Escúchame, tú que me llamas loca, ¿no has sentido alguna vez que el aire se vuelve demasiado denso para ser respirado, que las paredes de tu propia casa se cierran sobre ti con una familiaridad aterradora, te he llamado porque mis manos ya no pueden sostener el peso de este silencio, un secreto no es solo una omisión de la verdad, es un parásito que se alimenta de la vitalidad del portador, y el mío, mi querido confesor, es un monstruo de proporciones colosales que duerme en el centro de mi pecho, me preguntas por qué este secreto morirá conmigo, por qué no busco el alivio de la confesión pública, y la respuesta es tan simple como macabra: porque la verdad no me haría libre, solo me convertiría en la última pieza de un rompecabezas que nadie debería completar, todos ven en mí a la mujer solitaria que cuida el jardín de la vieja mansión, pero nadie sabe que las flores crecen con una fuerza sobrenatural porque se alimentan de una culpa que no tiene nombre, de una sombra que yo misma invité a quedarse, todo comenzó en un invierno de una blancura cegadora, cuando el frío parecía cristalizar hasta los pensamientos más íntimos, yo vivía con mi hermana, la dulce y frágil Eleonora, cuya belleza era de esa clase que parece anunciar una partida prematura, ella era la luz de mis ojos, pero también era la cadena que me ataba a una vida de sacrificios y renuncias, su enfermedad no era de este mundo, era un mal del espíritu que la consumía lentamente, dejándola traslúcida como el papel de fumar, y en mi desesperación, en mi amor deformado por el cansancio, empecé a leer libros que no debían ser abiertos, volúmenes de lomos agrietados que hablaban de la transmutación de la vida y de cómo el alma puede ser anclada a la materia si el sacrificio es lo suficientemente puro.
No lo hice por maldad, lo hice porque no podía concebir un universo donde Eleonora no estuviera para reflejar mi propia existencia, la noche que ella dejó de respirar, el silencio de la habitación se volvió un grito ensordecedor, y fue entonces cuando cometí el acto que ha sellado mi destino, no llamé al médico, no preparé el sudario, en cambio, encendí las velas de sebo negro y recité las palabras que el libro me había enseñado, palabras que se sentían como ceniza en mi boca y que parecían retorcerse en el aire frío de la alcoba, el secreto, el verdadero secreto que nadie conoce, es que Eleonora no se fue, su cuerpo yace bajo los tablones de mármol del salón principal, pero su presencia, su esencia distorsionada, habita en cada rincón de esta casa, la ceremonia no fue un fracaso, pero tampoco fue el milagro que yo esperaba, lo que traje de vuelta no era mi hermana, sino un eco hambriento que se manifiesta en los momentos más inoportunos, a veces escucho el roce de su seda contra las paredes, un sonido sordo que me sigue de habitación en habitación, otras veces encuentro sus huellas húmedas en el pasillo, aunque las ventanas han estado cerradas por meses, la gente del pueblo dice que soy una santa por guardar luto durante tanto tiempo, que mi devoción es un ejemplo de virtud, pero si supieran que mis oraciones no son para su descanso, sino para que no logre salir de su encierro de piedra, me quemarían en la plaza pública.
La culpa es un reloj que no deja de sonar en mis oídos, un tic-tac constante que me recuerda que por cada día que ella pasa en esa penumbra, yo pierdo un fragmento de mi cordura, te preguntarás por qué no me deshago de ella, por qué no rompo el hechizo y dejo que el polvo vuelva al polvo, y aquí es donde la verdadera oscuridad de mi alma se revela, no puedo hacerlo porque la amo más de lo que temo a la muerte, ver su sombra moverse tras las cortinas me da una compañía que prefiero a la soledad absoluta de la verdad, he convertido mi hogar en una cripta viviente y a mí misma en su guardiana perpetua, el secreto morirá conmigo porque si alguien más supiera lo que hay bajo el mármol, tendrían que destruirla, y yo no puedo permitir que ella muera por segunda vez, prefiero cargar con el estigma de la locura, prefiero que me encuentren fría y sola rodeada de mis flores extrañas, a dejar que el mundo toque la reliquia de mi pecado, a veces, cuando la luna llena se filtra por los ventanales, escucho un golpe seco, rítmico, desde debajo del suelo, es ella, recordándome que el pacto sigue vigente, que mi silencio es el aire que ella respira en su tumba de cristal, y yo me arrodillo sobre las piedras frías y le susurro que no tema, que nadie entrará jamás, que yo seré su escudo hasta que la tierra roja nos reclame a ambas.
Imagínate el suplicio de los días largos, donde cada crujido de la madera parece una acusación, donde el viento que se cuela por las chimeneas imita su voz llamándome por mi nombre, Leonella, Leonella, ese susurro que se enrosca en mi nuca como una serpiente de hielo, he pasado años puliendo ese mármol, frotando la piedra hasta que brilla como un espejo oscuro, pero lo que veo reflejado no es mi rostro, sino una versión marchita de la mujer que solía ser, mis ojos se han vuelto extraños para mí, tienen el brillo febril de quien ha visto lo que hay más allá del velo y no ha podido olvidar la visión de la nada, mis manos, antes hábiles para la costura y el dibujo, ahora solo saben cavar en la tierra roja del jardín y sostener velas que se consumen en la oscuridad del sótano, he dejado de recibir visitas, he tapiado las puertas del ala este, he dejado que la hiedra devore las fachadas para que el mundo se olvide de que aquí aún late un corazón, o mejor dicho, dos corazones que ya no deberían latir.
A veces me pregunto si el sacrificio fue suficiente, si el libro decía toda la verdad o si simplemente me vendió una ilusión de compañía a cambio de mi alma eterna, porque la Eleonora que camina por mis sueños no es la niña de cabellos de oro, sino una figura de humo y ceniza que me mira con una tristeza infinita, una tristeza que me hace dudar de mi supuesta misericordia, ¿fue amor lo que me impulsó o fue un egoísmo tan vasto que no pude soportar el silencio de mi propia soledad?, la respuesta se esconde en los golpes que vienen del subsuelo, cada vez más fuertes, cada vez más exigentes, como si el mármol ya no fuera suficiente para contener su deseo de volver a la luz, pero la luz la destruiría, la luz revelaría la monstruosidad de mi obra, y yo me niego a que el mundo la vea así, prefiero que me odien por mi hurañía a que la miren con el horror que yo misma siento cuando la sombra se proyecta contra la pared de mi dormitorio.
La razón última de mi silencio es que he empezado a sospechar que yo también estoy cambiando, mis dedos se sienten fríos incluso frente a la chimenea, y mi reflejo en los espejos parece volverse más tenue con cada estación que pasa, temo que el secreto me esté consumiendo físicamente, que me esté convirtiendo en una extensión de ella, si confesara, si revelara el lugar y el momento de mi transgresión, el vínculo se rompería y yo me desvanecería en la nada antes de que el último sonido de mi voz llegara a tus oídos, por eso este es el único secreto que nunca revelaré, es la fuente de mi vida y la causa de mi muerte, una paradoja de amor y horror que solo una mente como la mía puede sostener, no me mires con esa lámitas, no busco tu redención, solo quería que alguien supiera que en esta casa no vive una mujer, vive una promesa que se niega a romperse, una historia de amor forjada en el lugar equivocado de la existencia, donde la vida y la muerte se dan la mano en una danza macabra que no tiene fin, ahora vete, déjame con mi silencio y con el latido que empieza a subir desde el suelo, el secreto está a salvo, enterrado bajo el peso de la tierra roja y el mármol, y así permanecerá hasta que el tiempo se detenga y las sombras nos devoren a todos.
He pasado noches enteras midiendo el grosor de la piedra, temiendo que sus dedos, ahora hechos de algo que no es carne, logren encontrar una fisura, una grieta por donde escapar, pero lo que más temo no es su huida, sino su silencio, porque el silencio significaría que se ha ido definitivamente, que me ha dejado sola en este mausoleo que construí para las dos, y no sé qué es peor, si vivir con un fantasma que golpea el suelo o vivir con el vacío absoluto de quien ha perdido hasta su propio pecado, mi existencia se ha reducido a este juego de vigilancia perpetua, a esta oración impía que recito cada vez que el sol se pone, el mundo sigue girando afuera, las estaciones cambian, la gente nace y muere con la naturalidad de las hojas que caen, pero aquí, bajo este techo, el tiempo es un fluido espeso y estancado, un pantano donde mis recuerdos y mis miedos se mezclan hasta volverse indistinguibles, soy la guardiana de una verdad que nadie quiere escuchar, la carcelera de un amor que desafió a las leyes naturales y que ahora paga su osadía con una eternidad de penumbra, no me hables de perdón, porque el perdón requiere arrepentimiento, y yo no me arrepiento de haberla amado tanto como para condenarme con ella, solo me arrepiento de que el mármol sea tan frío, de que la tierra roja sea tan pesada, y de que mi voz sea la única que puede contar esta historia antes de que el silencio absoluto lo reclame todo.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.