El Super Bowl es el evento deportivo más importante de Estados Unidos, el más popular y que más llama la atención entre los gringos. Uno de sus principales atractivos es el show del medio tiempo del partido. Lo que empezó como una pequeña atracción en la década de los sesenta se convirtió con el paso de los años en un show musical con vida propia. Estrellas musicales de diferentes géneros dieron performances inolvidables tratando de superar la valla cada año.
En 2026, uno de los espectáculos más arraigados en la cultura popular del país sufrió una modificación considerable: el show de medio tiempo tendría como estrella principal a un hispanohablante, que no al primer latinoamericano. La presentación de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl puede ser un hito, pero antes de él estuvo Gloria Estefan en 1992 y Shakira en 2020. Él mismo acompañó a esta última junto a Jennifer López y J Balvin aquel año. Entonces, ¿por qué tanto revuelo con su presentación?
Bad Bunny ha tenido una carrera musical ascendente durante la última década, pasando de ser un reggaetonero más para convertirse en un ícono popular latinoamericano. Su éxito y popularidad no han pasado desapercibidos en el mercado estadounidense, y a diferencia de otros cantantes latinoamericanos, lo ha hecho sin la necesidad de versionar en inglés de sus canciones. El camino inevitable de Shakira, Ricky Martin, Maluma y demás ha sido evitado por Bad Bunny, incluso con un videoclip en español protagonizado por Los Simpson. Esa inserción suya en el ámbito gringo en medio de un contexto con políticas migratorias evidentemente agresivas contra los latinoamericanos en Estados Unidos lo ha posicionado como una imagen que representa la resistencia ante las acciones de un gobierno hostil. Esta retórica del artista alzando la voz ante los excesos del poder se asume de inmediato, sin embargo valen hacer unas precisiones. Bad Bunny - Benito - no es un artista, y eso no es un defecto para él sino una virtud, porque lo convierte en un mediador entre un discurso político y una audiencia expuesta e hipersensible, atenta a cada nuevo hit musical y a cada contenido suyo en redes sociales. Vale aclara también que, para fines prácticos, tiene ciudadanía estadounidense. Entonces la visión de su Puerto Rico natal, aquella que presenta en sus álbumes más recientes y en el show del Super Bowl de este año, no es tanto la de una nación soberana sino la del Estado Libre Asociado, con voz y apenas voto, que clama que su identidad sea reconocida como parte del crisol étnico y cultural que tanto irrita al común de los estadounidenses, como el Estado n° 51 de las barras y estrellas. Su performance es verdad también llama la atención sobre es aislacionismo mental de un país enorme que quiere abarcar todo el mundo sin apenas conocer el nombre de más de dos países fuera del suyo. Entonces, la reivindicación de Benito es un dardo al corazón de esa bestia, pero publicitado como un puente con los países latinoamericanos. Es lo primero lo que ha hartado al oficialismo en Estados Unidos. Donald Trump, sectores conservadores y personas xenófobas en general lo ven como una ofensa a la sociedad estadounidense y una afrenta de los organizadores del Super Bowl. Lo cierto es que son más las intenciones comerciales que políticas en esta decisión de la NFL por presentar a Bad Bunny como su estrella principal en 2026. Un Bad Bunny que habla en perfecto inglés en los sketches de Saturday Night Live pero que cantando en español prefiere conservar un marcado acento boricua, ininteligible para muchos pero resultante de una posición cultural evidente. Sobre su show - y en general su producción musical - vale destacar que es de alta factura y de mucho detalle. Fuera de gustos, son reconocibles sus valores de producción, de puesta en escena, composición y sincronización. Por eso es un mediador antes que un artista. Seguramente consciente de sus limitaciones, opta por estar bastante bien acompañado y arropado de productores, músicos y demás artistas que cubren los vacíos donde su voz impostada no llega. Su show también recurre a la intertextualidad. Hay guiños a estereotipos puertorriqueños, tanto de los residentes de la isla como de los migrantes a Nueva York. La gentrificación, la “marqueta”, la música urbana, la siembra de caña, el comercio informal, la fiesta y otros tantos. Un momento en particular recurre a la melodía del Hier Encore de Charles Aznavour y a continuación al Die with a smile versionado en salsa por Lady Gaga. Ambas composiciones musicales se popularizaron en tiempos recientes por memes compartidos hasta el hartazgo en redes sociales. Ventas y viralización asegurada, que como valor agregado incomoda el high brow estadounidense conservador.
Del otro lado, la organización Turning Point USA realizó la contraparte que reivindique los valores sociales y culturales más afines a los sectores conservadores gringos. Con triple de duración del show del Super Bowl, el All-American Halftime Show rindió homenaje a Charlie Kirk en su presentación. Cuatro músicos como parte de la presentación, combinaban música country, pop y rock, alternados por Brantley Gilbert, Gabby Barrett, Lee Brice y Kid Rock, cantantes mucho más virtuosos que Bad Bunny, pero que no tienen una posición que les permita expresarse con la misma soltura y notoriedad. Tampoco la buscan, al parecer, prefiriendo estar al servicio del gobierno de turno. Gilbert empezó con el pie en alto con la versión instrumental en rock del himno de Estados Unidos y luego con Real American, retrayendo el gentilicio de significado exclusivo para el ciudadano estadounidense. Curioso que ahora el rock sea afín a sectores conservadores que otrora condenaban las axilas expuestas, la barba sin afeitar, los tatuajes y el uso decorativo del fuego en presentaciones musicales. Sobre ello, llama la atención como este género musical se ha convertido en uno de los casos de expropiación cultural más flagrantes del siglo XX. Sus influencias afroamericanas originales se diluyeron entre los Elvis Presley, Beatles y Rolling Stones posteriores, a pesar que sobreviven las formas irreverentes que plantearon. En esta primera parte del show dos de los guitarristas avanzaron hacia el público haciendo el paso que popularizó Chuck Berry. Paradojas de la historia. Las siguientes presentaciones un poco más melódicas e inofensivas, destacando la participación de Gabby Barret, hasta que llegó el momento de Lee Brice y su It ain’t easy being country in this country nowadays , añoranza de los “buenos tiempos” en Estados Unidos atacados ahora por la posmodernidad y el progresismo. El supuesto plato fuerte, Kid Rock, tuvo un ingreso estridente a pesar del playback. La música country como recuerdo de mejores épocas para los estadounidenses remite a la vida bucólica de un país previo a su expansión, sus “mejores épocas” corresponderían entonces a una etapa previa al afán expansionista de sus gobiernos, seducido después por el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe. Porque el estadounidense común ambiciona desde la cuna la tierra de propiedad ajena con la misma fuerza con que teme y repudia a cualquiera diferente a ellos. Fanatismos de aquí y allá, del pasado y presente, que reaparecen invocados a conveniencia de intereses ajenos al bienestar común.
Es evidente que ninguno de estos dos espectáculos planteará una revuelta popular, son más bien síntomas de un país demasiado grande para sus habitantes y sus autoridades, obtusos para detener su expansionismo y asumir la diversidad étnica y cultural consecuencia de su codicia desmedida. Como anécdota Seattles Seahawks ganaron la final ante New England Patriots. Veremos qué sucede el próximo año.




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