
Por Aneudy Valdez R.
En la torre corporativa de Grupo Nexa, donde los pasillos olían a café recalentado y las impresoras rugían como bestias cansadas, se gestaba una tensión invisible. Nadie lo decía en voz alta, pero todos sabían que entre departamentos había Guerra Fría. Y en el centro del conflicto: Marisela, gerente de contabilidad, y Iván, el gerente de informática.
Iván tenía una debilidad conocida: los dulces. En cada reunión, aparecía con un bolón en la boca, como si fuera un niño disfrazado de ejecutivo. Marisela lo observaba desde su rincón, con una sonrisa que no llegaba a los ojos. Ella no olvidaba que Iván había bloqueado su acceso a los informes confidenciales, alegando “protocolo de seguridad”. Desde entonces, cada bolón que Iván chupaba era una provocación.
Una tarde, Marisela entró al área de TI con una caja de cartón decorada con cintas rojas. “Para ti, Iván. Un regalo por tu eficiencia.” Dentro, un bolón rojo brillante descansaba sobre papel encerado. Iván, halagado, lo tomó sin sospechar. Lo giró entre los dedos, lo olió, y lo llevó a la boca.
Pero algo cambió.
No fue veneno. Fue código.
Marisela había escondido un microchip dentro del bolón, diseñado por un hacker freelance. Al activarse con la saliva, el chip liberó un virus silencioso que se infiltró en el sistema de Iván, borrando registros, alterando balances, y dejando rastros que apuntaban a otro culpable.
Iván no murió. Pero su reputación sí.
Marisela, con su sonrisa intacta, regresó a su oficina. En su escritorio, otro bolón la esperaba. Esta vez, de sabor menta. Porque en Grupo Nexa, el veneno no siempre mata. A veces, solo reescribe la historia.




¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.