar por comer sardinas contigo, que no eres nada ni nadie. Sigue tu vida y sé feliz, porque mi vida es muy valiosa y ya encontré al hombre ideal, tú solo eras un pasatiempo.

Fue una carta llena de rabia e irá, pero inteligentemente escrita para que no se dé de cuenta que con esas palabras buscaba que se muriera de rabia, la misma rabia que me hacía retorcer a mí por dentro.

También en mis momentos de recaída por ese amor pensaba y si el solo estaba de visita viendo a sus hijos sentado en el patio debajo de esa palmera y si esa familia había pasado a ser parte de su pasado y no le di chance de explicarme, de defenderse, ¿y si cometí un error? Ese pensamiento lo tengo aún conmigo en mi alma, ya ha pasado tiempo, pero me queda la intriga de pensar ¿y si solo estaba de visita en ese mal día? ¿Y por qué en esa semana no me respondía?, ¿y por qué su celular estaba desconectado?

Cuando le mandé la carta, fui rápido a cambiar el número telefónico; no supe nada de él y no vino jamás a mi casa a verme, y aun sabiendo la dirección. Eso me daba más rabia, ¿acaso no merecía que viniera a formarme un lío por la carta hiriente que le escribí? Pero no podía; eso indicaba que si estaba con la mamá de esos niños.

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