No me dejas morir 

El mundo está lleno de historias sobre brujas, monstruos y criaturas que dominaban las eras oscuras de nuestra civilización. Algunas forman parte del folklore que se transmite de generación en generación. Otras, esconden secretos que van más allá de nuestro entendimiento.

En una zona remota, en medio de El Sahara Africano, donde nómadas se reúnen de vez en cuando en unos oasis para saciar la sed de sus ganados y aprovechar los recursos que les ofrecen estos manantiales rodeados de un mar de arena caliente y sin vida, surge la leyenda de Sira, la diosa de las serpientes. Algunos, la describen como una cobra gigante con cabeza humana que lleva una corona de hilos de luz que parpadean como las estrellas. Otros, como una sirena del desierto, mitad humana, mitad serpiente, con ojos azules tan claros como las aguas de los manantiales donde ha sido vista durante siglos. Pero nadie afirma haber tenido contacto directo con ella, o si es real o sólo producto de la imaginación de los viajeros de las dunas.

Todo cambió para Omar, un simple plebeyo encargado de cuidar los camellos del Sheikh Hamad Ben Sultán, el gobernante del sur de El Sahara Africano. Omar era un joven de 23 años, felizmente casado con Nora, y esperando la llegada de su primer hijo. Para las tribus árabes, el primogénito varón es considerado lo más sagrado, ya que lleva el nombre de la familia y por ley es el heredero de la riqueza o el oficio de su padre, mientras que la hembra es considerada una vergüenza y sólo sirve para ser vendida por un dote.

Pasaron los meses y llegó la hora para que Omar se convirtiera en padre por primera vez. Preocupado, afuera de la tienda, escuchaba los gritos de su mujer mientras daba a luz. Después de un corto tiempo, un profundo silencio se apoderó de la tienda, hasta que, finalmente, fue roto por el llanto de un recién nacido. Emocionado, Omar entró en la tienda y se dirigió hacia su esposa con lágrimas de felicidad.

-Nora… Nora… Mi vida. Gracias por este regalo…

Pero Nora estaba muda, empapada en sangre. Cerca de su pierna derecha, agonizaba el cuerpo de un recién nacido.

Destrozado, por la tragedia, Omar levantó al bebé y lo sacudió en el aire. Otro llanto salió de aquella diminuta criatura.

-Gracias A Allah… Estás respirando… Pobre Nora… Mi dulce Nora… Gritaba mientras cargaba al bebé.

Y estando a solas, levantó una piel de cabra, envolvió al recién nacido y lo acostó en el piso de la tienda. Después, salió, cargando el cuerpo sin vida de su esposa. A varios metros lejos del campamento, logró abrir un hueco en la arena y la enterró. Recitó una pequeña oración, se despidió de ella y volvió a la tienda para ocuparse del recién nacido.

Al llegar a la tienda, limpió el desastre y, cargando una lámpara de aceite, se acercó a ver al bebé.

-Subahana Allah… Qué niño tan lindo, qué piel tan suave… Pero, ¿qué es eso? ¡Dios mío, no puede ser! ¡Es una niña!… Nora, Nora, ¿qué has hecho?, me trajiste la vergüenza. Que Allah tenga misericordia de tu alma… Murmuraba Omar, mientras sostenía a la recién nacida.

-Tendré que enterrarte viva, cerca de tu madre… antes del amanecer.

Así, con rabia y tristeza, salió Omar de la tienda, llevando a la niña a su destino final.

Mientras desenterraba el cuerpo sin vida de su esposa, un sonido aterrador lo dejó congelado en el tiempo.

Frente a sus ojos, la arena comenzó a moverse y se levantó por el aire como una columna de agua. Detrás de ella, aparecieron unos penetrantes ojos azules. Y, mientras la arena se deslizaba, dejaba al descubierto el cuerpo de una mujer, una majestuosa criatura, mitad mujer, mitad serpiente.

-¿Que pretendes hacer con esa niña? Gritó la criatura con un sonido penetrante que tocaba el alma.

Omar, congelado por el miedo le respondió con una voz casi femenina:

-Nada, sólo quería mostrársela a su mamá…

-Hijo de Adán… Mentiroso… Asesino… La querías enterrar viva con su madre…

La criatura levantó a la niña y deslizó su cola alrededor del cuerpo de Omar, tratando de asfixiarlo.

-Por favor, ¡para!, ¡para!, no quise hacerlo… Es nuestra costumbre… Quería enterrar la vergüenza.

Repetía Omar, suplicando por su vida.

-¿Costumbres?… Mal nacido… Mira ese ángel… Lo más bello y puro que jamás he visto… contestó la criatura mientras lo soltaba.

-No es tu culpa… Es la crueldad de los hijos de Adán… responsables de esta ley.

Luego, se dirigió a Omar con un tono más suave.

-¿Quieres vivir? Le preguntó la criatura.

-Sí…Sí…Sí… Respondió Omar, arrodillado frente a ella.

-Así, será… Te voy a atar a ella. Mientras ella viva, tú vivirás, y todo lo que ella sufra, tú lo sufrirás.

Ya un poco más relajado, se levantó Omar y con un gesto de agradecimiento se inclinó frente a la criatura.

-Gracias… Su…, mientras susurraba fue interrumpido.

-Sira, me llamo Sira, la diosa de las serpientes, hija del Sol y la Luna. Reina suprema de El Sahara Africano. Respondió la criatura.

-Gracias su majestad… Sira… Exclamó Omar, mientras miraba la arena.

Y sin aviso, una tormenta de arena apareció de la nada y con ella desapareció el cuerpo de Sira entre las dunas.

Omar estaba en shock, pensaba que todo aquello sólo era su imaginación y que lo que veía no era real.

Entonces, sin pensarlo, agarró a la niña y trató de asfixiarla con sus propias manos. Y mientras aplicaba presión, sentía lo mismo sobre su cuello, como si se estuviera asfixiando a sí mismo.

-¡No puede ser!… ¡No era un sueño!… ¡Sí pasó!… Alabado sea Allah… Gritó mientras se arrodillaba en la arena.

Para esconder su vergüenza, decidió dejar el oasis con su recién nacida. Corrió hacia el campamento, desató un camello, tomó unas pocas provisiones de harina de trigo, agua y dátiles, y partió hacia lo desconocido, sin dejar rastro de su esposa muerta o su hija recién nacida.

Unas horas más tarde, perdido en el desierto, Omar suplicaba por su vida.

-Allah… Allah… ¿Qué he hecho para merecer este destino?… ¿Cómo voy a sobrevivir en este desierto, sin agua, ni comida?… Repetía Omar con un lamento.

De repente, la arena bajo sus pies se movió y de la nada surgió un manantial de agua cristalina, rodeado de palmeras, con una pequeña manada de cabras… un verdadero oasis.

Omar, sorprendido, frotaba sus ojos con miedo, para comprobar que lo que veía no era sólo un sueño. Se acercó al agua y tomó… era dulce y refrescante.

-¡Esto es real!… Gritó con alegría.

-¡Hija querida, Allah respondió mis plegarias, estamos a salvo!

Entonces, montó su tienda cerca del arroyo, y encendió una fogata para cocinar los dátiles. Cada vez que intentaba comer un bocado de fruta no lograba tragarlo, sentía una presión en el cuello. Eventualmente, entendió que primero tenía que darle de comer a su hija, como dijo Sira.

Intentó darle dátiles a la niña, pero tampoco comía. Le echó un poquito de agua para ablandarlos, pero tampoco funcionó. Frustrado, dijo:

-Allah… ¿por qué me das todo eso sabiendo que no puedo disfrutarlo?. Mi destino está sellado.

Antes de terminar su lamento, Sira apareció frente a él y le dijo:

-Omar, hombre de poca fe. No fue Allah quien hizo ese oasis, fui yo, y no fue por tus plegarias sino para salvar a la niña.

-Ah, ¿verdad?… Y, ¿qué come la niña?… ya intenté todo y nada funcionó. Gritó con frustración.

-Ella comerá algo que yo le puedo dar, pero hay un precio que pagar por eso. Respondió Sira.

-¿Un precio?, me da igual, estoy muriendo de hambre… ¿Cuál es? Preguntó Omar.

-Algo insignificante, una pequeña parte de tu alma… Respondió Sira mientras sonreía.

-¿Mi alma?. Está bien. Si es una parte pequeña, no importa, hazlo. Dijo Omar con una voz segura.

Sira levantó a la niña, la acercó a su pecho y la amamantó. Mientras, ella comía, Omar sentía la energía regresando a su cuerpo.

-¡Alabado sea!… ¡Qué rica esa leche, llena de energía!. Dijo, mientras lamía sus labios.

-Sí. Es lo mejor que puede comer. Una comida es suficiente para los dos por un mes, ya no hace falta que te preocupes por buscar comida. Exclamó Sira.

-¡Qué alegría!… Respondió Omar.

Dejando a la niña en los brazos de su papá, Sira lo miró con astucia y una sonrisa diabólica.

-Ahora a pagar el precio. Susurró.

De repente, los ojos de Omar se transformaron. Dejaron de ser redondos y se convirtieron en ojos verticales, como de reptiles.

-¿Qué has hecho?… Gritó Omar.

-Cada vez que te alimento, una parte de ti y de tu niña se convierte en mí. Respondió Sira.

-Eres mío para siempre.

Omar se quedó mudo, pensando en las consecuencias de sus actos. Se arrodillo frente a Sira.

-Lo lamento… Perdóname… Piedad… Exclamaba con llanto.

-Te lo advertí… Ya no hay vuelta atrás… Además, estás evolucionando. Ya puedes ver mejor de noche y tus ojos hasta detectan el calor… Anímate… Toda esa riqueza y abundancia por un precio muy pequeño. Indicó Sira.

-Ahora, bien… ¿Que nombre vamos a darle a la niña? ¿Qué tal Sara? A por Omar y Sra por Sira. Ahí está tu legado. Dijo mientras sonreía.

Omar asintió: lo que digas Majestad, Sara será.

Sira se marchó dejando a Omar solo con Sara, en estado de shock, lamentando lo que le pasó.

Al caer la noche, sus ojos y los de Sara se transformaron en ojos reptilianos, que les permitían ver a distancia y, como dijo Sira, detectar el calor.

-¡Súper!, me siento poderoso… Me gustan estos ojos nuevos. Dijo Omar.

Omar pasó toda la noche experimentando el poder de sus nuevos ojos, hasta el amanecer, cuando todo volvió a ser como antes, ojos humanos.

Un mes después, apareció Sira en aquel oasis como había prometido, para darle de comer a ambos. Sorprendida por el estado del oasis le dijo a Omar:

-¡Qué progreso!… Todo está floreciendo en armonía… Ya tienes fincas, tierras sembradas con todo tipo de granos y vegetales… Árboles frutales… y tu ganado se triplicó… Has hecho un buen trabajo.

Omar le respondió:

-Sí, aquí todo florece rápido. Apenas en un mes logré hacer lo que no se pudo en 10 años. Es un lugar bendecido.

Sorprendida por su actitud, Sira le respondió:

-¡Me alegro! Recuerda que este pequeño oasis fue creado para ti y para Sara. Nadie lo puede ver ni entrar hasta que termine nuestro pacto. Acércame a Sara, para darle de comer.

De la maleza, emergió Sara, una niña de 10 años, que se dirigió hacia Sira y dijo:

-¡Mamá, te extrañé mucho…!

Viéndola y escuchando su llamado, unas lágrimas brotaron de los azules ojos de Sira y dijo:

-¡Qué niña tan hermosa, y tú querías enterrarla viva!... Ven hija para abrazarte.

La levantó cerca de su pecho y la amamantó. De repente, brotaron escamas por todos sus cuerpos.

Omar gritó:

-¿Qué nos has hecho esta vez?… ¡Parecemos serpientes!

Sira lo miró con rabia:

-Te lo vuelvo a repetir, cada acto tiene su consecuencia, además, se ven lindos. Con este nuevo atuendo resistirán la sed y el frío de noche. Tendrías que ser agradecido, Omar.

Omar asintió: -Lo estoy, su Majestad.

De nuevo, Sira desapareció, dejándolos solos.

Al llegar la noche, Omar y Sara se vistieron de escamas y sus ojos, como siempre, eran de reptiles. Como mencionó Sira, ya no sentían ganas de tomar agua ni tampoco el frio.

Otro mes pasó y, como era costumbre, apareció Sira en el oasis. Vio las riquezas que había logrado acumular Omar, y a Sara convirtiéndose en una doncella hermosa y muy inteligente.

-Este es nuestro último encuentro. Ya no vendré más a verlos. Después de esta comida la transformación será completa y ustedes serán libres. Dijo Sira con voz triste.

Omar se veía más sabio. Caminó hacia Sira, y mirándola con ojos de agradecimiento, le dijo:

-Su Majestad, gracias por enseñarme que tener una hija es igual a tener un hijo. Ambos son una bendición de Allah.

-Me alegra que por fin hayas podido ver la verdad. Ven mi Sara para darte la última comida y el último adiós.

Sara, emocionada y con lágrimas en sus ojos, respondió:

-Ya voy mamá. Te voy a extrañar muchísimo.

Sira la abrazó, y estiro la otra mano para abrazar a Omar.

-Mi familia, los quiero tanto…

Mientras alimentaba a Sara, una corona de luz apareció sobre su cabeza llenándola de sabiduría.

-Es la última transformación. Les dejo a ambos mi sabiduría. Úsenla para hacer el bien y emendar el mal.

Después de estas palabras, Sira desapareció para siempre, dejando caer el velo de arena que envolvía todo el oasis y dejándola al descubierto y a plena vista para todo el mundo.

La noche vino, con un nuevo color. Ya Omar, con su figura de reptil, brillaba con la luz de la luna y con una voz muy sutil le comentó a su hija Sara.

-Este será nuestro secreto. Nadie tendrá que saber lo que nos ha pasado. Viviremos nuestros días como personas normales y al caer la noche, nos esconderemos en nuestro palacio lejos de los ojos humanos. No hay que olvidar que este nuevo reino trae nuevas costumbres, donde todo el mundo será bienvenido, niñas y niños, mujeres y hombres. Es un nuevo amanecer para la humanidad.

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