
El Rey Maldito
Mientras el humo de un cigarro barato y húmedo inunda el ambiente de la habitación sórdida y en penumbras donde paso mis días, el silencio se vuelve absoluto. Es una quietud espesa, casi sólida, que se adhiere a las paredes descascaradas y con l moho. En este encierro voluntario, no hay ruidos de televisión, ni radio, ni el parpadeo constante de un móvil que me conecte con un mundo que ya no reconozco. Solo escucho esa voz, una frecuencia grabada en el aire mismo de mi conciencia, que me repite una y otra vez rebotando entre las paredes, como un mantra doloroso: “Te quiero, mi amor”. Es un susurro que me corta la respiración, un eco que proviene de un tiempo que ya no existe, pero que es lo único real que me queda.
Mi vida se detuvo en ese preciso instante, en esa inquietante y pequeña porción de tiempo. Exactamente cinco minutos. Me pregunto y vuelvo a preguntarme, mientras miro las volutas de humo gris elevarse hacia el techo manchado mie tras se escuchan unos ratones urgan por los rincones buscando comida ¿qué son cinco minutos en la incalculable línea de tiempo del universo?. Para la física, para la vasta maquinaria de las galaxias y el vacío, no son nada, un parpadeo imperceptible. Pero para mí, esos trescientos segundos son todo lo que pienso, todo lo tengo, el aire que respiro y lo único que vivo cada día que amanece. Soy un prisionero de un fragmento de tiempo que se repite en un bucle eterno.
Aquel invierno fue especialmente crudo, una prueba de resistencia para nuestra voluntad. La nieve cayó con una abundancia que parecía querer sepultar el mundo entero, pintando el paisaje de un blanco hipnótico, gélido y deslumbrante. Esas montañas de cumbres afiladas, los ríos de aguas bravas que rugían incluso bajo el hielo y los extensos bosques profundos eran todo lo que necesitábamos para sentirnos vivos. Éramos nosotros dos, nuestro amor, fundidos con la naturaleza, aceptando sus leyes crueles y su belleza indiferente; así habíamos decidido que fuera nuestras vidas. Pocas veces bajábamos al pueblo, que quedaba a cincuenta kilómetros de nuestro hogar, aislados por voluntad propia en nuestra pequeña fortaleza de madera que crujía bajo el peso del viento sur. Éramos soberanos de nuestra propia soledad.
Cuando la primavera comenzaba a asomar con sus brotes tímidos y los días extendían sus horas solares sobre los valles, empezaba nuestra tarea crítica de recolectar suministros para alimentarnos y almacenar para el invierno siguiente. Era una danza de supervivencia. Entre esas labores fundamentales estaba la caza de ciervos, que eran abundantes en estas tierras indómitas. Aprendimos a leer sus rastros, a entender sus rutas. Si se esperaba con paciencia a que empezaran a engordar tras el deshielo, proveían carne suficiente para meses de estofados y ahumados. Además, el cuero era de una utilidad innegable para reparar nuestra vestimenta y las astas resultaban muy valiosas para los artesanos del pueblo, quienes nos pagaban con granos, pólvora, tabaco y alguna que otra cosa que nos hiciera falta.
El humo de mi cigarro dibuja ahora el sendero en el aire, una línea gris que serpentea entre las sombras... y ahí aparece ella, como un fantasma que inicia una vez más la secuencia de aquel día fatídico. Es una película en un bucle infinito que ahoga mi pensamiento una y otra vez.
Cinco minutos... ¿Qué son cinco minutos?.
Salimos al alba, como era nuestra costumbre, cuando el aire todavía quema los pulmones y la luz es una promesa incierta. Fuimos hacia la laguna, montaña arriba, un lugar que considerábamos nuestro paraíso particular y que muy pocas personas conocen. Existe una sola forma de ingresar a ese santuario: a través de un frondoso bosque de cipreses que, como custodios silenciosos y milenarios, ocultan un pequeño pasadizo entre las rocas. Ese estrecho desfiladero, apenas una hendidura en la piedra, da paso al corazón de la montaña, revelando un paisaje que la naturaleza parece haber pintado con una dedicación única, casi sagrada.
En ese lugar sagrado suelen abrevar los animales de la zona: los astutos zorros, jabalíes , liebres y, por supuesto, los ciervos. Es común encontrarlos allí, entregados a la paz del manantial, bebiendo el agua transparente y cristalina que brota directamente de la roca mágica. Esa concurrencia de vida lo convierte en un sitio privilegiado para los depredadores, como los pumas que acechan desde las alturas, y para nosotros, que encontrábamos allí nuestro sustento y nuestra conexión con lo salvaje.
Llegamos con los primeros rayos del sol de esa maldita mañana, cuando la escarcha todavía brillaba sobre las piedras. Allí estaban, como una visión: una manada de ciervos de al menos treinta individuos moviéndose con una gracia ancestral. Entre todos, uno destacaba con su presencia casi sobrenatural que cortaba el aliento. Estaba recortado contra el cielo azul intenso, abrazado por la luz dorada del amanecer como si de una pintura al óleo de una divinidad antigua se tratase. Era un enorme y orgulloso macho de al menos cuatrocientos kilos, coronado como un majestuoso rey con un par de astas de veinte puntas que se ramificaban como ramas de un árbol en invierno. Su porte, sumado a la imponente cornamenta, lo elevaba a más de dos metros y medio de altura, convirtiéndolo en el ejemplar más grande que hubiésemos visto en todos los años que llevábamos morando en esas tierras. Era el espíritu de la montaña hecho carne.
El rey, el maldito... él fue mi objetivo. ¡Fui un estúpido cegado por el ego, un idiota que quiso poseer esa belleza!. Ella, siempre prudente, se quedó oculta entre la maleza para no asustar a la manada con el menor ruido, mientras yo trepaba sigilosamente por las piedras para acercarme y asegurar un blanco limpio. Quería que fuera rápido, un impacto instantáneo que tomara una vida para mantener las nuestras, sin sufrimiento innecesario. A unos veinte metros de la bestia, me sentí seguro, dueño del destino. Me aposté sobre una roca que formaba un ángulo con otra, con el viento de frente para que no advirtieran mi rastro ni mi olor. Apunté directamente al corazón. Era imposible fallar a esa distancia. Estabilicé mi respiración, sentí el latido de mi propio pulso en el gatillo y... ¡pum!.
Hoy estoy convencido de que ese animal era el mismo demonio encarnado. ¿Cómo pudo ser tan rápido para moverse, para desafiar las leyes de la física?. El rey maldito, en un salto prodigioso que pareció suspenderlo en el aire, evadió mi disparo. La bala solo rozó su piel rojiza y él desapareció de inmediato en el bosque tupido, como si se hubiera disuelto entre las sombras de los cipreses. Al ver unas gotas de sangre fresca en el suelo, el orgullo me impulsó a seguir el rastro. Fue una persecución vana que me alejó del claro. Pronto comprendí que la herida era superficial, apenas un rasguño que no representaba peligro para la bestia, la cual ya estaría kilómetros lejos de mi alcance.
Volví derrotado, con los hombros caídos, buscando el consuelo de sus brazos, de quien siempre lograba que olvidara cualquier fracaso con una sola mirada. Pero el silencio que envolvió el claro al regresar fue el preludio del horror absoluto. No se escuchaba ni un pájaro, ni el viento en las ramas. Al llegar, la vi y el mundo se desmoronó. Estaba arrodillada sobre un manto rojo que empapaba la tierra que tanto habíamos amado. Se presionaba el estómago con desesperación, con sus manos pequeñas, intentando en vano retener la vida que se le escapaba entre los dedos como agua. Me miró con una ternura infinita, sin reproche, solo con amor puro. Susurró un último “Te amo, mi amor”, y su aliento se fue arrastrado por la brisa de la mañana, llevándose mi propia vida con ella.
Mi disparo fallido, aquel que debió terminar en el pecho del ciervo, había golpeado la roca lateral en un ángulo fatídico. La bala, guiada por una mano siniestra y caprichosa, rebotó con una trayectoria imposible para alcanzar a un ángel... a mi ángel. Fueron cinco minutos lo que tardé en desistir de mi persecución vana del animal. Cinco minutos que me faltaron para estar a su lado, para decirle que todo estaría bien, para decirle que la amaba como a nadie, o simplemente para decirle adiós antes del último suspiro. ¿Qué son cinco minutos en el infinito del universo?. Para mí, son el muro de la condena eterna; lo son todo.
Hoy ella descansa en nuestro paraíso oculto, formando parte de la tierra, de las flores silvestres y del agua de la laguna que tanto amamos. Yo, mientras tanto, me pudro en esta habitación, alimentando el humo de mis cigarros con los restos de mi alma. Me llevaré a la tumba el secreto de la ubicación de nuestra laguna para que nadie profane su paz, y la carga eterna de saber que yo, y solo yo, soy el responsable de la muerte de mi amada. Ese es mi secreto, mi condena.



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