A pesar de habitar todos un mismo espacio, de respirar un mismo aire y de doler por las mismas cosas, conectar con una persona a un nivel que supere las expectativas sin ninguna anticipación es todo un misterio. Es un misterio cómo, entre tantas almas, tanta música, tantos libros, tantos lugares y sabores, pueden existir seres que, sin ser iguales, funcionan de una manera que hace que lo ideal deje de ser perfecto. Sin embargo, en medio de todo ese misticismo Silvio Rodríguez dijo “los amores cobardes, no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí, ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar” (Óleo de mujer con sombrero).
Y lejos de esa valentía que implica hablar a un extraño con la esperanza de que sea todo menos extraño, la valentía es reconocer la humanidad de ese otro y de sí mismo. Es oponerse tanto a la cotidianidad de los días buenos, malos o simplemente días, como a la animalidad del egoísmo, del deseo y del afán. En una era que, completamente agotada de ver el amor como algo que solo duele, pone banderas rojas sobre detalles minúsculos como protección del amor propio, se desdibujan por completo los límites del amor que puede valer la pena. Que luchar por amor no implica violencia.
La humanidad es ese aspecto que hace de las personas seres volátiles. Identidades que se transforman y que a pesar de que su esencia nunca se pierda, su exterior puede devenir en lo que la vida haga con ellas. Amar es, entonces, reconocer esas transformaciones y poder develar lo que existe detrás de ellas. Krzysztof Kieślowski, director polaco, en 1993 dio inicio a la trilogía de los 3 colores. Tres películas, Azul, Blanco y Rojo, que simbolizan los ideales revolucionarios franceses: la libertad, la igualdad y la fraternidad. La segunda entrega, Blanco (la igualdad), es justamente el desencuentro amoroso entre Karol y Dominique. Un matrimonio que se divorcia debido a la imposibilidad de consumarlo por parte de Karol. En medio de un juicio humillante y una acusación de incendio en el local que ambos poseían, Dominique da cierre a su matrimonio. Karol, un polaco indocumentado, huye como puede a Varsovia a recomenzar. Sin embargo, este nuevo comienzo no se establece en la distancia sino en la venganza como mecanismo para alcanzar esa igualdad. En un final lleno de engaños conseguidos y sentimientos no explorados, Dominique termina en la cárcel al ser acusada de haber asesinado a su esposo para quedarse con su fortuna, Karol, vivo y con su plan de venganza culminado, ve a Dominique por los barrotes de su celda con una promesa de futuro.

A la idea de desencuentro este film le suma el concepto de la igualdad como una manera de mantener el balance para alcanzar ese equilibrio que abre paso a un amor auténtico. El desencuentro usualmente habla de un carácter en el que la imposibilidad de que dos personas estén juntas está motivado por un factor externo, es decir, ninguno de los dos implicados en la relación es el villano y el otro la víctima. El tiempo, el espacio y las memorias son las causas de la imposibilidad. Pero lo que ocurre en este film es justamente que ambos son villanos y víctimas del otro. Dominique humilla a Karol por su imposibilidad de consumar el matrimonio, Karol condena a Dominique a prisión haciéndola parecer su asesina. Dos personas que se lastimaron a punto de no poder relacionarse con amor sino con la enemistad. El relato además no ahonda en un desencuentro en el que cada quien carga con un pasado que lo hace ser villano, se habla de estas motivaciones personales y egoístas que motivan a cada uno en una relación y que, en este caso, devienen en que el equilibrio haga que puedan encontrar nuevas formas de amarse, o de hacerse daño desde una especie de empate.
El film de Kieslowski explora el amor desde ese después del amor, como audiencia es posible acercarse a lo que ocurrió en esta relación solo como un testimonio de los personajes que se establece desde el desamor que corresponde al terminar la relación. Esta trama del posteriori resignifica la importancia del pasado en la cual los personajes pueden encontrar el valor que puede tener el presente en correspondencia con eso que se decide recordar. Por ejemplo, Karol en el film no muestra un recuerdo de esa escena del estrado en la que su esposa le dice que ya no lo ama. Su recuerdo viaja constantemente por la imagen del rostro de ella cuando recién salían de su boda. Esta agencia que existe sobre la memoria hace que la idea de igualdad y, como consecuencia, reciprocidad, se vuelva algo completamente subjetivo. ¿Sobre qué aspectos de lo que damos esperamos recibir algo equivalente? En el caso de Karol y Dominique todo parece indicar que esa mirada del amor puro necesitaba encontrar una forma de que los ojos no tuvieran culpa. El “acto de amor” de Karol es una forma de saldar las culpas al hacerle algo más doloroso a ella a pesar de que esto rompa su corazón. Limpia en ella el dolor que le causó a él para poder encontrar detrás del rencor algo de amor.
Todos estos cambios que atraviesa el personaje de Karol se vuelven decisivos en la manera en la que reconfigura su propia identidad con el fin de acercarse más a Dominique. De esta manera, el amor es un sentimiento líquido en el que esa vulnerabilidad plantea a las personas desde un carácter moldeable en el que ese camino de amar experimenta una serie de cambios e incertidumbres. Kieslowski cuestiona el amor como motivo no solamente de felicidad y armonía, sino desde esa figura del amante que padece ese amor.
El comienzo de este plan de Karol es un busto en yeso que compra de una tienda de segunda mano. El director, quien de por sí usa los símbolos con maestría, utiliza este busto como manera tangible de traer la memoria. Karol desde su situación de periferia tanto como polaco en París como de amante que no es amado, usa este busto para cargar el dinero de manera desapercibida. Así, cuando lo ve a lo largo de su plan parece ser un recuerdo de ese punto de inflexión en que el amor se agrieto para dar paso a esta venganza y dolor. En esta escena se evidencia este acto de la contemplación como un símil al desencuentro, se contempla desde la distancia y la ausencia del otro, se plantea esa belleza de la mujer que amó pero que al no recibir esa mirada de vuelta parece tener nuevamente el impulso para llevar la venganza a cabo. Karol en ningún momento duda sobre sus intenciones y poéticamente antes de dar fin a esta serie de requisitos consuma un matrimonio terminado como una muestra tanto de esperanza como traición.


Lo que presenta Kieslowski no es necesariamente un descubrimiento positivo en el que encontrar el amor hace que las personas puedan ser mejores. Muestra cómo estos desencuentros amorosos y esta necesidad de recibir del otro algo auténtico despojan a alguien de sí mismo con la esperanza de despertar en otro un sentimiento que por más que sea odio, sería mejor que el sentirse olvidado. Que la personal termine en una promesa y no en el futuro es una muestra muy poderosa de lo que significa el desencuentro del amor, dos personas que deben confiar en que el presente es suficiente y en que el amor es líquido: se derrama, se condensa y se destruye.




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