Las películas románticas LGBT rara vez se conceden el lujo de un final feliz. No es una elección caprichosa de los directores sino un anclaje verosímil a la época que retratan: vidas solitarias, deseos administrados en secreto, cuerpos que aprenden a sobrevivir entre el desprecio. El amor suele ser una forma de resistencia más que una promesa de algún futuro prometedor.
Esta no es la excepción. Esta semana llegó a las salas argentinas La historia del sonido (The History of Sound, 2025), del director sudafricano Oliver Hermanus.
La principal atracción de la película es su pareja protagónica: Paul Mescal y Josh O'Connor. Dos nombres que ya no necesitan presentación y que, sin hacer demasiado ruido, se han convertido en estrellas del cine contemporáneo.
En sus trayectorias hay, además, un diálogo previo con el universo queer. Mescal protagonizó Todos somos extraños (All of Us Strangers, 2023), de Andrew Haigh, donde componía a un hombre (o fantasía, ahora no importa) enamorado del personaje interpretado por Andrew Scott —sí, el sacerdote hot de Fleabag—.
O’Connor, por su parte, fue el protagonista de Tierra de Dios (God’s Own Country, 2017), de Francis Lee. La historia, que está ambientada en un presente rural, áspero y físico, llamó la atención por algo inusual: el amor no terminaba en tragedia, ni en una muerte inesperada, ni en algo que el cine queer nos tenía acostumbrado.
Digo todo esto porque no es casualidad que ambos actores confluyan en esta historia. Los actores tienen un historial de haber trabajado con directores gays ¿Es esto queerbating? No creo, y no importa la verdad.
Ambos cumplen con solvencia, pero la relación no alcanza la densidad necesaria para que el espectador se comprometa del todo. No es un déficit interpretativo. Josh O'Connor, con su típica expresión facial que combina picardía y fragilidad, construye una ternura verosímil.
Paul Mescal, por su parte, vuelve a transitar un registro romántico que ya domina con naturalidad. El problema no está en ellos, sino en la arquitectura emocional que los contiene: correcta, medida, pero insuficiente para que el vínculo termine de convencer.

En fin, decisiones de Oliver Hermanus.
El director obtuvo la Palma Queer en el Festival de Cannes por otra película de género: Skoonheid (2011). Por supuesto que está claro que aborda su filmografía desde su experiencia queer.
Pero La historia del sonido tiene otra singularidad. Es, sí, una película de sensibilidad gay, aunque su pulso narrativo se organiza alrededor de algo menos evidente y más concreto: la gestación de la música folk en pequeños pueblos de Estados Unidos.
El deseo, la pulsión sexual, la ternura y la investigación etnográfica avanzan en paralelo. O, al menos, eso trata el director.
La historia del sonido, basada en el libro homónimo de Ben Shattuck, Hermanus adapta una historia situada en 1916. Lionel y David se conocen en ese año y, en el verano de 1919, emprenden un viaje por la Nueva Inglaterra rural para registrar canciones populares.
Recorren granjas, casas aisladas, familias pequeñas y pobres, mujeres trabajadoras, hijas hambreadas. Graban voces que hasta entonces sólo habían existido en el aire. La película reconstruye ese itinerario con precisión de época y sin subrayados: dos hombres que documentan una tradición oral mientras, en ese mismo movimiento, intentan descifrar sus propios sentimientos. No quiero spoilear. Pero por supuesto: esto es una tragedia.

Surge entonces una pregunta inevitable: ¿por qué las películas LGBT parecen condenadas, una y otra vez, al desencuentro?
Más arriba mencioné que Tierra de Dios tiene una salida menos amarga. Pero los finales luminosos son, todavía, excepción. La lista de amores que se desarman es extensa: desde la pareja asiática que se fractura en Buenos Aires en Happy Together (1997), de Wong Kar-wai, hasta el adolescente con el corazón roto de Llámame por tu nombre (Call Me by Your Name, 2017), de Luca Guadagnino.
Podría ensayar una hipótesis de manera poco profesional: durante décadas, el relato queer fue narrado bajo el signo de la pérdida. La clandestinidad, la culpa, el castigo social dejaron una huella que el cine (y los directores) heredaron casi como mandato. No es un “instinto natural”, sino una especie de memoria histórica que se filtra en las ficciones.
El drama de una tradición que enseñó que el amor, para cierta clase de persona, tenía fecha de vencimiento.
Con los cambios de época empezaron a aparecer ficciones que ya no necesitan justificarse en la tragedia y pueden dialogar, sin pedir permiso, con la comedia romántica clásica. Se me ocurren Con amor, Simon (Love, Simon, 2018), de Greg Berlanti; Bottoms (Bottoms, 2023), de Emma Seligman; o Rojo, blanco y azul real (Red, White & Royal Blue, 2023), de Matthew López.
Películas que asumen las reglas boludísimas del género romántico y las habitan desde personajes queer sin convertir su identidad en conflicto central.
Por supuesto que esta clase de películas no aparecieron por generación espontánea: detrás hay décadas de cineastas que filmaron cuando el terreno era más hostil (gracias, John Waters). Si hoy el camino parece un poco más luminoso es porque otros lo atravesaron antes, aun cuando estaba lleno de sombras.

Volviendo a La historia del sonido: leí muchas reseñas, varias la comparaban con Secreto en la montaña (Brokeback Mountain, 2005), de Ang Lee. La asociación es comprensible: dos hombres, un paisaje abierto, la intimidad que se repliega en una carpa durante la noche. Pero la semejanza es más atmosférica que estructural. La historia del sonido opta por una modulación más contenida. Y en esa contención —que supongo, es una decisión del director— también asoma una carencia.
Hay, también, una escena de enfrentamiento entre los protagonistas, pero no alcanza la temperatura dramática que supieron encarnar Heath Ledger y Jake Gyllenhaal. El conflicto aquí parece amortiguado, como si la película eligiera no desbordar nunca.
El impacto emocional y la conexión entre ambos se diluyen en un relato que prioriza la reconstrucción histórica por encima de la combustión íntima. Resulta llamativo, sobre todo, tratándose de dos de los actores más convocantes de su generación.
En cierto punto, la etnografía musical termina comiéndose al romance queer. El registro de campo, las canciones, los archivos, la memoria sonora, el canto y los instrumentos, ganan centralidad.
Hacia el final hay un intento por reequilibrar la balanza, pero el peso de la investigación histórica inclina la película hacia su dimensión antropológica. El amor queda, entonces, como una nota sostenida en segundo plano.
Eso sí, en este caso es una nota extremadamente triste.

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