El primer largometraje de la directora argentina Marlen Grinberg, trata de los secretos de familia que cambian destinos, de esos hechos de los que ya no se habla y que se descubren de a poco sólo si son necesarios.
Inicialmente los personajes parecen ofrecer un escenario cliché, de menor de edad sumisa y pariente mayor autoritaria, aisladas en una enorme casa, a la que llegará la madre e hija respectivamente, acompañada de un hombre que la cuida. Cada una es un tiempo y en el corto período de la visita, todo cambia sutilmente hasta notar que ni la una es tan sumisa, ni la otra es tan arpía.
El recurso para hablar de los secretos que causaron las tensiones presentes, son fantasmas y flashbacks, en un juego, en el que al menos para Emma, la abuela, están en el presente.

La fotografía es preciosa porque el paisaje alrededor de esta casa aislada es bellísimo. Bailan en interiores con mucha luz, pero también hay campo y hay agua. Además de las tres mujeres y el hombre que hace su trabajo, acompañando al tiempo intermedio (Bárbara), son personajes la poesía, la mitología , el baile y la aparente necesidad de querer seducirse entre ellos.
En las noches el color cambia, no sólo por la oscuridad, aunque la casa no resulta tan sombría. Se valora que en tiempos de la narración verbal excesiva o la explicación constante de Netflix, el poco diálogo invite a deducir, en tiempos de Netflix y de todo explicado es bálsamo.
Las dos mujeres menos relevan sus tiempos y el factor más importante en el desarrollo de los personajes será la emancipación a través del baile.


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